sábado, 4 de julio de 2015

UNA COMUNIDAD MARGINAL.

 
Siento que somos una Iglesia “marginal”. Se llama así a una cosa que está en el margen, en la periferia o límite de algo. Así encontramos en la ciudad poblaciones marginales, las que tienen escasos recursos y son, en cierto modo, despreciadas. Pero marginal en un sentido positivo es la marginalidad como opción, cuando una persona o grupo decide “marginarse” o apartarse del contexto mayor. A veces es necesario hacerlo para no contaminarse, verse perjudicado o por incompatibilidad de pensamiento. 

Contrario a marginarse es “integrarse”, concepto que suena muy bien en la actualidad, pero que conlleva el consentir acciones que nos repugnan y adscribirnos a una ideología que no aceptamos. Es mejor apartarse de algo si el pertenecer a ello implica renunciar a nuestros principios. Continuar en un lugar o grupo por conveniencias personales no es tolerancia sino hipocresía. Jesucristo no se unió a los fariseos, saduceos y maestros de la ley, sino que, además de acusarlos, se marginó de ellos.

No estamos de acuerdo en que la Iglesia asuma el poder temporal ni de ningún tipo; no nos parece beneficioso para la misión singular de los discípulos de Jesucristo. Él nos envió a transmitir Su mensaje y no a gobernar, a hacer política partidista ni a presionar a los gobiernos. Fue muy claro en su declaración: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.” 

Mientras existan en este mundo pobres, drogadictos, ex convictos, homosexuales, discapacitados, pensamientos diversos, en fin personas rechazadas por la sociedad y, a veces, lamentablemente, por las Iglesias, será necesario un ministerio especial para ellos, pues Dios ama a todos, especialmente a los postergados y marginales. El corazón de la Iglesia necesita ensancharse y tener comprensión y misericordia para con aquellos que son distintos.  
 
Un mundo marginal necesita una Iglesia que esté en la marginalidad. El único poder de nuestra Iglesia es el amor.
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (San Juan 13:35)

martes, 23 de junio de 2015

CRISTO ES NUESTRA ROCA



Queridos amigos:

Nos llama la atención la cantidad de veces en que el libro de Salmos compara a Dios con una roca. “El solamente es mi roca y Mi salvación; Es mi refugio, no resbalaré mucho” (Salmos 62:2) dice el texto que memorizamos este mes. De las 20 ocasiones citemos tres más, a modo de ejemplo:

“Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; Mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” (Salmos 18:2)

“Inclina a mí tu oído, líbrame pronto; Sé tú mi roca fuerte, y fortaleza para salvarme.” (Salmos 31:2)

“Bendito sea Jehová, mi roca, Quien adiestra mis manos para la batalla, Y mis dedos para la guerra” (Salmos 144:1)

De todos estos salmos, David es el escritor inspirado. Él ha tenido que huir del rey Saúl, esconderse en los cerros, batallar contra sus enemigos y obviamente las rocas en altura han sido su lugar de refugio. La confianza en Dios le ha hecho victorioso en sus luchas y la compañía del Señor ha llenado de fe su soledad; Dios ha sido como una roca en la que encontró refugio seguro, defensa contra el ataque de los enemigos, una fortaleza inexpugnable, un verdadero castillo espiritual.

Decimos que David, el pastor de ovejas, poeta y futuro rey de Israel, es el escritor de estos salmos porque su Autor es Dios mismo, quien los inspiró. El salmista alaba, agradece y pide a Dios que le adiestre para las batallas de la vida y confía que no resbalará mucho, pues está afirmado sobre la Roca de los siglos.

Esta Roca es Jesucristo. Nosotros también, como el salmista, podemos confiar a Él toda nuestra vida y así dejar de vivir atemorizados por las circunstancias o el futuro, culpables por nuestras debilidades y errores, deprimidos por la soledad y los problemas. Entregue todo esto a Jesús para que Él sea su castillo, su libertador, su fortaleza, su escudo, su fuerza, su alto refugio, su Redentor, su gloria, su  porción, su Padre, su Dios, su roca fuerte, su roca de confianza y su salvación, tal como lo fue del rey David. 

 

miércoles, 15 de abril de 2015

ECHA TU ANSIEDAD SOBRE CRISTO.


