domingo, 29 de mayo de 2022

LADRONES Y ENGAÑADORES

 




“No hurtaréis, y no engañaréis ni mentiréis el uno al otro.”

Levítico 19:11

 

L

a revisión 1960 de la versión Reina-Valera de la Biblia, ha subtitulado este capítulo como “Leyes de santidad y de justicia”, porque efectivamente la Palabra de Dios aquí hace hincapié en la santidad. Comienza el capítulo exhortando a Israel: “…Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios.” (Levítico 19:2) Luego da una serie de órdenes, como respetar a los padres, guardar los días de reposo, dejar la adoración de ídolos; no profanar los sacrificios y ofrendas, so pena de severo castigo. Destaca también una ley de misericordia que ordena: “9 Cuando siegues la mies de tu tierra, no segarás hasta el último rincón de ella, ni espigarás tu tierra segada. / 10 Y no rebuscarás tu viña, ni recogerás el fruto caído de tu viña; para el pobre y para el extranjero lo dejarás. Yo Jehová vuestro Dios.” (Levítico 19:9,10) Esto demuestra que la Ley del Antiguo Testamento contemplaba también favorecer al pobre, lo que trasunta el corazón de Dios, Autor de esa Ley. Dios quiere poner orden sobre un pueblo rebelde y a veces con costumbres imitadas de pueblos paganos. Él desea apartarlos de esos males, purificarlos para hacer de ellos un pueblo santo. Ser santos significa tanto ser “apartados para Dios”, que es Santo, como purificarse actuando correctamente. Esta purificación sólo sería posible con el nuevo nacimiento y la acción del Espíritu Santo. 

Cuando se leen estas normas, no queda más que pensar que fueron dictadas no sólo como prevención del pecado sino también porque eran transgredidas por el pueblo. Así es que al llegar al versículo que nos ocupa, es indudable que estamos ante una gente que hurtaba, se engañaba y mentían el uno al otro, además de jurar y utilizar vanamente el nombre de Dios. De todo ello, que tampoco está ajeno a nosotros, se proponía alejar el Señor a Su pueblo. 

La escritura no hace esa diferencia sutil entre hurto y robo, porque ambos implican el tomar en forma deshonesta o ilegal algo que pertenece a otra persona. Así la versión Reina-Valera 1960 ha traducido el octavo mandamiento como “No hurtarás” (Éxodo 20:15) en cambio la Reina-Valera Contemporánea tradujo por “No robarás”. El Dios bíblico cree en la propiedad privada, que hay una porción material para cada ser humano, la que puede adquirir por compra, herencia o propia creación y se debe respetar. No tenemos derecho a quedarnos con lo que no es nuestro. 

La Biblia enseña que cada cristiano debe trabajar y compartir el fruto de su labor, y no robar. El aprovechamiento del prójimo es una forma de robo. “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.” (Efesios 4:28) También nos advierte de no asociarnos con ladrones: “El cómplice del ladrón aborrece su propia alma; Pues oye la imprecación y no dice nada.” (Proverbios 29:24) A veces la religión es transformada de servicio espiritual en un negocio, como acusó Jesús a los que vendían y cambiaban dinero en el templo de Jerusalén: “45 Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él, / 46 diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.” (San Lucas 19:45,46). Aquí Jesús está repitiendo palabras del profeta Jeremías 7:11. Los comerciantes asimismo pueden caer en el robo y la usura: “Mercader que tiene en su mano peso falso, amador de opresión,” (Oseas 12:7) 

