domingo, 3 de abril de 2022

DIOS DEPLORA AL ALTIVO

 



 “Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde,

Mas al altivo mira de lejos.”

Salmos 138:6

 

 

E

xcelso es una virtud o cualidad, o sea un adjetivo, y significa que existe en su máximo grado. Dios es excelso en sabiduría, amor, bondad, en fin, en todo lo positivo. Como el texto es poético, un salmo de alabanza al Señor, lo adora diciéndole que es excelso. Es bueno meditar en cada característica de Dios: inteligencia, moralidad, espíritu, perfección, infinito, conocimiento, poder, santidad, justicia, amor, etc. Y por cierto alabarlo y adorarlo por esas cualidades. 

Como criaturas de un Dios Todopoderoso, creados por Él, debemos someternos a Su voluntad con humildad. Es lo que espera Dios de nosotros. El cristiano humilde no hace ostentación de sus virtudes. La humildad es un valor contrario a la soberbia y es fundamental para convivir armoniosamente en sociedad. Las personas humildes: 

a)    Actúan con sencillez sin hacer ostentación de cualidades, éxitos, dinero ni nada que posea. 3 Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, / 4 sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.” (1 Pedro 3:3,4)

b)    No tienen complejo de superioridad, mas bien consideran a los demás como superiores. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3)

c)     Respetan a los demás. Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión.” (Romanos 12:16)

d)    Se someten al Señor y a las autoridades. “Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.” (Santiago 4:10)

e)    Están dispuestos a servir. Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos.” (San Marcos 9:35)

f)      No comentan lo que dan. “2 Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. / 3 Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha” (San Mateo 6:2,3) 

La altivez es un sentimiento de superioridad frente a los demás que provoca un trato distante o despreciativo hacia ellos. Es la persona orgullosa y soberbia. El soberbio piensa que siempre está en lo cierto, que sus ideas son las únicas válidas y si alguien opina distinto, piensa que está equivocado. No escucha a los demás y con dificultad integra otra idea a sus pensamientos. El altivo es: 

a)    altanero, se cree superior a los demás.

b)    arrogante, trata con desprecio a los demás.

c)     despreciativo, actúa con desprecio.

d)    orgulloso, tiene un excesivo aprecio de si mismo y se cree superior.

e)    soberbio, se cree superior a otros.

f)      despectivo, muestra desprecio o indiferencia. 

A Dios no le agradan estas actitudes un tanto ridículas frente a la grandeza de Dios. Él resiste a los soberbios: “… Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” (Santiago 4:6) 

El Señor nos ayude a reconocer estas malas actitudes en nosotros, superarlas y evitarlas en nuestro corazón, pensando que Él es el Único que merece todo honor y, sin embargo, es humilde, capaz de despojarse de Su condición de Dios y hacerse humano, inferior entre nosotros: 

“5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, / 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, / 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; / 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Filipenses 2:5-8) 

Oración: Padre, te damos gracias por Tu Palabra que nos recuerda tu condición excelsa y cuánto deploras la soberbia humana. Perdónanos cuando actuamos con altivez. Quita de nosotros todo pensamiento y actitud orgullosa; corrige por medio del trato de Tu Espíritu toda soberbia y haznos cristianos auténticamente humildes. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, quien se anonadó a sí mismo por amor a nosotros. Amén. 

 

 © Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 27 de marzo de 2022

JESÚS, NUESTRA EXPIACIÓN

 

 



“quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero,

para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia;

y por cuya herida fuisteis sanados.”

1 Pedro 2:24

 

E

n este texto del apóstol Pedro podemos ver que todos los apóstoles tenían la misma teología, una similar comprensión del Evangelio. La revelación de la expiación sustitutiva es común a todos, como veremos a continuación. 

Pedro afirma que Jesucristo “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. Cuando Jesús fue crucificado nos sustituyó en la cruz, Él era el Cordero de la expiación. Esta palabra, expiación, significa eliminación de la culpa o pecado a través del sacrificio de un tercero; en el Antiguo Testamento era un animal, que podía ser un cordero, una paloma, un buey o un chivo, pero en el Nuevo Testamento es un hombre-Dios, Jesucristo, como lo señala Juan el Bautista: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (San Juan 1:29) 

Pedro afirma que el Señor se llevó para siempre nuestros pecados en la crucifixión; en tanto San Juan evangelista expresa lo mismo cuando escribe en el libro de la Revelación: “… Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5). Entonces Juan señala que el Señor lavó o nos limpió de nuestros pecados. 