 
Queridos amigos y hermanos:

No se angustien por los problemas que en estos días deban enfrentar sino que confíen en Dios, “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.” (1 Pedro 5:7)

En Dios no hay ansiedad. No tiene preocupaciones como nosotros. Contrario a lo que pudiéramos pensar; los problemas del mundo de hoy Él ya los ha resuelto, sabe bien cuáles son sus causas y cómo solucionarlos; lo hará en su momento, no se preocupa sino que se ocupa en ello.

Dios no siente inquietud. No la sintió siendo hombre cuando caminó valientemente hacia Jerusalén, sabiendo que allí sería apresado, torturado y crucificado como un delincuente. No se inquieta porque carece de la inseguridad propia de los humanos. Nosotros somos por naturaleza inseguros, en cambio Dios es Padre de seguridad. Sólo Él puede devolvernos la seguridad.

Él no se atemoriza. ¿Qué cosa creada podría aterrar al Creador? Nada ni nadie; ni siquiera Lucifer, el querubín rebelde, y sus huestes angélicas de maldad, con toda su rebelión, pueden atemorizarle. Ya han sido vencidas por Jesucristo en su intento de perder al ser humano.

Por tanto jamás se angustiará como suele sucedernos a nosotros cuando no podemos pagar las cuentas, cuando tenemos algún desencuentro con nuestros seres queridos, cuando sufrimos alguna enfermedad o nos aqueja la muerte de un amigo querido. Dios no se angustia, no tiene miedo, no es inseguro, no se inquieta ni preocupa, en fin no siente ansiedad.

Dios es seguridad, tranquilidad, calma, confianza, valentía, paz. ¿Cómo no descansar en Él, dejándonos proteger, amar y sostener en su amor?

Dios tiene cuidado de nosotros como el mejor de los padres, porque Él es nuestro Padre amoroso que, desde el cielo, cuida el caminar de sus hijos y los defiende de los enemigos. Los discípulos no vivimos ansiosos por alcanzar metas ni nos angustiamos ante las circunstancias, sino que esperamos en Dios y echamos toda carga en Cristo.

Que Dios les guarde!

viernes, 11 de octubre de 2013

LA IGLESIA EN CASA.




Queridos hermanos y amigos:
Una Iglesia en Casa es un grupo de cristianos reunidos en un hogar. Los principios bíblicos que respaldan la modalidad de Iglesia en Casa son los siguientes:

1.      EL SEÑOR DESEA QUEDARSE EN NUESTRO HOGAR. 

Siempre fue la voluntad de Dios constituir un grupo familiar unido, donde Él gobernase los sentimientos, pensamientos y acciones de sus miembros. Una familia auténticamente cristiana es Cristo céntrica y está dispuesta a que Jesús la dirija, aún en los aspectos más prácticos. Como a Zaqueo, él hoy nos dice "baja en seguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa” (San Lucas 9:5). El Huésped de nuestra casa quiere ser su Señor y no una simple visita a la cual recibimos en algunas ocasiones solemnes. El Señor desea quedarse a vivir en tu hogar.
 

2.      EL SEÑOR DESEA QUE VAYAMOS A OTROS HOGARES.

Su voluntad es que, además de vivir la vida cristiana como nos la enseña en Su Palabra, también la comuniquemos y compartamos con otras familias.  Al enviar a evangelizar a sus apóstoles, les dijo: “Cuando lleguen ustedes a un pueblo o aldea, busquen alguna persona de confianza y quédense en su casa hasta que se vayan de allí” (San Mateo 10:11). Así comienza la Iglesia en una ciudad. A partir de una persona obediente al mandato de Dios y de una casa que trabaja unida. En la Iglesia Discípulos de Jesucristo llamamos Cenáculo a la Iglesia en casa. El Cenáculo o Aposento Alto fue el lugar donde Jesús celebró la última cena de Pascua con sus discípulos y donde les entregó profundas lecciones de discipulado.
 

