miércoles, 7 de septiembre de 2022

LIMPIOS POR LA PALABRA

 




 

“Santifícalos en tu verdad;

tu palabra es verdad.”

San Juan 17:17

 

 

A

ntes de ser apresado y comenzar el camino doloroso hacia la cruz, nuestro Señor hizo una larga oración por Sus discípulos, y por ende por todos los que hemos creído en Él y entregado la vida. Suele llamarse a esta oración la “oración sacerdotal de Jesucristo” porque en ella intercede por los apóstoles y por los que habrían de seguirle. 

En esta oración Jesús pide al Padre que le glorifique para que también Él lo glorifique. Esa glorificación se refiere tanto al entregarse en la cruz y ser levantado “…como Moisés levantó la serpiente en el desierto…” (San Juan 3:14) el ser también ascendido a los cielos a la diestra del Padre.

 

Reconoce que el Padre le ha dado el poder de dar vida eterna a los que le sigan, en términos de estar para siempre junto a Dios y salvarse del Infierno. Aquí hace una declaración extraordinaria: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (versículo 3) Conocer a Dios, verlo, sentirlo, entenderlo, intimar con Él, vivir para siempre junto a Él y en Él, eso es la vida eterna. 

Da por terminada la obra que el Padre le encargó y le pide que le regrese a la gloria que tuvo antes que el mundo fuese. También da cuenta de su trabajo con los hombres que Dios Padre le entregó, quienes han guardado Su palabra y han reconocido que esa Palabra procede de Él: “Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar.” (San Juan 12:49) 

Los discípulos creyeron que Dios envió a Jesús; entonces Él ruega por ellos y no por el mundo; le pide al Padre que conserven la unidad “…que sean uno, así como nosotros.” (v.11) Le comunica que sólo se perdió “…el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.”  (v.12) y hace una petición al Padre: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.” (v.15) Los Suyos no son del mundo, como tampoco Él lo es, por tanto, pide que el Padre los santifique en Su Verdad. Y aquí llegamos al punto que hoy queremos destacar. La frase “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” 

Dios nos llama a santidad “…sin la cual nadie verá al Señor.” (Hebreos 12:14) Jesús pide al Padre que nos santifique en Su Verdad, de modo que Su Verdad es el medio por el cual Dios puede limpiarnos del pecado y la maldad para santificarnos. Sabemos que hay dos formas de ver la santidad: 1) Como la acción de Dios que se da por nosotros, toma nuestro pecado, se inmola para darnos el perdón y nos regala la salvación, considerándonos ahora “santos”. Es una santidad por posición en que somos apartados del mundo para Dios; 2) La otra forma es la santidad que se produce paulatinamente en el cristiano por la acción del Espíritu Santo en él a través del proceso de “santificación”. Cuando Jesús pide al Padre que nos santifique en Su Verdad, se prepara a hacer el sacrificio que nos volverá “santos” para Dios y comenzará un proceso de santificación en cada creyente que tome para sí ese sacrificio del Hijo de Dios. 

¿De qué modo la Verdad de Dios nos santifica? La Verdad revelada por Jesucristo es el contenido del Evangelio del Reino de Dios. Ese cúmulo de verdades, tales como que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Mesías prometido que muere por nosotros para darnos la salvación; que es necesario el arrepentimiento para entrar en el Reino; que es preciso nacer de nuevo, del agua y del espíritu; que la esencia de Dios es el amor y que debemos amarnos unos a otros como Cristo nos amó, etc.; la práctica de ese cúmulo de verdades nos santifica, nos va limpiando, nos da un carácter santo. Sin embargo, desde el primer momento que creemos en Jesús como Salvador y Señor, ya somos considerados “santos” por Dios. Él no necesita que actuemos como santos sin mácula para llamarnos santos porque nos ve al final del proceso, ya santos completos, como lo seremos en el Cielo. 

La Verdad de Dios se refleja en Su Palabra; por eso después de pedir “Santifícalos en tu verdad” declara “tu palabra es verdad”. La Palabra que sale de la boca de Dios y está escrita en la Biblia, es el pensamiento de Él para el Hombre, la expresión de Su voluntad para nosotros, lo que Él quiere que pongamos por obra. Su Palabra cumplida en nosotros produce fruto de santidad, incumplida no produce fruto, es solamente palabra escrita y no palabra vivida. A Dios le interesa que Su Palabra sea vivida, actuada, así como el Verbo se hizo carne en Jesucristo, es necesario que el logos se haga rhema, de una palabra escrita en tinta pase a ser a una palabra en acción, vivida por los santos de Dios. 

La Palabra de Dios es como el agua que sacia la sed humana de conocer la Verdad; que limpia al manifestar la voluntad de Dios y reflejarnos con nuestras impurezas; que alimenta el alma y el espíritu dándonos una perspectiva profunda de la vida. Por medio de la Palabra el Salvador santifica y limpia a Su Iglesia: “25 … así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, / 26 para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25) 

Pidamos al Señor que una vez más nos santifique, aparte para Él y Su Reino eterno, por medio de Su Palabra que es la Verdad. Amén.


© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

 



domingo, 21 de agosto de 2022

DAR CON JESÚS

 



Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta

conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.