¿Y qué dice el apóstol Pablo? El apóstol Pablo señala: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3) Pablo dice que el Señor murió por causa de nuestros pecados. 

Sea que el Señor se llevó, quitó, lavó o murió por nuestros pecados, es claro que Jesucristo en la cruz hizo la expiación por nuestros pecados. 

Luego el apóstol Pedro agrega “para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia”. Un tema muy querido por Pablo es la justicia de Dios y cómo se manifiesta en Jesucristo, al que llama “Justicia de Dios”. “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.” (Romanos 1:17) Esta justicia Divina se revela al hombre por fe y también por Cristo: “21 Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; / 22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, / 23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, / 24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:21-24) 

Para Pablo, como para Pedro, al bautizarnos, morimos al viejo hombre, así como Jesús murió por nosotros, el viejo Adán fue crucificado y destruido el pecado: 5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; / 6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.” (Romanos 6:5,6) 

Puesto que el cristiano convertido ha sido lavado de sus pecados y muerto al viejo hombre y su iniquidad, ahora vive para la justicia: “17 Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; / 18 y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia. / 19 Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia.”  (Romanos 6:17-19) 

Finaliza el versículo del apóstol Pedro con la frase “y por cuya herida fuisteis sanados”, citando al profeta que escribió “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Isaías 53:5) Se refiere el texto al Siervo Sufriente que sería el Mesías. Los escritores del Nuevo Testamento citan muchas veces a Isaías; era un libro que conocían muy bien y la idea de la llaga o herida que sufriría el Salvador se identifica con las heridas y crucifixión de Jesucristo. 

San Pablo considera que él mismo lleva esas heridas como marcas de la persecución por Cristo: “De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús.”  (Gálatas 6:17) Pablo dice estar crucificado con Cristo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20) y que el mundo se crucifica a él y él es un crucificado, dice también: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” (Gálatas 6:14) Estas son palabras muy profundas y se refieren no sólo a Pablo sino a todo cristiano. Es lo que todo auténtico discípulo de Jesús vive, la muerte del yo viejo para vivir en Cristo. 

En el caso del apóstol Juan, se refiere a la sangre de Cristo como un elemento que nos limpia: “pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7) Nótese que dice de “todo” pecado, lo cual es una maravillosa Gracia de Dios. Jesucristo no se reveló solamente por medio de las aguas del bautismo, cuando se escuchó la voz del Padre y se vio la paloma del Espíritu Santo, sino también por la sangre de Su sacrificio expiatorio: “Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad.” (1 Juan 5:6) La sangre, entonces, es puesta como testigo de Cristo en la Tierra: “Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan.” (1 Juan 5:8) 

Quizás con diferentes palabras, lenguajes, ejemplos, pero en el fondo los mismos conceptos, los apóstoles y escritores del Nuevo Testamento concuerdan en que Jesús “…llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.” Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


jueves, 24 de marzo de 2022

CÓMO SERVIR AL SEÑOR

 

 


 

“En lo que requiere diligencia, no perezosos;

fervientes en espíritu, sirviendo al Señor”

Romanos 12:11

 

S

ea usted un pastor, un evangelista, un diácono, un integrante del coro, un portero o cualquier otro cargo (encargo del Señor) dentro de la Iglesia, Dios le pide que sea DILIGENTE. Esto significa que usted, como cristiano que ama al Señor, pondrá gran interés en la misión que Él le ha encomendado. Si ese trabajo se lo ha pedido una autoridad de la Iglesia o alguien que es mayor que usted, es el Señor quien se lo encomendó. Por tanto, pondrá todo esmero en realizarlo bien, sea algo tan sencillo como hacer la limpieza del templo o aprender una nueva alabanza, o algo más complejo, cual escuchar los problemas matrimoniales de una pareja y aconsejarla, o preparar todos los detalles de un retiro para la Iglesia. Quien es diligente también es rápido en ejecutar la orden. No cabe aquí procrastinar o aplazar la obligación, ese mal hábito de “empujar hacia adelante” una tarea. Decimos que andamos haciendo “diligencias”, cuando estamos cumpliendo trámites bancarios o administrativos que son importantes, necesarios y urgentes, ¿Por qué no ejercemos con la misma seriedad las “diligencias” del Señor? Pero además se trata de ser eficaz. No basta con poner interés, esmerarnos y ser rápidos, si el resultado es malo, pobre o imperfecto. Así como realizamos un trabajo remunerado en el mundo, mejor debemos hacerlo en la Iglesia. Las cosas de Dios son tan serias como las de nuestra profesión u oficio. Hemos hecho una profesión de fe y es nuestro deber ejercerla con diligencia (interés, esmero, rapidez y eficacia). 