3.      LA IGLESIA COMENZÓ EN UNA CASA.
 
Siempre la obra de Dios empieza en un hogar. Cuenta la Biblia que el Espíritu Santo llegó a la Iglesia por primera vez en una casa. Dice que el sonido  “...como de un viento fuerte, resonó en toda la casa donde ellos estaban” (Hechos 2:2).  Entre otras, la Iglesia de Filipos nació en las casas de Lidia, una vendedora de telas, y el carcelero de Filipos (Hechos 16:11-40, Filipenses 1:1, Filipenses 4:15-16).

Debemos estar dispuestos a abrir nuestras casas a la presencia de Dios y a la de los que necesitan de Él: los ciegos, cojos, pobres espirituales, los que sufren las consecuencias del pecado. Debemos estar abiertos a amarles desinteresadamente. Hay una diferencia entre casa y hogar. La casa es simplemente el edificio. Jesús nació en un pesebre, junto a María y José, mas no podríamos decir que no tuvo un hogar pues ellos fueron su hogar (San Lucas 2:7). La Iglesia comienza siempre en la calidez de un hogar. ¿Acaso antes de construir un templo la comunidad no se reúne en la casa del pastor o algún hermano? Devolvamos a la Iglesia ese fuego que tenía cuando se inició en una casa.


4.      LA IGLESIA APOSTÓLICA NOS DIO EJEMPLO.
 
Cuenta el libro de los Hechos “Y todos los días se reunían en el templo y en las casas partían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46). Las asambleas se hacían en las casas, ya que en el templo se llevaba a cabo el culto judío. Filemón, discípulo de la ciudad de Colosas, recibió una carta del apóstol Pablo en que éste le dice: "al amado Filemón, colaborador nuestro, y a la amada hermana Apia, y a Arquipo nuestro compañero de milicia, y a la iglesia que está en tu casa" (Filemón 1,2). Esto significa que en casa de Filemón se reunía toda una iglesia. Se ratifica con el caso de Ninfas de Colosas (¡una mujer! ¿Podríamos decir que la iglesia neotestamentaria era una iglesia machista?). Habiendo una Iglesia de Colosas, coexistía la iglesia en casa (Colosenses 4:15). En su casa se reunía toda una congregación y Pablo la recuerda muy especialmente. Otro caso notable es el del matrimonio de Priscila y Aquila de la Iglesia de Roma Trasladados a Éfeso, el Apóstol habla de “la congregación que se reúne en su casa”, (Romanos 16:3-5; 1 Corintios 16:19; 2 Timoteo 4:19). Tenían el mismo trabajo de Pablo, fabricantes de tiendas. La casa de Priscila y Aquila, ambos judíos, estaba abierta a los hermanos de Roma. Otros ejemplos de Iglesia en casa pueden ser la familia de Aristabulo (Romanos 16:10) o la familia de Narciso (Romanos 16:11).


5.      CADA DISCÍPULO PUEDE ABRIR UNA IGLESIA EN CASA.
 
Cualquier cristiano podría abrir su casa como Iglesia en Casa, pero se requiere que madure y crezca espiritualmente para que sepa guiar a otros en el camino de la fe y guarde la unidad y sujeción al Cuerpo de Cristo.

Un problema de la Iglesia ha sido su identificación con el templo. No estamos contra los templos o lugares públicos de oración y predicación, pero no podemos perder de vista la visión apostólica de la Iglesia en Casa. Al ganar un discípulo estamos ganando un vecindario, una familia y mucho más. “Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. / Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa.” (Hechos 16:31,32).

En la I.C.D.J. llamamos Cenáculo a la iglesia en casa. Cada hogar cristiano puede convertirse en un Cenáculo si el dueño o dueña de casa abre sus puertas con generosidad a amigos, vecinos, familiares y compañeros de trabajo. Esto es algo que nos puede parecer muy difícil pero en verdad es sencillo. Más que conocimientos se necesita "corazón", el deseo imperioso de servir a Cristo y a nuestro prójimo, entusiasmo por la obra, por la extensión del Evangelio, amor por los necesitados, pasión por las almas. ¡Es tanto lo que podemos ayudar a otros por nuestro conocimiento de Jesucristo! Ya es hora que depongamos toda actitud egoísta y nos decidamos a servir a nuestro prójimo que tiene hambre y sed de Dios, a dar de gracia lo que por gracia hemos recibido. Abramos nuestros hogares para que los que tienen hambre y sed de espiritualidad conozcan al Señor Jesucristo.

sábado, 31 de agosto de 2013

BREVE EXPLICACIÓN DEL DISCIPULADO



 
Tal vez usted ha escuchado la palabra “Discipulado” o “discípulo” y no ha logrado comprender su significado e importancia para la vida cristiana. Siendo esta una de las principales actividades de la Iglesia y con el fin de clarificar algunos conceptos, hemos preparado esta breve guía.