Continúa Levítico señalando “y no engañaréis ni mentiréis el uno al otro.” Porque Dios no quiere que Su pueblo sea deshonesto ni falte a la verdad. Cuando nos relacionamos con mentiras y engaños creamos un ambiente de desconfianza y ocasionamos todo tipo de confusión y problemas en las relaciones humanas. La mentira descubierta se cubre con otra mentira y así no se construye amistad, familia ni un pueblo. Es necesario que exista transparencia para que haya confianza entre las personas. Por eso el apóstol Pedro aconsejará: “10 Porque: El que quiere amar la vida Y ver días buenos, Refrene su lengua de mal, Y sus labios no hablen engaño; / 11 Apártese del mal, y haga el bien; Busque la paz, y sígala.” (1 Pedro 3:10,11) Dios abomina de la mentira, toda vez que Satanás es “padre de mentira”; Dios ama lo verdadero porque Él es Verdad: “Los labios mentirosos son abominación a Jehová; Pero los que hacen verdad son su contentamiento.” (Proverbios 12:22) El salmista David en pocos versos encierra todos estos principios expuestos: “1 Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? / 2 El que anda en integridad y hace justicia, Y habla verdad en su corazón. / 3 El que no calumnia con su lengua, Ni hace mal a su prójimo, Ni admite reproche alguno contra su vecino. / 4 Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado, Pero honra a los que temen a Jehová. El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia; / 5 Quien su dinero no dio a usura, Ni contra el inocente admitió cohecho. El que hace estas cosas, no resbalará jamás.” (Salmos 15:1-5) 

La mentira es destructiva, todo el problema de la caída de la Humanidad en el pecado se inició con una mentira del diablo y ¡vaya que trajo consecuencias! Por ello debemos desconfiar de la mentira y no utilizarla como protección, como es el caso de las llamadas “mentiras blancas”. El mandamiento es claro, no debemos perjudicar a nuestro prójimo con información falsa: No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.” (Éxodo 20:16) 

¿Hemos robado algo material, una propiedad intelectual, la honra de alguien, el precioso tiempo de los demás? ¿Le hemos robado a Dios como lo expresa Malaquías 3:8,9? ¿Acostumbramos a mentir por cobardía, miedo a ser descubiertos, o porque nos agrada fabular y que los demás piensen que somos más de lo que verdaderamente somos, o por cualquier otra razón? Pues, esto no le agrada a Dios y lo ha firmado con un “Yo Jehová vuestro Dios”.  Al hurtar, engañar o mentir entre nosotros, le ofendemos y atentamos contra Su santidad. 

Pero hay oportunidad de arrepentimiento para el que roba o engaña. Zaqueo se arrepintió de haber defraudado como cobrador de impuestos e hizo reparación. Jesús murió entre dos ladrones que se burlaban de Él, pero uno se arrepintió y fue perdonado por Dios: “…Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. / … De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (San Lucas 23:42,43) 

Oración: Padre, Tú eres Santo y pides de nosotros, como hijos Tuyos, las mismas cualidades. Perdónanos si hemos sido ladrones y engañadores con nuestros hermanos, prójimos y Contigo. Concédenos la honestidad y valentía para proceder como nos demandas. En el nombre poderoso de Jesucristo, Testigo Fiel y Verdadero. Amén.

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 22 de mayo de 2022

PERFECCIONAR A LOS SANTOS

 





 

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, / a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”

Efesios 4:11,12

 

E

l propósito de la tarea de los ministros de Dios es la edificación de un Cuerpo. La palabra "edificación" nos habla de un edificio, un templo, una casa, y todos los elementos que esa construcción implica: las bases o fundamentos, las columnas, las paredes, puertas y ventanas, techo y cada piedra o ladrillo utilizado. Podríamos asignar un significado a cada elemento, como decir que el fundamento o cimiento corresponde a Cristo, que cada piedra es un cristiano, que la mezcla utilizada es la fe, la obediencia y el amor, etc. 

Pero lo que ahora nos interesa destacar es que es tarea de los ministros de la Iglesia edificar un Cuerpo. Nótese que más que la tarea de un constructor de casas o arquitecto es la de un biólogo, una especie de ingeniero genético que trabaja con la vida. Lo que deseamos subrayar con esta imagen es que la Palabra de Dios no habla de un edificio inerte sino de una estructura viva. El Cuerpo de Cristo, la Iglesia, es un organismo que nace, crece, se alimenta, respira, camina, piensa, siente, se multiplica, se desarrolla, elimina elementos nocivos y células muertas, pero jamás muere, puesto que forma parte de su Cabeza que es Jesucristo. El Cuerpo y la Cabeza son un solo organismo, una unidad indestructible: 12 Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. / 13 Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1 Corintios 12:12,13).