La PEREZA conduce a la destrucción y es uno de los pecados llamados “capitales”. No puede ser el estilo de vida de un cristiano, todo lo contrario, debe caracterizarnos la laboriosidad, ser trabajadores. La Biblia señala que “El deseo del perezoso le mata, Porque sus manos no quieren trabajar.” (Proverbios 21:25) Es importante aclarar que no solamente es un pecado corporal de negarse a hacer tareas básicas y necesarias, sino también es un pecado espiritual porque el perezoso no se entrega a la voluntad de Dios por falta de ánimo. Un discípulo no puede ser negligente malgastando el tiempo suyo y de otros, perjudicando la obra del Señor: “También el que es negligente en su trabajo Es hermano del hombre disipador.” (Proverbios 18:9) 

Hay un ejemplo que Dios ha dejado en Su creación para que aprendamos de él: “6 Ve a la hormiga, oh perezoso, Mira sus caminos, y sé sabio; / 7 La cual no teniendo capitán, Ni gobernador, ni señor, / 8 Prepara en el verano su comida, Y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento.” (Proverbios 6:6-8) La Palabra de Dios increpa al perezoso a despertar de su flojera. El perezoso duerme literalmente durante el tiempo que debería estar en acción. Como hay pereza física, la hay también para pensar, razonar, reflexionar; es una pereza psicológica que arrastra a muchas personas a una vida vacía, sólo entregada a lo material y carnal. Quizás esta pereza es más nociva para el ser humano porque es una flojera del alma. Como la pereza puede ser del cuerpo o del alma, también se da la pereza espiritual o “acedia”, que es un estado espiritual de apatía y tedio, similar a la depresión; es una fuga o huida de las cosas espirituales. Las tres manifestaciones de pereza son negativas para nuestro desarrollo cristiano y se debe luchar contra ellas reconociendo que estamos “dormidos” y necesitamos levantarnos del “sueño”.  

No podemos dejar de considerar que la pereza pueda deberse en algunos casos a problemas de sanidad del alma, como la ansiedad y la depresión, por lo que aquel hermano o hermana deberían recibir de parte de la Iglesia atención en sanidad interior. También puede ser signo de un trastorno psiquiátrico como bipolaridad, esquizofrenia u otros que requerirán de atención médica especializada. 

Por último, el versículo nos anima a ser “fervientes en espíritu”. Requerimos FERVOR espiritual para servir al Señor y Su Iglesia. La palabra ferviente deriva del latín “fervere” que es hervir o entrar en ebullición. Cuando está hirviendo el agua usted observa a ésta en gran movimiento y emergiendo muchas y grandes burbujas; esta imagen transmite la idea del entusiasmo que mueve a una persona para actuar con mucha pasión. Es lo que necesitamos para servir bien al Señor. Por eso es tan importante a la hora de involucrarse en un ministerio o servicio de la Iglesia conocer cuál es nuestra pasión, nuestros dones y talentos y nuestro estilo personal, para de ese modo ser bien ubicados en el Cuerpo de Cristo y servir de manera óptima al Señor. El fervor no se refiere sólo a expresiones muy apasionadas del espíritu en la oración, la alabanza y la adoración. También se necesita un espíritu fervoroso en el servicio a los necesitados, en la ministración de la Palabra, en la administración de la Iglesia, etc. 

En conclusión, serviremos al Señor teniendo en cuenta estos dos principios: diligencia y fervor. Diligencia que implica hacer las cosas con interés, esmero, rapidez y eficacia, renunciando a la pereza y optando por la laboriosidad. Fervor para servir con verdadera pasión espiritual al Señor y Su Iglesia. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 13 de marzo de 2022

MÁS QUE DAR

 




 “Dad, y se os dará;

medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo;

porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.”