¿QUÉ ES EL DISCIPULADO?
El Discipulado es un método de formación integral del cristiano consistente en el acompañamiento personalizado del discípulo por un hermano de mayor experiencia o tutor. Es el método que utilizó Jesús con sus doce discípulos, desde el momento que les dijo: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.” (San Mateo 4:19)

¿CUÁL ES SU PROPÓSITO?
El propósito del Discipulado es hacer del cristiano un discípulo maduro, capaz de desarrollar las virtudes de Cristo, hacer buenas obras y multiplicarse en nuevos discípulos. La meta final del Discipulado siempre será lo que la Biblia señala, ser como Jesús: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Romanos 8:29)

¿CÓMO PUEDO SER DISCÍPULO?
Basta creer en Jesús y sujetarse al consejo de un hermano mayor, que viva el Discipulado y esté dispuesto a acompañarlo y enseñarle en el camino de la fe. Es lo que hizo Timoteo al recibir la formación que el apóstol Pablo le dio y que pudo transmitir a hombres fieles: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” (2 Timoteo 2:2)

¿CUÁLES SON LOS REQUISITOS DEL DISCIPULADO?
El principal requisito para iniciar un proceso de Discipulado es haberse convertido a Jesucristo; en segundo lugar está la necesaria sujeción al tutor, que implica obediencia y fidelidad, para poder enfrentar las pruebas que conducen al cristiano a su crecimiento espiritual. En palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.” (San Marcos 8:34)

¿DÓNDE PUEDO CAPACITARME COMO DISCÍPULO?
En la Iglesia hay hermanos y hermanas de experiencia y buen testimonio, avaladas por un Pastor, que pueden capacitarle como discípulo de Jesucristo; ya que esta tarea fue el especial encargo o comisión que dio el Señor Jesucristo a los apóstoles, antes de partir al cielo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. / Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; / enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (San Mateo 28:18-20)
 

Si desea obtener más información, por favor comuníquese con:
Pastor Iván Tapia Contardo
Teléfono 2493901
 

jueves, 1 de agosto de 2013

DOS LLAMADOS


 
 
"8 Tenemos una pequeña hermana,
Que no tiene pechos;
¿Qué haremos a nuestra hermana
Cuando de ella se hablare?
9 Si ella es muro,
Edificaremos sobre él un palacio de plata;
Si fuere puerta,
La guarneceremos con tablas de cedro.
10 Yo soy muro, y mis pechos como torres,
Desde que fui en sus ojos como la que halla paz.”

(Cantares 8:8-10)

 

He aquí un fragmento del hermoso libro El Cantar de los Cantares de Salomón, uno de los escritos más poéticos de la Biblia. Es el más estupendo cantar; de allí su título. Es el diálogo amoroso entre un amado y su amada, y contiene todos los aspectos emotivos, sentimentales y eróticos que conlleva una relación sana entre un hombre y una mujer. Trasunta este libro, además, el deseo del alma humana por alcanzar al Dios Amado y fundirse con Él en una profunda relación espiritual de amor. Todo ser humano está hambriento de Cristo, el Amado, y necesita encontrar el camino hacia Él.

En este texto quiero destacar sólo dos palabras que pueden ayudarnos a esclarecer el camino que cada alma tomará en ese encuentro con Dios. La estrofa comienza diciendo  "Tenemos una pequeña hermana, Que no tiene pechos” Es una hermana menor, aún no se ha desarrollado como mujer, es apenas una niña. Ella ya nació y ha crecido un poco, pero aún “no tiene pechos”, es decir no puede amamantar ni dar a luz otra vida.