Filipenses 4:19 

 

E

l apóstol Pablo está muy agradecido de la Iglesia de Filipos porque ha participado con él en sus sufrimientos. Cuando partió de Macedonia ninguna iglesia fue sensible a su necesidad, ni dando ni recibiendo, sin embargo, ellos, los filipenses, estando él en Tesalónica, le enviaron una y otra vez ayuda para sus necesidades. El Apóstol dice que no es que él sea interesado y quiera recibir regalos, sino que más bien busca fruto de generosidad en ellos. Tiene abundancia, está satisfecho y ha recibido de mano de Epafrodito lo que los filipenses le enviaron. Él llama a ese regalo “olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios” (Filipenses 4:18). Así es que finalmente les dice: Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:19) 

Esta frase que parece ser una bendición del Apóstol, agradecido de los filipenses, se comprende mucho mejor en su contexto. Es verdad que Pablo está agradecido, es cierto que Dios bendice a sus hijos, pero más cierto es que esa bendición es el resultado de la generosidad que ellos han demostrado hacia él. Han sido sensibles a los problemas de un siervo de Dios, han desarrollado amor auténtico, misericordia, compasión por el que sufre, han sido solidarios con alguien que está dándolo todo por la causa del Evangelio. No han sido indiferentes, de modo tal que esa siembra de amor que ellos han hecho tendrá necesariamente un resultado. Por eso el apóstol Pablo les dice que Dios les va a suplir en todas aquellas necesidades que ellos tengan. 

Un aspecto interesante de esta afirmación es cuando se refiere a las “riquezas en gloria” y es que Cristo entronizado como Señor en los cielos, como Dueño de todas las cosas, puede distribuir entre los humanos Sus bendiciones tanto espirituales como materiales, de acuerdo con Su voluntad. Todas las cosas de este mundo pertenecen a Jesucristo y Él reparte cómo quiere, pero hay que reconocer que Él es justo y ama la justicia y que jamás responderá con mal al bien. Por tanto, si usted entrega amor a su prójimo, si usted comprende la necesidad de su hermano y lo ayuda, si usted abandona toda forma de egoísmo para ser compasivo, misericordioso, generoso, solidario, en fin, practica el amor, Dios le retribuirá con la misma moneda. No se trata de algo mecánico ni de una ley natural que funcione sin la intervención de Dios; tampoco se trata de que vamos a dar por interés de recibir, puesto que allí el corazón estaría actuando de una forma egoísta; no damos para recibir, sino que damos por causa del amor, por Cristo. 

Cuando ofrendamos, diezmamos, hacemos una donación, damos un obsequio; siempre que nuestra mano se está abriendo con generosidad al prójimo y a los hermanos con un corazón limpio y sincero, es natural que recibamos en el tiempo un fruto, una consecuencia, una respuesta de Dios, como dijo Jesús en el Sermón del Monte: “Dad, y se os dará, medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.” (San Lucas 6:38)

Es muy importante la actitud de nuestro corazón cuando obsequiamos o damos algo a nuestro prójimo:6 Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. / 7 Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. / 8 Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra; / 9 como está escrito: ‘Repartió, dio a los pobres; Su justicia permanece para siempre.” (2 Corintios 9:6-9) 

Seamos pues, como esos hermanos filipenses, y tengamos siempre el corazón dispuesto y sensible a las necesidades de nuestro prójimo, sean estos hermanos, amigos, familiares, compañeros de trabajo, en fin, personas que están viviendo alguna situación de necesidad material o espiritual. Desarrollemos la misericordia y la generosidad sin esperar una recompensa o pago, demos de gracia lo que por gracia hemos recibido, es decir gratuitamente, sin mayor interés y de ese modo estaremos viviendo realmente el amor que Cristo nos enseña en el Evangelio. 

Oración: Señor, te damos gracias y te alabamos por Tu gran generosidad al darnos todo lo que es preciso para la vida y la piedad. Amado Dios, gracias por poner en nuestro camino personas con necesidades, enfermos del cuerpo y del alma, vidas que requieren consejo, parejas y familias que necesitan orientación y bendición, personas desorientadas, en crisis o a punto de morir, que andan en búsqueda, que necesitan de Ti y que tienen hambre de Dios.  Gracias, Padre, por darnos la maravillosa oportunidad de compartir Contigo el ministerio. Sólo te pedimos que bendigas todo lo que hagamos y Tú responderás como sea Tu voluntad, porque eres el Señor y nos darás lo necesario para vivir de Tus riquezas en gloria, Señor Jesús. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


lunes, 15 de agosto de 2022

DIOS TRANSFORMA LAS VIDAS

 




 De modo que si alguno está en Cristo,

nueva criatura es;

las cosas viejas pasaron;

he aquí todas son hechas nuevas.

2 Corintios 5:17 

 

S

i usted ha entregado su vida a Jesucristo es una criatura nueva. Ya no vive más en su viejo hombre o vieja mujer. Desde el momento en que entregamos la vida a Jesús comienza a operarse en nosotros una transformación. Primero Dios quita de la conciencia toda culpa y pone un corazón nuevo dentro de usted, como dice el profeta: 

“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. / Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.(Ezequiel 36:26,27) 

Si uno está en Cristo es una persona nueva con un corazón y un espíritu nuevos. El Señor le perdona sus pecados y quita de su conciencia toda culpa. En verdad todo esto es simultáneo. Dios perdona sus pecados si usted se arrepiente; Él limpia su conciencia de culpa y pone en su interior el Espíritu Santo: 

“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. / Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.(Joel 2:28,29 

El Espíritu comienza a realizar una transformación, un cambio de mente, un cambio de corazón, un cambio de intención o propósito. Antes las intenciones de su corazón eran solamente hacer lo que la carne le pedía, lo que sus emociones y sus pensamientos le llevaban a realizar; no estaba allí presente Dios pues usted no lo tenía en cuenta, pero ahora usted está en Cristo y piensa: 

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.(Gálatas 2:20) 

Ahora es Cristo quien gobierna su vida. Entonces Cristo comienza a ser su Señor, a dirigir sus pasos y a transformarle en alguien nuevo. Todo lo antiguo quedó en el pasado, ese modo de pensar, esa manera de sentir, de enfocar la vida, esas culpas, esas cargas, esos traumas, esos complejos. Todo aquello quedó en el pasado y si en algún momento tiende a reaparecer usted debe abandonarlo y sanarse. Es Dios el que produce esa sanidad, esa limpieza en el hombre interior. 