El trabajo de apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros es velar por la vida del Cuerpo. Esa labor la desarrollan gobernados, dirigidos y orientados por el Espíritu Santo. Éste sabe lo que el Cuerpo Iglesia necesita en cada una de sus partes. El Cuerpo tiene órganos, huesos, sistemas de alimentación, respiración, locomoción, defensa, etc. Una comunidad cristiana cualquiera, sea grande o pequeña, es parte de ese Cuerpo y como tal refleja la identidad del Cuerpo entero.

Podemos ver en pequeño, en cada comunidad cristiana, todos los elementos –ministerios, servicios, pastoreo, liderazgo, evangelismo, discipulado, etc. – que se dan a nivel macro en toda la Iglesia.

"Perfeccionar a los santos para la obra del ministerio" no es otra cosa que promover el desarrollo de los cristianos desde una condición de recién convertidos o aprendices hasta el nivel de ministros, si es posible, pasando por todas las etapas intermedias propias de un proceso de crecimiento. Como lo hizo Jesús con sus discípulos a través de un largo y difícil proceso de autoconocimiento, disciplina y autodisciplina, identificación de las motivaciones, sanidad interior, instrucción, clarificación de las profecías, visión de la misión, tratamiento personal de aquellas áreas débiles y superación del pecado, etc., igualmente tendremos que hacerlo hoy día con los actuales discípulos de Jesucristo.

La perfección de los que ya son santos, es decir "apartados para Dios", santificados por posición ante Dios, puesto que Jesucristo nos santificó –limpió y perdonó los pecados–, es la comisión de los ministros. La perfección es la santificación de los ya santos. ¿Cómo puede ser esto? Sencillamente porque la santificación es también un proceso que debe realizarse en cada cristiano.

Ya somos santos en posición, objetivamente, mas necesitamos ser santificados, que seamos transformados paulatinamente, día a día, por medio de un tratamiento del Espíritu Santo, el cual dura todo el resto de nuestras vidas aquí en la tierra: Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.” (Hebreos 12:10).

Si santidad significa "perfección" ¿por qué la Biblia habla de "perfeccionar a los santos"? ¿No es como decir "perfeccionar a los perfectos"? Parece una contradicción, pero no lo es. Somos santos desde el punto de vista de Dios porque Él nos ve como obra terminada, somos pecadores desde el punto de vista humano. Estamos en un proceso de santificación, pero lo que aquí le interesa recalcar a Pablo es la capacitación o perfeccionamiento para la obra del ministerio, para hacer lo que corresponde a cada cristiano en el Cuerpo de Cristo, para cumplir la misión, el llamado de Dios.

Varios aspectos referidos a esa capacitación para el ministerio y edificación del Cuerpo vivo, señala San Pablo; a saber: a) que todos lleguemos a la unidad de la fe; b) que todos lleguemos al conocimiento del Hijo de Dios; c) que todos lleguemos a ser un varón perfecto; y d) que seamos hechos a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. 

Esta tarea de los ministros de Dios es extensiva a todos los tutores que discipulan vidas, ya que el discipulado es también una capacitación y perfeccionamiento de los santos para la obra del ministerio; es un método para la edificación del Cuerpo de Cristo. El empeño de cada tutor de vidas ha de ser la formación de vidas para el Reino, de tal modo que el discípulo alcance la unidad de la fe; tenga un conocimiento vivencial del Hijo de Dios; llegue a ser un varón perfecto y crezca hasta alcanzar la plenitud de Cristo. ¿Acepta usted el desafío de constituirse en un tutor, un mentor o padre espiritual de otro hermano en la fe? 