En sentido simbólico, es el alma que aún no ha madurado en su fe, de tal modo que esté capacitada para dar vida a otros para que conozcan a Jesús. Es un novato, alguien que necesita ser guiado por un padre espiritual o un hermano mayor, ser alimentado en la Palabra de Dios y cobijado en su fe.

“¿Qué haremos a nuestra hermana Cuando de ella se hablare?” expresa el escritor; le preocupa el prestigio de su hermanita, quien aún es muy joven para exponerse sola al mundo. Cuando recién caminamos el sendero de la fe, si estamos solos nos veremos enfrentados a muchos peligros espirituales y tentaciones de las tinieblas; necesitamos ser acompañados por hermanos experimentados en el camino de Cristo.

Los versos siguientes nos señalan la ruta que un cristiano puede tomar en su proceso de crecimiento espiritual, porque debemos entender que la fe no estática sino un constante desarrollo, un proceso dinámico que apunta a la formación de una espiritualidad madura. A esta altura nos enfrentamos a una encrucijada, tendremos que optar por una de estas dos formas de continuar el Camino: ser muro o ser puerta.

Muchos son los errores que se cometen en la vida cristiana por desconocer quiénes somos, por no tener el autoconocimiento de los dones y capacidades que Dios nos ha dado para servirle a Él y al prójimo. La pregunta de Saulo, en el camino a Damasco, cuando Jesucristo se le reveló, fue “¿Señor, qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:6) Es la interrogante que todo cristiano debe hacerse en la huella del discipulado. Pero no podremos recibir respuesta a ella si primero no nos conocemos a nosotros mismos. En verdad debiésemos preguntarnos  ¿Quién soy yo? Conociendo nuestros talentos naturales y carismas dados por el Señor, podremos encaminarnos mejor en el servicio cristiano, evitando frustraciones y errores. La respuesta está en nuestro interior, presta a ser sacada a la luz, “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.” (1 Corintios 2:11)

El Cantar de los Cantares señala en este fragmento dos alternativas para el alma en desarrollo: ser muro o ser puerta. Pregúntese el lector ¿soy muro o soy puerta? Veamos las características de ambas formas de vivir a Cristo.

a)   Ser muro. “Si ella es muro, Edificaremos sobre él un palacio de plata”. Los muros de una casa protegen de los ataques externos y de las inclemencias del tiempo. También permiten la intimidad familiar, el descanso del trabajo y las luchas de afuera. Los muros dan forma a la casa y sobre ellos, como lo señala el texto, se puede seguir edificando, toda vez que estén plantados sobre un buen cimiento. El muro es construido en función de los habitantes de la casa.

Un cristiano llamado a ser muro buscará la protección del rebaño, su desarrollo espiritual, su crecimiento en virtudes cristianas; su principal preocupación será el pueblo de Dios.  Será alguien que desarrolle un olfato especial o discernimiento de los peligros y pecados que acechan las almas. Brindará a sus hermanos el calor espiritual que necesitan, lavará sus pies del polvo del camino. Algunos cristianos “muros” ejercerán el ministerio en alguna de sus formas, edificarán la Casa de Dios.

b)   Ser puerta. “La guarneceremos con tablas de cedro.” La puerta es la entrada y salida de una casa, permitiendo el acceso a ella. No puede haber casa sin puerta, ya que sus habitantes requieren relacionarse con el exterior tanto como entrar y refugiarse en ella. La puerta existe en función de los que están fuera de la casa y para que sus habitantes se contacten con ellos. Una buena puerta es firme y bien protegida con la mejor madera.

Un cristiano llamado a ser puerta se siente movido a explorar fuera de los ámbitos seguros de la Iglesia, para servir y atraer a las almas perdidas. Su pasión, como el buen samaritano de la parábola, es ir de camino, acercarse a los necesitados, vendar sus heridas, ungirles con Espíritu y brindarles el amor de Jesucristo; y conducirles al mesón, que es la Casa del Señor (San Lucas 10:33,34) Los discípulos puerta desarrollan una fe firme, bien cimentada en la Palabra y la oración en el Espíritu, son de buena madera espiritual.


Ambas funciones, ser muro y ser puerta, son necesarias e imprescindibles para la vida de la Iglesia. Los primeros posibilitan el crecimiento interno de la Casa de Dios y el desarrollo de los discípulos; los segundos, la extensión del Evangelio y el crecimiento externo de la Iglesia.