La voluntad del Señor es transformar su vida y la conversión consiste en ese cambio de vida; no cambia su vida externa solamente sino también su vida interna. Mas para que cambie su vida interna o sea su forma de pensar y sentir, su forma de ver la vida, sus valores, sus principios, sus intenciones, en fin, su voluntad, es necesario que cambie su naturaleza. Quien hace eso es Dios en Cristo pues el viejo hombre y la vieja mujer mueren en la cruz; es crucificado el viejo ser juntamente con Cristo. Estamos muertos con Cristo en la cruz y resucitamos con Él a una nueva vida. Dios es el que produce el cambio, Él salva su vida, Él sana su vida, Él renueva su mente y transforma su ser. Dios salva su alma de la condenación eterna. Dios sana su alma de toda enfermedad espiritual, de todo trauma, complejo y herida. Dios renueva su mente con un modo nuevo de pensar y de enfocar las cosas. Dios, en definitiva, transforma su vida completamente. 

Ahora ya no es el viejo hombre sino un hombre nuevo. En las aguas del bautismo usted representa ese cambio, testifica que ya no vive más usted, sino que de ahora en adelante Cristo vive en usted. Pero es durante toda su vida que tiene que demostrarse esa decisión porque esto es un proceso. La conversión, si bien es cierto ocurre un día determinado, también es un proceso que ocurre durante toda su vida. Cada día usted estará convirtiéndose a Cristo, sanando su alma, renovando su mente y transformándose para llegar a ser como Jesús, así como lo declara la Escritura: 

Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Romanos 8:29) 

Oración: Señor, te damos gracias por Tu palabra que nos enseña Tu voluntad de transformar nuestras vidas. Gracias por habernos hecho nuevas criaturas. Permite que cada día te entreguemos nuestra vida y podamos cambiar el modo de pensar y sentir, poniendo nuestros miembros a Tu disposición conforme a Tu voluntad y no de acuerdo al viejo hombre que hemos dejado atrás. Queremos andar en novedad de vida, en Cristo. Perdónanos cuando reaparecen en nosotros esas conductas antiguas que no se condicen con el Evangelio. Limpia una vez más nuestras conciencias, sánanos de toda atadura, renueva nuestras mentes y transforma nuestras vidas. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, quien dio Su vida por nuestra salvación. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 7 de agosto de 2022

LA SÍNTESIS DEL EVANGELIO

 






 

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito,

para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

San Juan 3:16

 

 

E

stamos frente a un texto muy escuchado y repetido por la Iglesia, pues se considera que contiene en síntesis el mensaje central de la Biblia. En él se nos muestra el gran amor que Dios ha tenido por los seres humanos, un amor capaz de entregarse a Sí mismo, entregar a Su Unigénito, Segunda Persona de la Trinidad, para sacrificarse por el ser humano y así éste pueda encontrar la salvación de su alma. 

Se inicia el texto con la conjunción “porque”, lo que significa que esta frase pronunciada por Jesús es una explicación de algo anterior. Veamos entonces los versículos que preceden a esta frase. 

El Señor ha estado conversando con el fariseo Nicodemo y le ha enseñado esa verdad del Evangelio tan fundamental para la nueva vida, que es el nuevo nacimiento: “5…De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. / 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (San Juan 3:5,6) Pero el judío no lo ha comprendido, a pesar de sus amplios conocimientos de la Sagrada Escritura. Entonces el Señor le amonesta: “Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?” (San Juan 3:12) 

Jesús continuó enseñándole lo siguiente -y estos son los 3 versículos anteriores al texto que nos ocupa-; en primer lugar: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.” (San Juan 3:13) Le recuerda que ningún hombre ha ascendido a la habitación de Dios. Puede que, según el conocimiento de Nicodemo, Enoc haya subido al cielo, pero en verdad fue arrebatado por el Señor a los cielos, mas no dice exactamente a qué cielo o lugar del cielo. También puede haber pensado en el profeta Elías que fue llevado en un carro de fuego a los cielos. Mas Jesús está hablando de Él mismo; nadie sube al cielo sino el que descendió del cielo. El único que realmente ha estado en el cielo es el que descendió del cielo: el Hijo del Hombre que está en el cielo, responde Jesús. Ese “hijo de hombre” es aquel del cual habla el profeta Daniel cuando dice: 

“13 Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. / 14 Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” (Daniel 7:13,14) 

Nicodemo empieza a comprender a través de estas palabras que está frente a aquel Hijo de Hombre del cual habla el profeta y continúa la lección de Jesús para con este maestro de Israel diciendo: “14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, / 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (San Juan 3:14,15) Jesús se refiere a aquel pasaje en que serpientes venenosas atacaban al pueblo judío en el desierto y el Señor le indicó a Moisés que se hiciera una escultura de bronce que representara a una serpiente y que todo aquel que la mirara sería sanado. Nada le harían esas serpientes y la acción del veneno sería quitada de sus cuerpos. Naturalmente esa serpiente representa a Jesucristo que sería levantado en una cruz para que todo ser humano que lo viera y creyese en Él quedara inmune al veneno del pecado, no sufriera condenación y obtuviera la vida eterna por medio de la fe. 

Y ahora sí lo enfrenta a este texto tan importante de la Biblia que manifiesta el gran amor de Dios para con el ser humano “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (San Juan 3:16) 

Haciendo un breve análisis de los ítems que contiene, podemos decir lo siguiente: La frase inicial “Porque de tal manera amó Dios al mundo” transmite la idea de un Dios de amor, pero de un amor extremo que se da por entero al ser humano. Es el mismo Dios del Antiguo Testamento, pero ahora se presenta en forma más evidente como un Dios de amor. 