Oración: Amado Padre Celestial, te damos gracias por habernos llamado a pertenecer a Tu Iglesia, el Cuerpo de Cristo en la Tierra. Gracias por los hombres y mujeres que has puesto en el liderazgo para guiarnos en nuestro peregrinar cristiano. Te rogamos que nos guíes siempre por medio de Tu Espíritu Santo y nos corrijas de tantos errores que cometemos y que siempre nos perdones, porque somos seres humanos débiles y pecadores. Pero estamos empeñados en crecer a la imagen de Tu Hijo en virtudes, obras y otras vidas que sigan los pasos del Maestro. Si es Tu voluntad, permite que también demos a luz y criemos en la fe hijos espirituales que puedan honrarte y glorificarte en el tiempo que viene. Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador, Señor y Maestro. Amén.

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 15 de mayo de 2022

PERDONAR PARA SER PERDONADO

 




 


 

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas,

os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial”

San Mateo 6:14

 

H

ay una profunda verdad en esta frase de Jesús. ¿Cómo pretenderemos que Dios perdone nuestras ofensas si nosotros no somos capaces de perdonar a los que nos ofenden? Querer ser perdonado por Dios sin ejercer perdón nosotros, es una postura muy egoísta y egocéntrica. Es egoísta porque no quiere dar al prójimo la gracia que se disfruta de Dios. Egocéntrica porque sólo piensa en si mismo y su propia satisfacción. ¿Acaso no tienen todos derecho a la paz que produce el perdón? Por supuesto hablamos del perdón a personas que demuestran arrepentimiento. Pero si somos más generosos también perdonaremos a aquellos que por ignorancia espiritual pecan y no se arrepienten ni piden perdón, como lo fueron los escarnecedores de Jesús. 

Estamos llamados los cristianos a perdonar las ofensas del prójimo. Si en el bautismo declaramos morir juntamente con Cristo, dentro de esa muerte estaba considerado morir a las ofensas, a sentirse herido en el amor propio y todos esos sentimientos de autovaloración muchas veces basados en el orgullo y la vanidad; entonces no tenemos derecho a no perdonar. Es nuestro deber de cristianos perdonar, porque Cristo lo ordena: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.” (San Lucas 6:37) 

Dios perdona al corazón arrepentido: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18) Un corazón que ha sido perdonado será un corazón sensible al pecado y condición de otras almas que también necesitan del perdón. Sin embargo, siempre hay personas que no son consecuentes, como el caso de la “Parábola de los Dos Deudores” o “Parábola del Funcionario que no Quiso Perdonar”, en la que se relata acerca de: 

23… un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. 24 Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. 25 A este, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. 26 Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. 27 El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. 28 Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. 29 Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. 30 Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. 31 Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. 32 Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. 33 ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? 34 Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. 35 Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.” (San Mateo 18:23-35) 

El rey era muy severo, tanto que redujo al mismo deudor a esclavitud, como suele ser el comercio actual con el deudor impago. Tanto suplicó el siervo por una prórroga de su deuda que el rey tuvo misericordia y se la perdonó. Del mismo modo ha perdonado Dios nuestra gran deuda de pecado, interviniendo Su Hijo Jesucristo, quedando nosotros libres de deuda, salvo la deuda de amor y gratitud. El siervo o esclavo del rey no hizo lo mismo con el consiervo que le debía cien denarios, el valor aproximado de cuatro meses de salario. El malvado, ingrato e insensible no le perdonó la deuda y lo envió a la cárcel. ¿Qué haremos nosotros con aquellos que nos deben honra, dinero, algún objeto, disculpas, etc.? ¿Les cobraremos hasta el cansancio, los llevaremos a juicio, los expondremos al desprecio de otros o les perdonaremos? El señor de la parábola lo supo y le regañó por no tener misericordia de su compañero y enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Jesús nos advierte que nuestro Padre celestial hará lo mismo con nosotros si no perdonamos de todo corazón a nuestros hermanos sus ofensas. Seremos azotados en esta vida por circunstancias difíciles, a causa de una conducta inmisericorde, o bien azotados en la otra vida o puestos en vergüenza en el Tribunal de Cristo. 