Lucas 6:38

 

C

uando somos generosos y damos, sin interés, sin esperar un pago, una recompensa, aún sin esperar palabras de agradecimiento, el Señor promete que se nos dará algo en algún momento. Esto no debe animarnos a dar para recibir, no debe ser nuestra motivación la recompensa sino el amor, la generosidad que nace del Espíritu Santo. Lo primero que recibimos al dar es el propio disfrute de dar algo por amor; esto es algo que pocas veces se comprende y casi siempre se espera el resultado externo de esa acción, mas el sentirse bien porque se ha entregado algo útil, valioso o necesario a alguien, esa es la primera y quizás verdadera recompensa. Pero ¡cuidado! No al orgullo y la vanidad de estar dando, de ser caritativos, sino dar con humildad, sencillez, sin aspavientos. 

Recibiremos una recompensa, tal vez no directamente de la persona o el grupo que bendijimos con nuestra ofrenda espiritual, material o económica. Digo espiritual porque también una ofrenda puede ser intangible, como dar un buen consejo, escuchar o hacer una oración por alguien que lo solicita. Es un principio Divino lo que Jesús dijo “Dad, y se os dará”, por tanto, se cumplirá. 

Siempre ha habido formas de medir líquidos, distancias, pesos, etc. Y para eso se han utilizado medidas distintas como el codo, el pie, el metro, el kilógramo, etc. En los tiempos de Jesús una forma de medir una cantidad de trigo, por ejemplo, era calcularlo en una vasija. Mientras más apretada y remecida era más conveniente la medida, al remecer el receptáculo cabía más, lo que era conveniente para el que recibía. Tan buena era esa medida que se escapaba del contenedor y caía el trigo en la falda del comprador: y rebosando darán en vuestro regazo. Así es la cosecha de quien da con generosidad, abundante. Cuando soy bondadoso, de seguro que otros serán también bondadosos conmigo; cuando doy con abundancia, recibiré en algún momento de la vida abundancia; en fin, acorde a lo que entregue, recibiré. Pero esto no es algo mecánico que ocurra de inmediato. La respuesta podrá tardar e incluso puede ser una consecuencia distinta a lo donado. 

El Señor dio una explicación muy lógica a esto de recibir lo que se da. Si me porto mal con otros, otros se comportarán en forma similar conmigo. Esto es algo lógico y propio de las relaciones humanas. Si somos antipáticos con alguien, es raro que esa persona me guarde simpatía. Si actúo con honestidad con las personas, ellas me respetarán y confiarán en mí. Son consecuencias lógicas del dar y el actuar. Jesús dice: “porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.” Hay una vara que se aplica a nuestras personas, somos medidos con la misma regla que nosotros medimos. Esto tiene relación con el juicio que hacemos de los demás. En aquello que criticamos, es muy probable que seamos criticados por otros, tal vez porque al criticar la conducta de otra persona expresamos esa preocupación que en el fondo es por nosotros mismos. Por ejemplo, si criticamos la ropa elegante que viste alguien diciendo que es vanidoso, posiblemente es porque quisiéramos tener nosotros esa oportunidad de vestir elegantemente; el juicio que emitimos contiene tanto envidia como vanidad. En cuanto podamos vestirnos con esa misma elegancia, seremos criticados también y el juicio se habrá vuelto contra nosotros siendo medidos con la misma vara. 

Si elogiamos sinceramente a otra persona por sus dotes en el arte, el deporte u otro don que tenga, y lo aplaudimos sin envidia, en su momento nosotros también seremos elogiados, por la misma persona u otras. Una actitud así requiere de un cambio de mentalidad que implique abandonar todo juicio del prójimo y tener una mirada más limpia de los demás, esto es: comprensiva, generosa y compasiva, valorando todo lo bueno que haya en ellos. 

Damos a los demás cosas, palabras, gestos y actos. Si estas cosas, palabras, gestos y actos son hechos con prodigalidad y sinceridad, de seguro recibiremos otro tanto. Opinamos de los demás, conforme a nuestras medidas y valoraciones; recibiremos lo mismo de otros. Pero si evitamos el juicio, no seremos juzgados. Para lograr todo esto requerimos sincerarnos con nosotros mismos, reconocer nuestros errores, prejuicios, orgullo, vanidad y envidia, presentarlos ante el Señor para cortarlos de raíz y ser libertados de esas cadenas. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 6 de marzo de 2022

UN LLAMADO A LA PAZ Y LA SANTIDAD

 





“Seguid la paz con todos,

y la santidad,

sin la cual nadie verá al Señor.”