La segunda frase dice “que ha dado a su Hijo unigénito”. Este Dios ha entregado a Alguien muy importante para Él, su Hijo. Recuerda esto aquel sacrificio que intentó hacer Abraham de su hijo Isaac como una demostración de obediencia y completa confianza en Jehová, allá en el monte Moria. Jesús llama al Hijo “unigénito” porque es el Hijo Único del Padre, es un hijo no en sentido biológico sino espiritual; es el más cercano al Padre y es Dios mismo. Su Unigénito se hace hombre en Jesucristo y de ese modo se revela Dios a la Humanidad, como el Salvador del mundo. 

Luego expresa que es necesario creer en Él: “para que todo aquel que en él cree”. Para los seres humanos es difícil creer en un Dios invisible y buscan de algún modo una representación. En el caso del Hijo de Dios éste se humanará, se hará humano visible.

Finaliza el texto con: no se pierda, mas tenga vida eterna.” Habla de perderse pues después de la caída el ser humano está perdido; su destino está trazado desde el momento en que nace y es el Infierno, la condenación eterna. La raza humana está condenada, pero Dios ha enviado del cielo esta tabla de salvación que es Jesucristo crucificado, el Hijo de Dios hecho Hombre. El Unigénito del Padre ha venido para darnos la salvación. 

Como a Nicodemo, no nos queda otra cosa que abrazarnos a Cristo y recibir el precioso regalo que Dios nos otorga por misericordia: la salvación eterna de nuestras almas. Amén. 

Oración: ¡Te alabamos Padre, por Tu gran amor por la Humanidad, Tu creación! Gracias por darnos esta maravillosa oportunidad de rescatar nuestras almas del Infierno. Sólo te pedimos perdón por nuestras iniquidades y te rogamos que nos ayudes a comprender y caminar cada día en Tu voluntad. En el nombre de Tu Hijo, nuestro Salvador. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

 


domingo, 31 de julio de 2022

EN MANOS DEL ALFARERO

 





 

“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?

¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? /

¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro,

para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?”

Romanos 9:20,21

 

 

M

as antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?

Dios es Todopoderoso y Soberano. Él es el Dueño del universo, el Señor de la creación y hace como Él quiere. Él da la vida y quita la vida; autoriza o rechaza circunstancias en el planeta y los seres humanos. Todo está bajo Su mirada y Su voluntad; nada de lo que sucede en la creación escapa a Su arbitrio. Él es el Dios Santo y Único que decide los destinos de Su obra. No pensemos que algo podemos hacer nosotros por nosotros mismos pues Él es el Absoluto Gobernante del mundo. 

Aún cuando esté gran parte de la sociedad fuera de Su Reino; aún cuando el diablo sea príncipe en este mundo, Dios es mayor que todos, es el Rey Soberano. Por lo tanto, no tenemos derecho a reclamar, enfrentar, criticar o pedir razones al Todopoderoso de Sus acciones. No podemos criticarlo si ha establecido que quien no crea en Su Hijo y no reconozca Su sacrificio en la cruz será condenado; no podemos corregirlo porque ha creado un Infierno para castigo de los incrédulos y malvados; no tenemos derecho a cambiar el Evangelio anunciado por Jesucristo para hacerlo más agradable y liviano al oyente; en fin, no podemos discutir sobre Sus determinaciones y Palabras escritas en la Biblia. 

¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?

Uno es el artífice del vaso y otro el objeto fabricado; uno es el creador y otro el creado. Jamás una cosa reclamará a su fabricante por qué lo hizo como lo fabricó, por qué no lo hizo diferente y a su agrado. Ni siquiera los hijos pueden reclamar a los padres por su apariencia física o capacidades, pues hemos sido fruto del plan Divino y los papás no son creadores de sus hijos sino sólo progenitores. El cuadro no reclama al pintor ni la canción al autor ni el poema al poeta. Todos los creados debemos someternos al creador. Igualmente, los seres humanos no podemos altercar con Dios y reclamarle por qué nos hizo así y por qué nos destinó a determinado tipo de vida. 

Dios nos ha dado a todos los seres humanos ciertos talentos, unas capacidades naturales para desarrollar en la vida. Estas determinan nuestro oficio o profesión en este mundo y podrán ser fuente de satisfacción para nosotros y nuestra familia. También determinó Dios un cuerpo para cada uno, el que puede tener características que no deseaban nuestros padres: “10 Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua. / 11 Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová? / 12 Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar.” (Éxodo 4:10-12) 

Además, Dios nos ha hecho nacer y vivir en determinada época de la Historia humana, algo que nosotros no determinamos, como tampoco el país y el tipo de sociedad. Algunos nacen en el oriente, otros en países desarrollados y otros en naciones muy pobres. No está en nuestras manos decidir donde nacer, vivir y morir. Y si logramos cambiar nuestro destino es sólo porque era la voluntad del Señor de la Historia. 