En el Evangelio el Señor nos presenta algunos principios para ejercer el perdón en la vida cristiana:

1)    Perdonar siempre: “21 Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: —Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? 22 —No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces[a] —le contestó Jesús—.” (San Mateo 18.21-22) 

2)    Perdonar en oración: “25 Y cuando estén orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados.” (San Marcos 11:25) 

3)    Perdonar para ser perdonado: “37 No juzguen, y no se les juzgará. No condenen, y no se les condenará. Perdonen, y se les perdonará.” (San Lucas 6:37) 

4)    Perdonar al que pide perdón:3 Así que, ¡cuídense! Si tu hermano peca, repréndelo; y, si se arrepiente, perdónalo. 4 Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.” (San Lucas 17:3,4) 

Qué podamos examinarnos, revisar nuestra lista de personas con quienes aún no nos hemos reconciliado y las perdonemos, si no presencialmente, en oración con sinceridad delante del Señor. Así podremos continuar pidiendo el perdón del Padre. 

Oración: Padre, gracias por tu eterno perdón hacia nosotros, pecadores no merecedores de Tu misericordia. Te pedimos perdón por guardar aún rencores hacia personas que nos han dañado. Te rogamos por cada una de ellas para que sea levantada la culpa de sus vidas y limpiadas con la sangre de tu Hijo Jesucristo, puedan recibir la salvación y la vida eterna. En el nombre de Jesús. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

 


domingo, 8 de mayo de 2022

SETENTA VECES SIETE

 



“Y si siete veces al día pecare contra ti,

y siete veces al día volviere a ti, diciendo:

Me arrepiento; perdónale.”

San Lucas 17:4 

 

H

ay quienes dicen que los seres humanos no podemos perdonar sino sólo disculpar, y establecen una diferencia entre ambas palabras, dejándole sólo a Dios la facultad de perdonar. Perdonar, según el Diccionario, es “Olvidar [una persona] la falta que ha cometido otra persona contra ella o contra otros y no guardarle rencor ni castigarla por ella, o no tener en cuenta una deuda o una obligación que otra tiene con ella.” Por su parte, disculpar es “Justificar una cosa o a una persona dando pruebas, razones y argumentos, que constituyen la disculpa.” Se puede ver que en ambos términos se está ejerciendo la comprensión y la misericordia con el prójimo, olvidando la falta y justificando esa acción. Incluso disculpar involucra un mayor ejercicio del amor, ya que busca una razón de la falta del otro, como cuando Jesús oró en la cruz por sus victimarios: “Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.” (San Lucas 23:34) 

Pero el Texto que nos ocupa dice claramente “perdónale”, porque sencillamente perdonar es olvidar la falta cometida contra nosotros, que puede ser una palabra ofensiva, una traición, una mala acción que nos perjudicó, etc. De ese modo se restituirá la relación con aquella persona. Pero ese perdón que el Señor nos enseña a ejercer con el otro tiene la condición de arrepentimiento, pues dice “Y si…volviere a ti, diciendo: Me arrepiento…” Es justo que perdonemos al hermano o prójimo que con un corazón contrito nos pida perdón o nos diga, sin pronunciar la palabra perdón, que está arrepentido del mal que nos hizo. Nuestro deber es perdonarle, de lo contrario estaríamos siendo soberbios. 

Cuando perdonamos al que nos ofendió, el Señor se siente agradado tanto por nuestro perdón como por el arrepentimiento del otro. Entonces es Él quien limpia de pecado a aquella persona que nos dañó. Nuestro perdón no reemplaza al sacrificio de Cristo en la cruz, pero abre paso a la acción del Señor y será Él quien lave con Su sangre la culpa del pecador. Nosotros al pronunciar un “te perdono” estamos abriendo la puerta parta la acción del Señor. 