Querido hermano y hermana ¿Cuál es su llamado? Es muy importante que usted identifique la vocación que el Señor ha sembrado en su alma. Sea usted muro o puerta, ejerza sus dones con libertad y gozo. Sea su llamado cuidar de sus hermanos o de los que sufren, su alma será muy amada por Cristo y al final de sus días podrá decir: He sido feliz “desde que fui en sus ojos como la que halla paz.”

Y si aún no conoce a Jesús, puedo decirle que Él está golpeando a la puerta de su corazón. Él mismo es la Puerta al Reino de Dios. Abra ahora su alma a Él y encontrará completa satisfacción para su espíritu. Escuche Su llamado que dice “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20)

lunes, 24 de junio de 2013

UNIDAD DE ESPÍRITU


 
 
Si usted es norteamericano o europeo no tome en cuenta este mensaje.

Durante mis años de ministerio he visto algo que es, al parecer, típico de nuestra cultura latinoamericana. Cada vez que hablo a una persona acerca de Jesús, el Evangelio o mi creencia en Dios, de inmediato surge la frase “yo soy católico” o explicaciones como estas: “desde chico fui creyente y creo en Dios”, “yo no me cambio de religión”. Y si me presento como pastor, no faltará la pregunta “¿pastor evangélico?”. Todas estas frases son como un escudo que las personas se ponen por temor quizás a ser sacadas de su posición de fe. Cuando nuestra única intención ha sido hablar de Jesucristo y el gran amor que nos une a Él, ellos sienten esto como un ataque o invasión de su intimidad, como una ofensiva “evangélica”, no del “evangelio de Jesús” sino de una iglesia evangélica, o “canuta” como suelen llamarla.

¡Qué lamentable es esta reacción, toda vez que lo único que nos mueve es el auténtico anhelo de dar a conocer la fe de Jesús! Pero muchos católicos y personas que han sido educadas en la cultura católica latinoamericana, no lo ven así. Ellos creen que estamos invadiendo un territorio para hacer que todos renieguen de esa forma de fe y hacerlos “evangélicos”.

Admito que hay numerosos hermanos evangélicos que tienen una prédica agresiva y radical contra el catolicismo, que critican sus formas de culto y creencias, que no respetan su modo de vivir el cristianismo. Pero no son todos así. Creo que puede existir un diálogo respetuoso entre católicos y evangélicos. ¿Acaso no creemos en el mismo Dios Autor de la vida, en el mismo Salvador y Señor de la Humanidad, y en igual Espíritu Santo? Por supuesto que hay interpretaciones de la fe y la Biblia en las que diferimos, pero el amor cristiano debe conducirnos hacia aquello que nos une y no a lo que nos separa.

Las cúpulas religiosas pueden ordenar o sugerir esta relación con decretos y normas eclesiales, pero finalmente el asunto se resuelve en la calle, la familia, el hogar, el trabajo, la escuela, allí donde compartimos católicos, evangélicos, creyentes de otras iglesias, agnósticos, ateos y librepensadores. ¿No debiera ser la tolerancia, respeto y buena voluntad, en definitiva el amor, la virtud que gobernara nuestras relaciones en torno a las creencias?

Necesitamos acercarnos, conocernos, aprender de los otros. He conocido muy buenos cristianos católicos, personas con verdadera fe y solidarios con el que sufre. También he conocido personas que se dicen cristianas, pero son el vivo ejemplo de la cizaña en la parábola de Jesús, “cristianos” que hacen mucho mal a la Iglesia. Por otro lado, leyendo acerca de las diversas doctrinas de las iglesias y comparándolas con las vivencias de los creyentes, me he dado cuenta que no todos vivimos conforme a ellas; una cosa es la teoría religiosa y otra su práctica. A nuestro juicio, la causa de esto no es la hipocresía, la ignorancia o la falta de compromiso con la fe, sino la percepción personal de Dios y la fe, sujeta a la enorme diversidad humana.

Debo refrendar esta reflexión con las palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso:

“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, / con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, / solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; / un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; / un Señor, una fe, un bautismo, / un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.” (Efesios 4:1-5)