Nos agrada pensar que Dios ama a todos los seres humanos por igual, quiere lo mejor para cada uno y dará a todos la salvación eterna, pero no es así. Él conoce nuestra naturaleza, sabe lo que hay en cada corazón desde antes que naciéramos y si bien es cierto que quiere que todos le conozcan, sean salvos de la eterna condenación y le obedezcan, sabe que no todos tendrán la salvación. Por ello hizo una elección de acuerdo a Su justa voluntad escogiendo a unos para bendición: “3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, / 4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, / 5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Efesios 1:3-5) 

¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro,

El barro es el elemento blando con el cual un alfarero modela los objetos que luego serán de utilidad en la mesa, el salón, el jardín o la bodega. La forma y el destino de cada pieza es determinada por el alfarero y no por el barro; este último sólo se dispone y doblega al tratamiento del artífice: “20 Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. / 21 Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra.” (2 Timoteo 2:20,21) 

Dios, Alfarero del ser humano, nuestro Creador y Señor, nos modela como quiere y destina para la función que Él determine. ¿Acaso no puede Dios decidir sobre nuestra existencia y “hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” 

Muchas situaciones pasamos en el transcurso de esta vida, experiencias de todo tipo, las que calificamos de buenas o malas, felices o tristes, convenientes o desfavorables, pero en verdad no debiéramos calificarlas porque sólo Dios sabe el propósito de ellas. Un trance que consideramos lamentable y hasta trágico puede tener consecuencias insospechadamente positivas como también tiempos de gran éxito ser fuente de mucho sinsabor. Dejemos la vida en manos del Señor de la Vida, hagámonos barro en Sus manos dejándonos modelar por Él y que sea Jesucristo quien dirija nuestros pasos y determine nuestro destino. 

Oración: Señor Dios Creador de todas las cosas, te damos gracias por habernos escogido para modelarnos como barro en manos del alfarero. Te entregamos la vida y nos sometemos a Tu voluntad. Aquí están los recursos que Tú mismo nos has dado, templo, talentos, tesoro y tiempo, para que nos gobiernes y conduzcas por el sendero que Tú determines sea el mejor para los altos propósitos de Tu Reino. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

 


domingo, 17 de julio de 2022

ABRAMOS LOS OJOS

 




“Abre mis ojos, y miraré

Las maravillas de tu ley.”

Salmos 119:18 

 

E

l salmo 119 es el más largo salmo escrito por el rey David, con 176 versículos, cuyas estrofas corresponden a las 22 letras del alfabeto hebreo. Cada estrofa tiene ocho versículos. El texto que nos ocupa es un versículo de la letra “guimel”, tercera letra del alfabeto hebreo. El hebreo antiguo comparte esta letra con otros alfabetos semíticos, como el fenicio, siríaco, árabe y etíope; representando el sonido “g”. el nombre de la letra significa “camello” y también “casa”. 

Dice el salmo 119 en su estrofa titulada “Guímel”: 

“17 Haz bien a tu siervo; que viva,

Y guarde tu palabra.

18 Abre mis ojos, y miraré

Las maravillas de tu ley.

19 Forastero soy yo en la tierra;

No encubras de mí tus mandamientos.

20 Quebrantada está mi alma de desear

Tus juicios en todo tiempo.

21 Reprendiste a los soberbios, los malditos,

Que se desvían de tus mandamientos.

22 Aparta de mí el oprobio y el menosprecio,

Porque tus testimonios he guardado.

23 Príncipes también se sentaron y hablaron contra mí;

Mas tu siervo meditaba en tus estatutos,

24 Pues tus testimonios son mis delicias

Y mis consejeros.” 

En esta estrofa el salmista pide al Señor que le ayude dándole vida y la capacidad de guardar Su Palabra, o sea ponerla por obra: 17 Haz bien a tu siervo; que viva, Y guarde tu palabra.” 

Enseguida aparece el versículo que hemos escogido para esta reflexión: “18 Abre mis ojos, y miraré Las maravillas de tu ley.” La Ley de Dios, Su voluntad, es maravillosa; en ella se refleja el corazón y la mente del Creador; es algo admirable que no deja de sorprender y amar el rey David. Pero le pide al Señor que abra sus ojos para poder verla aún más y mejor. 

Él se considera un extranjero en esta tierra. ¿No es acaso el mismo sentir que tenemos nosotros como cristianos? Teme que siendo un extraño en esta vida no reciba ni comprenda los mandamientos de Dios. Si Jehová no se revela a nuestras vidas, no nos da Sus mandatos, no se comunica con nosotros. Si Él encubre Sus pensamientos, nuestro abandono será mayor, puesto que estamos apenas de paso por el mundo: “19 Forastero soy yo en la tierra; No encubras de mí tus mandamientos.” 

Lo que más anhela David son los pensamientos del Señor, Sus juicios, Su entendimiento. En el fondo quiere tener la sabiduría y el pensamiento de Dios para hacer Su voluntad: “20 Quebrantada está mi alma de desear Tus juicios en todo tiempo.” 

El rey-poeta recuerda a Dios como amonestó a los desobedientes que por su soberbia están maldecidos, pues no siguen los mandamientos Divinos: “21 Reprendiste a los soberbios, los malditos, Que se desvían de tus mandamientos.” Como en aquella época, hoy también no someterse a la voluntad de Dios es una verdadera maldición. Quien es soberbio con el Señor no tendrá bendición. 

Pide al Hacedor que no permita que sufra la deshonra y vergüenza pública, ni el desprecio de su pueblo, ya que él no le ha desobedecido: “22 Aparta de mí el oprobio y el menosprecio, Porque tus testimonios he guardado.” ¡Son tantos los testimonios del Señor en nuestras vidas y los guardamos con profunda gratitud! En virtud de ellos pedimos al Señor que nos defienda y que nuestro propio testimonio sea respetado en la comunidad. 

Recuerda que hasta autoridades lo juzgaron injustamente y murmuraron contra él: “23 Príncipes también se sentaron y hablaron contra mí; Mas tu siervo meditaba en tus estatutos” Pero a pesar de esa contradicción, él se comportó como un verdadero siervo de Dios, meditando en Su Palabra. 

Y esto fue así “24 Pues tus testimonios son mis delicias Y mis consejeros.” El mayor disfrute del discípulo del Señor es estar con Dios, reflexionar en Su Palabra, leer acerca de Sus grandes hechos, gozarse con las victorias del Señor y seguir Sus consejos. 