No es sólo el otro quien comete pecados, también somos nosotros. No estamos exentos de ofender y hacer daño con nuestras palabras y acciones. El Señor sabe que somos débiles en este aspecto e inclinados al mal y por eso nos dice: Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial” (San Mateo 6:14). Aquí nos pone una condición para volver a perdonarnos, que perdonemos nosotros. No está hablando acerca del perdón de los pecados para salvación, cuando nos convertimos a Cristo, sino de los pecados habituales en nuestro caminar cristiano. El camino que hacemos en Cristo no suele ser tan luminoso, vivimos pecando, arrepintiéndonos, siendo perdonados y también perdonando. El acto de perdonar en nuestro caminar en el discipulado es una demostración de humildad y amor verdadero. Si queremos ser perdonados por Dios tenemos que perdonar a otros: mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” (San Mateo 6:15) 

No son pocos los textos en que el Señor nos exige que perdonemos a nuestros hermanos. Debemos hacerlo, así como Cristo nos perdonó: soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.” (Colosenses 3:13) 

Incluso cuando Jesús nos enseñó a orar, incluyó una cláusula sobre el perdón que debemos dar a otros: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” (San Mateo 6:12) 

Así como Dios nos perdona una y otra vez nuestras faltas, debemos hacerlo nosotros. Por lo general no perdonamos consecutivas veces a alguien, salvo que sea un hijo o alguien de nuestra sangre, muy cercano, pero la Palabra de Dios exige: “Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.” La familia es un buen ejemplo de perdón, aún cuando a veces hay rencillas entre hermanos, pero es más probable que una mamá o papá perdonen las faltas de sus hijos; del mismo modo debe suceder en la Familia de Dios que es la Iglesia y perdonarnos unos a otros. 

El perdón nace del amor. Si tenemos el Espíritu Santo tendremos paciencia y perdonaremos, seremos bondadosos y perdonaremos, tendremos humildad para perdonar, y como el amor “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Corintios 13:7) seremos magnánimos con quien nos dañe y le perdonaremos. 

Oración: Padre, Tú que perdonaste todos nuestros pecados por medio del sacrificio de Tu Hijo, escúchanos en este día y recibe nuestra gratitud por tan grande misericordia. Perdónanos pues muchas veces no somos capaces de actuar cristianamente y ofendemos y dañamos a nuestros hermanos y prójimos faltando al amor. Gracias por enseñarnos que debemos perdonar y que tu respaldarás ese perdón lavando con la sangre de tu Hijo el pecado del que nos ofendió. Danos un corazón humilde dispuesto a perdonar todas las veces necesarias al prójimo arrepentido. Te lo rogamos en el nombre de Jesús, nuestro Salvador y Señor. Amén.

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

domingo, 1 de mayo de 2022

UN AMOR INMERECIDO

 


 


 “Mas Dios muestra su amor para con nosotros,

en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

Romanos 5:8 

 

E

n la vida hay cuatro grandes problemas: las pérdidas, la enfermedad, la vejez y la muerte. Todo ser humano los sufrirá. Desde la más tierna infancia vivimos pérdidas, desde el momento que a un niño se le revienta el hermoso globo que le compró papá o cuando se entera que Santa Claus no existe y pierde la ilusión. De allí en adelante perderá juguetes, amigos, a su abuela, después novias o novios, una asignatura, en fin, trabajo, dinero, amores. La vida está sembrada de pérdidas como también de ganancias. Siempre llegan las enfermedades, a veces graves y muy tempranamente: niños con parálisis, leucemia o cáncer, y en la vida adulta comenzará a fallar alguno de los sistemas del cuerpo por el desgaste propio del tiempo, sea la circulación sanguínea, el aparato digestivo, el sistema óseo, etc. Es también una pérdida el deterioro de la salud. Todo ello porque envejecemos. Podemos decir que el bebé que luego es niño, después joven y finalmente adulto va en un proceso de desarrollo, pero también desde que nace, en cierto modo comienza a envejecer. Así esta hecha la vida, llega repentinamente la vejez y amenaza la muerte. La vida puede tomarse de diversas formas: como una tragedia, como una gran aventura, como una secuencia de hechos sin sentido, como una oportunidad de vivir experiencias interesantes en una naturaleza maravillosa… todo dependerá de la actitud que tengamos ante ella y cómo enfoquemos estos cuatro problemas nombrados. 