Hebreos 12:14

 

E

ste versículo está inserto en una advertencia que el escritor de Hebreos hace sobre el peligro de:

1) El desánimo en el camino de Cristo, “Por lo cual, levantad las manos caídas”.

2) Permanecer paralizados, sin avanzar ni retroceder, es decir falta de crecimiento; “las rodillas paralizadas”.

3) La desorientación en ese camino; “y haced sendas derechas para vuestros pies”.

4) Las propias debilidades; “para que lo cojo no se salga del camino”.

5) Las enfermedades del alma, “sino que sea sanado”. 

Como corolario aconseja: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” Estar en paz con los demás, sean hermanos en la fe, familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo o prójimo en general es una primera clave para caminar correctamente en el Reino de Dios. Por tanto, la primera tarea que salta a la vista a realizar por nosotros ahora es revisar nuestras relaciones y ver con quienes no estamos bien, para a la brevedad sanar esa relación. Tenemos enemistades, tanto que se han enfadado con nosotros como con ellos; guardamos reticencia hacia algunas personas, no las aceptamos ni las soportamos; hemos hecho daño a alguien. Es algo que necesitamos revisar.

El segundo consejo es vital: “Seguid la … santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” Tenemos la santidad desde la perspectiva de Dios, Su buena voluntad nos ve santos en Cristo, es Su Gracia; pero esa santidad debemos seguirla, hacerla, vivirla, construirla, esforzarnos en desarrollarla. Nos falta la santidad desde nuestra perspectiva, porque ciertamente estamos en un proceso de santificación. Podemos decir “el Espíritu Santo lo hará” y de hecho será así, pero hay una parte nuestra, algo que compete a nosotros. La Gracia no nos debe llevar a la comodidad de esperarlo todo de un milagro u operación Divina. Tengamos en cuenta los siguientes alcances que nos hace la Palabra de Dios al respecto: 

-        “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba.” (Hebreos 11:8) 

-        “26 Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, / 27 sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. / 28 El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. / 29 ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (Hebreos 10:26-29) 

-        “1 Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. / 2 Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. / 3 Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo.” (2 Timoteo 2:1-3) 

-        “1 ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? / 2 En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6:1,2) 

-        “12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; / 13 ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. / 14 Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.”  (Romanos 6:12-14) 

-        “15 ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. / 16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:15,16) 

La Gracia debe conducirnos a la obediencia; no podemos pisotear la salvación que nos ha dado el Hijo de Dios; nuestro deber como soldados de Cristo es esforzarnos en la Gracia. Recordemos siempre que hemos muerto al pecado y debemos presentarnos nosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos y no entregar nuestros miembros al pecado. Si antes éramos esclavos de las tinieblas hoy lo somos de la Luz, de Jesucristo.  

Nos exhorta Hebreos a no permitir que en nuestros corazones se desarrollen “raíces de amargura” que nos estorben en/ el camino de la fe y contaminen el alma, como ocurrió con Esaú, el hijo de Isaac y hermano de Jacob. Esaú intercambió su primogenitura con Jacob, por un plato de comida, despreciando así la bendición de Dios. Se casó con dos mujeres de la tierra de Canaán y años después se enemistó con Jacob a causa de la bendición que le había dado su padre Isaac. Tuvo tal resentimiento y odio contra su hermano, que llegó a proferir amenazas de muerte contra él. Alarmada su madre Rebeca, aconsejó a Jacob a que se fuese a Harán de Mesopotamia, a casa de su tío Labán. 

Esaú fue, desde el punto de vista Divino fornicario y profano, pues por una sola comida vendió su primogenitura. El resultado de sus malas decisiones fue que, “deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas.”

 

 © Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 27 de febrero de 2022

LIMPIOS POR LA PALABRA

 


 


 

“Santifícalos en tu verdad;

tu palabra es verdad.”