Queridos hermanos: La importante petición que hace el escritor en este salmo es: “Abre mis ojos, y miraré Las maravillas de tu ley.” Es el llamado que hoy día nos hace la Palabra de Dios a abrir nuestros ojos espirituales, a abrir el entendimiento, a dejar de estar en oscuridad, a superar la total o parcial ceguera que podamos tener para así poder ver, comprender, experimentar y disfrutar Su Ley, Su voluntad, Su consejo infinitamente sabio, Su maravillosa Palabra. 

Oración: Padre, te damos gracias por este hermoso Salmo que el rey David escribe acerca de su anhelo de tener siempre Tu cercanía y poder ver Tu luz, vislumbrar Tu voluntad. Él desea jamás perder ese contacto Contigo y quiere que lo bendigas y acompañes en todo momento porque es un peregrino en esta Tierra. Del mismo modo nosotros sentimos en este día, Señor, y te pedimos que no te apartes de nosotros. No permitas que nuestra soberbia dañe esta relación. Padre amado, perdónanos si a veces nos hemos soltado de Tu mano, pero queremos caminar Contigo y ver Tu gloria. Como dice el salmista, abre nuestros ojos para poder ver y guardar las maravillas de Tu Palabra. En el nombre de Jesús, Amén

 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


martes, 12 de julio de 2022

ABANDONEMOS EL JUICIO

 




“Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano?

O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano?

Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo.”

Romanos 14:10

 

 

D

esde pequeños estamos acostumbrados a juzgar. Escuchábamos a nuestros mayores criticar a otras personas, juzgarlas y a veces menospreciarlas por su forma de vivir, pensar, vestir, en qué gastaban su dinero, qué trabajo ejercían, etc. Este modo de actuar se hizo un hábito en nosotros, el que ha llegado hasta adultos. Todos, cuál más cuál menos, hemos adquirido esta manera de relacionarnos con nuestros prójimos y a veces juzgamos directamente en la cara de las personas, más la mayoría lo hace a sus espaldas, añadiendo a ese juicio la murmuración y así se va produciendo un clima muy negativo en los grupos humanos, sean familia, lugar de trabajo, barrio, etcétera. 

Lamentablemente aplicamos muchas veces esta forma de relación en la Iglesia, lo cual es muy dañino pues produce separaciones, divisiones, un ambiente que no cultiva precisamente el amor qué nos recomienda la Palabra de Dios. El Señor nos pregunta, entonces, “¿por qué juzgas a tu hermano?” Es muy frecuente que juzguemos aquello que no nos agrada pero que nosotros mismos lo tenemos. Por ejemplo, somos un poco vanidosos respecto al vestir, al peinado, las joyas, nos preocupamos de tener una buena presencia, pero cuando vemos a alguien que cumple con ello, lo criticamos y juzgamos como una persona vanidosa. A ese juicio que hacemos estamos añadiendo otro pecado, la envidia; quizás lo criticamos porque nosotros queremos aparecer de esa forma y no lo hemos logrado o porque hay un afán de competencia en nuestro corazón. Cuando juzgue a otra persona piense de inmediato en qué está motivada esa crítica. ¿Acaso usted tiene ese problema o siente envidia de aquel o aquella a la que está juzgando? 

Antes de continuar con este análisis es preciso decir que una cosa es “juzgar” y otra cosa es “discernir” y todos somos educados desde pequeños para discernir entre el bien y el mal, entre lo bello y lo feo, entre lo correcto y lo incorrecto, lo adecuado y lo inadecuado, Por tanto, una cosa es discernir si una persona está comportándose bien o se está comportando mal, pero juzgar implica condenar, criticar, desvalorizar al otro, es constituirse en un juez, como si fuéramos moralmente superiores. Juzgar, en este caso, es ocupar un lugar superior ante el otro y esto no es lo que el Señor quiere de nosotros. 

Él nos dice “¿por qué juzgas a tu hermano?” y agrega “o tú también ¿por qué menosprecias a tu hermano?” Plantea esta pregunta porque en ese juicio qué hacemos estamos menospreciando al otro y en este caso lo hacemos con nuestros hermanos. Usted juzga a otro hermano en la fe; por algún motivo usted lo critica y quizás lo menosprecia. Podemos juzgar a un hermano o hermana poque está ocupando un cargo en la Iglesia y nosotros pensamos que ese cargo no se condice con su capacidad y que mejor lo haríamos nosotros. O usted juzga a un hermano de otra Iglesia porque considera que la doctrina de esa Iglesia no es la correcta; entonces menosprecia a su hermano y a toda su comunidad, cayendo en un pecado de desamor. No estamos llamados a juzgar ni a menospreciar a nuestros hermanos. Por supuesto podemos discernir si alguien está llevando un camino correcto o incorrecto, pero no juzgar, no condenar, no matar espiritualmente. El problema es que el juicio mata. Los únicos que pueden juzgar son Dios y los jueces y si en la Iglesia se levantara un tribunal en algún momento frente a una situación específica que juzgar, habrá también hermanos que juzgarán esa situación o más bien discernirán qué es lo correcto y lo que la iglesia tiene que decidir. 

Los cristianos no estamos llamados a juzgar ni a condenar. El juicio pertenece a Dios. Nuestro llamado es a amar y a salvar. El juicio doctrinal déjeselo a los teólogos; nosotros estamos llamados a evangelizar, a ayudar a nuestros hermanos, a edificarlos con una Palabra de vida, con una enseñanza bíblica y a vivir el Evangelio, a mostrar con nuestros hechos cómo es la vida que Dios quiere que vivamos. 