Alguien podrá decir que Dios es un malvado ser sádico o una entidad indiferente al crear un mundo con tanto sufrimiento. Cada persona tiene una particular manera de creer o no creer en Dios. Pero finalmente, sobre todo en el lecho de muerte, todo ser humano se preocupa de qué vendrá después y la tendencia general será a creer en un Ser Superior. 

¿Es Dios un Ser malvado o bueno? Él nos creó por amor, quiso tener una familia eterna con Él y nos puso en este planeta con multitud de seres vivos, tanto animales como vegetales, para compartir con ellos, investigarlos, conocerlos y en definitiva administrarlo. Pero intervino en nuestra historia la rebelión, la desobediencia y la incredulidad. Es lo que siempre sucede. Las personas muchas veces dicen ¿Qué tengo yo que ver con Adán y Eva? ¿Porqué me culpan a mi de algo que sucedió hace miles de años, si es que no es un mito? No reconocen que en verdad es la historia de cada hombre y mujer en este mundo y en cada época: nos rebelamos contra Dios, desobedecemos a Sus mandamientos y aunque creamos en Su existencia, no le creemos a Él. Y esa actitud es la que origina la verdadera pérdida, la real enfermedad del alma, el deterioro y la muerte espiritual del ser humano. Es lo que llamamos pecado, es decir transgresión absoluta de la Ley de Dios: Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley.” (1 Juan 3:4) 

Sin embargo, Dios no nos borra del planeta, no elimina al ser humano y le da oportunidades una y otra vez, porque lo ama. Dios nos ama y la mayor muestra de Su amor por nosotros es lo que dice el versículo inicial: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Él estuvo dispuesto a sacrificarse para limpiarnos del mal y lo hizo entregándose en la cruz del Monte Calvario. 

Si Dios no nos amara, sencillamente nos habría destruido y reemplazado por otra raza, mas, Él nos amó y fue Fiel a ese amor por la Humanidad. A pesar de ser pecadores, o sea seres que no hacen Su voluntad, Él optó por salvarnos. Dado que “… la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23), sólo cabía la eliminación de la raza humana, pero como continúa diciendo el mismo versículo, “… mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 6:23) Alguien tenía que morir, tenía que pagar por el pecado de la Humanidad. Tantos eran los pecados de deslealtad, infidelidad, irreverencia e idolatría, impiedad, desobediencia, asesinato, mentira, adulterio e impureza, robo y deshonestidad, mentira, codicia, ingratitud, que era imposible que un solo hombre cargara toda esa oscuridad sobre sí sin morir. Sólo podría cargar ese peso un ser puro y sin pecado, un hombre-Dios, capaz de vencer la muerte y volver a la vida. Y ese Hombre fue Jesucristo, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad: “Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.” (Hebreos 2:9) 

Al pagar Jesucristo el precio por nuestros pecados pasados, presentes y futuros, nosotros hemos sido perdonados por Dios, por causa de Cristo; hemos sido limpiados de toda culpa; justificados ante el Padre y hechos hijos de Dios, nacidos de nuevo por la sangre de Jesucristo. Hecha Su obra de Amor perfecto y misericordioso por el ser humano, Resucitado de entre los muertos, ahora es el Señor nuestro y de toda la creación: “pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12) 

¡Cuántos motivos de gratitud tenemos para con Dios que tanto nos ama y proveyó salvación para nosotros los pecadores! 

Oración: ¡Alabado seas Padre Eterno, por el gran Amor que has tenido por la Humanidad pecadora! ¡Cuánto has amado a Tu creación dándonos una y otra vez oportunidades para arrepentirnos y cambiar de actitud y comportamiento! Perdónanos por ser tan infieles y límpianos cada día de nuestros pecados, corrige nuestros errores, ayúdanos a desarrollar las virtudes de Tu Hijo y a superar nuestras debilidades. Hoy nos comprometemos a escuchar Tu voz y seguirte aún, cuando tengamos que sufrir pruebas por pérdidas, enfermedad, vejez o muerte. Te rogamos que ayudes a nuestra fe, en el nombre de Tu Hijo, nuestro Salvador y Señor Jesucristo. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com