San Juan 17:17

 

A

ntes de ser apresado y comenzar el camino doloroso hacia la cruz, nuestro Señor hizo una larga oración por Sus discípulos, y por ende por todos los que hemos creído en Él y entregado la vida. Suele llamarse a esta oración la “oración sacerdotal de Jesucristo” porque en ella intercede por los apóstoles y por los que habrían de seguirle. 

En esta oración Jesús pide al Padre que le glorifique para que también Él lo glorifique. Esa glorificación se refiere tanto al entregarse en la cruz y ser levantado “…como Moisés levantó la serpiente en el desierto…” (San Juan 3:14) el ser también ascendido a los cielos a la diestra del Padre. 

Reconoce que el Padre le ha dado el poder de dar vida eterna a los que le sigan, en términos de estar para siempre junto a Dios y salvarse del Infierno. Aquí hace una declaración extraordinaria: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (versículo 3) Conocer a Dios, verlo, sentirlo, entenderlo, intimar con Él, vivir para siempre junto a Él y en Él, eso es la vida eterna. 

Da por terminada la obra que el Padre le encargó y le pide que le regrese a la gloria que tuvo antes que el mundo fuese. También da cuenta de su trabajo con los hombres que Dios Padre le entregó, quienes han guardado Su palabra y han reconocido que esa Palabra procede de Él: Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar.” (San Juan 12:49) 

Los discípulos creyeron que Dios envió a Jesús; entonces Él ruega por ellos y no por el mundo; le pide al Padre que conserven la unidad “…que sean uno, así como nosotros.” (v.11) Le comunica que sólo se perdió “…el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.”  (v.12) y hace una petición al Padre: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.” (v.15) Los Suyos no son del mundo, como tampoco Él lo es, por tanto, pide que el Padre los santifique en Su Verdad. Y aquí llegamos al punto que hoy queremos destacar. La frase “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” 

Dios nos llama a santidad “…sin la cual nadie verá al Señor.” (Hebreos 12:14) Jesús pide al Padre que nos santifique en Su Verdad, de modo que Su Verdad es el medio por el cual Dios puede limpiarnos del pecado y la maldad para santificarnos. Sabemos que hay dos formas de ver la santidad: 1) Como la acción de Dios que se da por nosotros, toma nuestro pecado, se inmola para darnos el perdón y nos regala la salvación, considerándonos ahora “santos”. Es una santidad por posición en que somos apartados del mundo para Dios; 2) La otra forma es la santidad que se produce paulatinamente en el cristiano por la acción del Espíritu Santo en él a través del proceso de “santificación”. Cuando Jesús pide al Padre que nos santifique en Su Verdad, se prepara a hacer el sacrificio que nos volverá “santos” para Dios y comenzará un proceso de santificación en cada creyente que tome para sí ese sacrificio del Hijo de Dios. 

¿De qué modo la Verdad de Dios nos santifica? La Verdad revelada por Jesucristo es el contenido del Evangelio del Reino de Dios. Ese cúmulo de verdades, tales como que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Mesías prometido que muere por nosotros para darnos la salvación; que es necesario el arrepentimiento para entrar en el Reino; que es preciso nacer de nuevo, del agua y del espíritu; que la esencia de Dios es el amor y que debemos amarnos unos a otros como Cristo nos amó, etc.; la práctica de ese cúmulo de verdades nos santifica, nos va limpiando, nos da un carácter santo. Sin embargo, desde el primer momento que creemos en Jesús como Salvador y Señor, ya somos considerados “santos” por Dios. Él no necesita que actuemos como santos sin mácula para llamarnos santos porque nos ve al final del proceso, ya santos completos, como lo seremos en el Cielo. 

La Verdad de Dios se refleja en Su Palabra; por eso después de pedir “Santifícalos en tu verdad” declara “tu palabra es verdad”. La Palabra que sale de la boca de Dios y está escrita en la Biblia, es el pensamiento de Él para el Hombre, la expresión de Su voluntad para nosotros, lo que Él quiere que pongamos por obra. Su Palabra cumplida en nosotros produce fruto de santidad, incumplida no produce fruto, es solamente palabra escrita y no palabra vivida. A Dios le interesa que Su Palabra sea vivida, actuada, así como el Verbo se hizo carne en Jesucristo, es necesario que el logos se haga rhema, de una palabra escrita en tinta pase a ser a una palabra en acción, vivida por los santos de Dios. 