En este Texto el apóstol nos recuerda que todos los creyentes en Jesús vamos a comparecer ante un tribunal. No se trata del llamado “juicio final ante el gran trono blanco” sino de un tribunal en que Cristo será el Juez de los cristianos y evaluará cuál fue nuestro comportamiento durante los años de conversión. Seremos valorados en forma justa por el Único Juez Justo, de acuerdo con la Palabra de Dios, si la hemos hecho carne en nosotros, si la hemos llevado a cabo, si hemos cumplido Sus mandamientos, en especial el mandamiento de amor al prójimo y de amor a nuestros hermanos. Si hemos sido cristianos que juzgan a sus hermanos, que los critican y menosprecian, por cierto, recibiremos una reprimenda. No digo que nos mandará al Infierno, pero sí que pasaremos la vergüenza de ser amonestados por el Señor. La Palabra de Dios dice: Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.” (Romanos 5:10) 

Eliminemos, entonces, de nuestros hábitos en la relación con nuestros hermanos y prójimos todo juicio; liberémonos del papel de jueces para ser simplemente hermanos y compañeros de nuestro prójimo, no juzgando ni menospreciando ni criticando. Así nos habremos quitado una carga más de nuestras vidas, brindando a los demás el amor de Jesucristo o por lo menos una relación libre de juicio, una relación no legalista sino en la Gracia de Dios. Qué el Señor nos ayude. 

Oración: Amado Padre Celestial, nos dirigimos a Ti, el Único Juez, para que tengas misericordia de nosotros que neciamente muchas veces nos hemos constituido en jueces de nuestros hermanos y prójimo. Perdónanos, Señor; te rogamos que nos ayudes a extirpar totalmente este mal hábito y que cada vez que seamos tentados a juzgar, criticar o condenar a un hermano, recordemos que somos pecadores y que sólo Tú eres Santo y solo Tú tienes el derecho a juzgar. Señor, queremos llegar ante el Tribunal de Cristo en el Cielo habiendo superado este mal hábito, teniendo un amor humilde, paciente, tolerante, bondadoso y comprensivo para nuestro prójimo. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.


© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 3 de julio de 2022

RAÍZ Y FRUTO DEL PECADO

 


“Por cuanto todos pecaron,

y están destituidos de la gloria de Dios.”

Romanos 3:23

 

 

E

n el capítulo tres de la Epístola a los Romanos el apóstol Pablo concluye que todos los seres humanos han pecado y son pecadores. Por lo tanto, nadie puede acceder a la gloriosa presencia de Dios, al Cielo. Tanto judíos como no judíos, a los que llama gentiles o de “las gentes”, estamos fuera del Reino de Dios. 

Desde el tiempo de Adán, a partir de su acto de desobediencia a Dios, toda la raza humana ha sido contaminada por el pecado. Éste es como un germen maléfico inoculado por Satanás en el Hombre. No sólo el primer hombre y la primera mujer fueron contaminados con esta actitud opuesta al Señor, sino todo descendiente de ellos. Así el pecado ha llegado hasta nuestros días.

Es preciso distinguir entre pecado y pecados, pecado en singular y pecados en plural. Cuando la Biblia habla de “pecados” se refiere a todos aquellos actos que ofenden a Dios, nuestras malas acciones; por ejemplo: blasfemar de Dios, mentir, apropiarnos de lo ajeno, destruir la vida, adulterar, etc. Todos estos son actos deplorables que nos apartan de la santidad de Dios. Él no puede cohabitar con seres que actúan así, sino que está rodeado de seres celestiales puros y obedientes a Su autoridad. 

Estos “pecados” son frutos de un árbol cuya raíz es el pecado por excelencia que es la rebelión contra Dios, es decir la desobediencia. El pecado de Adán y Eva fue la desobediencia. Ésta involucra una falta de fe en Dios, desconfianza que el diablo sembró en el Hombre. Le hizo creer a nuestros primeros padres que Dios mentía y escondía algo. Así lo relata el libro de Génesis:

“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?  / 2 Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; / 3 pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. / 4 Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; / 5 sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” (Génesis 3:1-5) 

Como “padre de mentira”, Satanás en cuerpo de serpiente le mintió a la mujer diciéndole que no podría comer de árbol alguno del huerto, pero Eva le contestó que sí podían tomar los frutos de todos los árboles excepto de uno, aquél que estaba en medio del Edén. De hacerlo morirían. Nuevamente la serpiente mintió a Eva, negando las palabras de Dios y acusándolo de guardar para Él el conocimiento del bien y del mal. Esta afirmación tocó la ambición de saber y de poder del corazón humano y sedujo finalmente a Eva y luego a Adán a probar del fruto prohibido y desobedecer a Dios. 

La raíz del pecado es la rebelión contra Dios, la desobediencia por incredulidad y el orgullo de querer ser independiente del Creador. Desde ese día habitan en el ser humano estos gérmenes dañinos que lo apartan de Dios: orgullo, soberbia, vanidad, incredulidad y rebeldía. Todas estas motivaciones negativas del corazón humano en contra de su Padre constituyen el falso fundamento de la conducta humana, el pecado. 

Nacemos con esta tendencia heredada de nuestros primeros padres y ese pecado engendra muerte en nosotros, como asegura la Palabra de Dios: “Porque la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23a) Las consecuencias del pecado en nuestra vida son frutos de muerte, que matan el cuerpo, el alma y el espíritu. Estamos condenados a la muerte eterna, pero el mismo versículo afirma a continuación: “…mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”  (Romanos 6:23b) 

La única forma de escapar de la condenación a muerte del pecado es que seamos limpios de pecado, lo que ha logrado Jesús en la cruz por todos aquellos que, arrepentidos de sus pecados, crean en Él y lo reciban como su Salvador y Señor. La sangre de Cristo derramada en la cruz por nosotros los pecadores, limpia la conciencia de quien con honestidad se duele de haber ofendido a Dios y confiesa sus pecados. Los que hemos pecado estamos destituidos de la gloria de Dios, mas Él nos ha dado una oportunidad para rehabilitarnos y entrar en Su Reino como hijos de Dios reconciliados con el Padre. Alabado sea Él que tanto nos ha amado para darnos una salvación inmerecida.

 

Oración: Señor, estamos destituidos, alejados y fuera de Tu Reino, porque junto a todos los hombres, optamos por vivir en pecado. Perdónanos, Señor, por nuestra rebeldía, orgullo y soberbia de pensar que podríamos vivir prescindiendo de Tu Persona. Nos volvemos arrepentidos para que nos perdones, no ambicionando Tu Cielo sino queriendo agradar a Tu Persona, reconciliándonos Contigo y deponiendo todo orgullo para que seas nuestro Señor, dueño de nuestras vidas, luego que has sido el Salvador de nuestras almas. A Ti sea toda honra y  toda gloria, por los siglos de los siglos, Amén.

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

lunes, 13 de junio de 2022

CONVICCIÓN DE SALVACIÓN

 




 “Estas cosas os he escrito a vosotros

que creéis en el nombre del Hijo de Dios,

para que sepáis que tenéis vida eterna,

y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios.”

1 Juan 5:13 

 

E

l apóstol Juan escribió esta carta o epístola a las comunidades cristianas del Asia Menor de su época. Su intención fue volverlos al entendimiento básico de las verdades del Evangelio. Es lo que nosotros también necesitamos en este tiempo en que la Verdad de Jesucristo se esconde bajo una fronda de creencias muchas veces supersticiosas y en que estamos muy influidos por los conceptos del mundo. 

Podemos creer en Dios, creer que Él existe y creer en un Cielo, una realidad sobrenatural, pero no creerle a Él. Una cosa es creer con nuestra mente racional, entender que Dios es real y otra cosa es amarlo, servirlo, procurar hacer Su voluntad y sobre todo “confiar” en Él. La fe de la que habla la Biblia es fe en Dios, pero no en cualquier dios sino en el Dios Padre de Jesucristo. A ese Dios servimos y nos dirigimos en oración: 

“3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, / 4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:3,4) 

Creer “en el nombre del Hijo de Dios” es creer en la totalidad de lo que Jesucristo es para la fe cristiana: el Creador de todas las cosas, el Verbo de Dios (San Juan 1:3), el Salvador que murió por nosotros para darnos la Vida (1 Timoteo 1:15), el Señor dueño de nuestras vidas (Filipenses 2:9-11), Maestro de Sus discípulos (San Juan 13:13), Cabeza de la Iglesia (Colosenses 1:18). 

Puedo saber todo lo anterior, recitarlo y memorizarlo, repetirlo a otros, pero ser sólo un conocimiento intelectual y no experimentarlo, no vivirlo con verdadera fe. Lo que el apóstol Juan aquí se propone es que confiemos en Jesús y recibamos la vida eterna. Hay muchos cristianos que no tienen seguridad de dónde pasarán la eternidad, si con Dios o lejos de Él. No tienen verdadera confianza en Jesús porque no han entregado su vida al Salvador y por tanto, el Espíritu Santo no mora en ellos. Si tuvieran el Espíritu, Éste les daría testimonio de que son hijos de Dios, nacidos de nuevo. 

Si esto último fuere su caso, sencillamente pida perdón a Dios por su incredulidad, de donde vienen todos sus pecados, y entregue su vida a Cristo para recibir Su perdón y la Vida eterna. Y crea, confíe en que Él se lo dará. 

Los cristianos no podemos vivir dudando de nuestra salvación, este es un punto inicial en la vida de fe; nuestra preocupación no debe ser si tenemos o no tenemos la salvación, puesto que ya nos convertimos, sino que ahora debemos caminar en Cristo y guardarnos de pecar, vivir conforme al espíritu de Cristo: 

“Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.” (Romanos 8:9) 

Hay quienes piensan que un cristiano puede perder su salvación, pero eso significaría que la obra de Cristo no fue perfecta. Si somos verdaderos convertidos al Señor, Él habita en nosotros y nos guía en el Camino. Si alguien vuelve atrás o niega a Cristo, es un apóstata que jamás se convirtió. El verdadero discípulo de Jesucristo ha creído a la Verdad del Evangelio y ha recibido el Espíritu de Dios como un sello que garantiza su salvación eterna: 

“13 En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, / 14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.” (Efesios 1:13,14) 

Si arrepentidos ante Dios, hemos recibido el perdón de nuestros pecados por acción de la sangre de Jesucristo Crucificado y le entregamos la vida, bautizándonos para sepultura del viejo hombre y resurrección a una nueva Vida, ahora andamos en el Camino de Cristo, creyendo “en el nombre del Hijo de Dios” y sabiendo con toda “confianza” o sea fe, que hemos recibido la salvación y tenemos la “vida eterna”. 

Oración: Padre, gracias por Tu Palabra, por darnos la convicción de que somos hijos de Dios si nos hemos arrepentido y entregado la vida al Señor Jesucristo, porque de Él hemos recibido Tu Espíritu para vivir una nueva vida. Te damos gracias, Señor, por ese Espíritu y te rogamos que siempre estemos atentos a Su voz y a obedecer lo que Él nos indique en el Camino, este Espíritu que nos guía a toda verdad y a toda justicia. Padre, bendice a nuestros hermanos que están escuchando o leyendo este sermón y guárdales junto a sus familias para que caminen en Cristo. En el nombre de nuestro Señor. Amén.

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com