La Palabra de Dios es como el agua que sacia la sed humana de conocer la Verdad; que limpia al manifestar la voluntad de Dios y reflejarnos con nuestras impurezas; que alimenta el alma y el espíritu dándonos una perspectiva profunda de la vida. Por medio de la Palabra el Salvador santifica y limpia a Su Iglesia: “25 … así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, / 26 para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25) 

Pidamos al Señor que una vez más nos santifique, aparte para Él y Su Reino eterno, por medio de Su Palabra que es la Verdad. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

 

 


domingo, 20 de febrero de 2022

SÓLO UN NOMBRE

 



 Y en ningún otro hay salvación;

porque no hay otro nombre bajo el cielo,

dado a los hombres,

en que podamos ser salvos.

Hechos 4:12

 

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os apóstoles predicaban a la gente de Jerusalén el Evangelio y a los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos no les pareció bien que lo hicieran, entonces los arrestaron y encarcelaron toda una noche. Pero ya se habían convertido por su prédica como cinco mil personas. Al día siguiente se reunieron los gobernantes de la ciudad, los ancianos, los escribas, los sumo sacerdotes Anás y Caifás, junto a sus familias. Estos le hicieron una sola pregunta a Pedro y Juan: “¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?” 

La respuesta inspirada de Pedro fue: 

1.     “Se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado” (Hechos 4:9). Les interesa este milagro de sanidad no porque se haya hecho un bien a una persona inválida, sino porque hemos invocado el nombre de Jesucristo. Realmente no tiene misericordia con el que sufre y en vez de alegrarse por su recuperación, se molestan porque sanó. 

2.     “Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret” (Hechos 4:10). No escondemos el nombre por quien lo declaramos sano, lo hicimos en el nombre de Jesucristo, porque Él vive y sana a los enfermos. 

3.     “A quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos” (Hechos 4:10). Pedro los acusa de ser ellos, toda la casta superior de religiosos judíos, los asesinos de Jesús. Pero Dios lo resucitó, no respetando la autoridad de ellos porque Él es la máxima autoridad. 

4.     “Por él este hombre está en vuestra presencia sano.” (Hechos 4:10). Si el hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo, para que pidiese limosna, fue sanado de su parálisis de años, no fue por el poder de los apóstoles sino por el poder y la autoridad de Jesucristo. 

5.     “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.” (Hechos 4:11) En este punto el apóstol cita la Escritura que tan bien conocen esos religiosos: “21 Te alabaré porque me has oído, Y me fuiste por salvación. / 22 La piedra que desecharon los edificadores Ha venido a ser cabeza del ángulo. / 23 De parte de Jehová es esto, Y es cosa maravillosa a nuestros ojos. / 24 Este es el día que hizo Jehová; Nos gozaremos y alegraremos en él.” (Salmos 118:21-24) Pedro les acusa de haber rechazado en la construcción de la Casa de Dios al mismo Dios, Jesucristo la “cabeza del ángulo”, el fundamento, la roca de los siglos. 

Luego de estas palabras es que el apóstol hace esta certera y solemne declaración: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” 

1)    Sólo en el Hijo de Dios hay salvación, no hay otro personaje o ser en que podamos encontrar la liberación del pecado y la limpieza de nuestras almas: Y en ningún otro hay salvación” 

2)    No hay otro nombre bajo el cielo que sea digno de ser nuestro redentor, ni Abraham, ni David, ni Salomón, ni el mismo Moisés. Grandes hombres, pero ninguno Dios, ellos pecadores más Cristo, sin pecado: “porque no hay otro nombre bajo el cielo” 

3)    Dios ha dado, da y seguirá dando hombres y mujeres destacados y ejemplares, pero ninguno como el Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo el Santo: “dado a los hombres” 

4)    La salvación puede ser dada sólo por medio de la fe en Jesucristo. Es una blasfemia nominar a otros seres humanos como caminos de salvación. Puede que en el imperio romano todos los caminos construidos por el emperador condujeran a Roma, el centro del imperio, pero no sucede así con la espiritualidad y la salvación eterna del alma. Sólo el Eterno Hijo de Dios que murió por nosotros, puede otorgarnos la salvación: “en que podamos ser salvos. 

Sólo hay un Nombre en el cual podemos ser salvos: JESUCRISTO

 

© Pastor Iván Tapia

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