domingo, 27 de marzo de 2022

JESÚS, NUESTRA EXPIACIÓN

 

 



“quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero,

para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia;

y por cuya herida fuisteis sanados.”

1 Pedro 2:24

 

E

n este texto del apóstol Pedro podemos ver que todos los apóstoles tenían la misma teología, una similar comprensión del Evangelio. La revelación de la expiación sustitutiva es común a todos, como veremos a continuación. 

Pedro afirma que Jesucristo “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. Cuando Jesús fue crucificado nos sustituyó en la cruz, Él era el Cordero de la expiación. Esta palabra, expiación, significa eliminación de la culpa o pecado a través del sacrificio de un tercero; en el Antiguo Testamento era un animal, que podía ser un cordero, una paloma, un buey o un chivo, pero en el Nuevo Testamento es un hombre-Dios, Jesucristo, como lo señala Juan el Bautista: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” (San Juan 1:29) 

Pedro afirma que el Señor se llevó para siempre nuestros pecados en la crucifixión; en tanto San Juan evangelista expresa lo mismo cuando escribe en el libro de la Revelación: “… Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5). Entonces Juan señala que el Señor lavó o nos limpió de nuestros pecados. 

¿Y qué dice el apóstol Pablo? El apóstol Pablo señala: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3) Pablo dice que el Señor murió por causa de nuestros pecados. 

Sea que el Señor se llevó, quitó, lavó o murió por nuestros pecados, es claro que Jesucristo en la cruz hizo la expiación por nuestros pecados. 

Luego el apóstol Pedro agrega “para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia”. Un tema muy querido por Pablo es la justicia de Dios y cómo se manifiesta en Jesucristo, al que llama “Justicia de Dios”. “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.” (Romanos 1:17) Esta justicia Divina se revela al hombre por fe y también por Cristo: “21 Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; / 22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, / 23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, / 24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:21-24) 

Para Pablo, como para Pedro, al bautizarnos, morimos al viejo hombre, así como Jesús murió por nosotros, el viejo Adán fue crucificado y destruido el pecado: 5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; / 6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.” (Romanos 6:5,6) 

Puesto que el cristiano convertido ha sido lavado de sus pecados y muerto al viejo hombre y su iniquidad, ahora vive para la justicia: “17 Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; / 18 y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia. / 19 Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia.”  (Romanos 6:17-19) 

Finaliza el versículo del apóstol Pedro con la frase “y por cuya herida fuisteis sanados”, citando al profeta que escribió “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Isaías 53:5) Se refiere el texto al Siervo Sufriente que sería el Mesías. Los escritores del Nuevo Testamento citan muchas veces a Isaías; era un libro que conocían muy bien y la idea de la llaga o herida que sufriría el Salvador se identifica con las heridas y crucifixión de Jesucristo. 

San Pablo considera que él mismo lleva esas heridas como marcas de la persecución por Cristo: “De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús.”  (Gálatas 6:17) Pablo dice estar crucificado con Cristo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20) y que el mundo se crucifica a él y él es un crucificado, dice también: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” (Gálatas 6:14) Estas son palabras muy profundas y se refieren no sólo a Pablo sino a todo cristiano. Es lo que todo auténtico discípulo de Jesús vive, la muerte del yo viejo para vivir en Cristo. 

En el caso del apóstol Juan, se refiere a la sangre de Cristo como un elemento que nos limpia: “pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7) Nótese que dice de “todo” pecado, lo cual es una maravillosa Gracia de Dios. Jesucristo no se reveló solamente por medio de las aguas del bautismo, cuando se escuchó la voz del Padre y se vio la paloma del Espíritu Santo, sino también por la sangre de Su sacrificio expiatorio: “Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad.” (1 Juan 5:6) La sangre, entonces, es puesta como testigo de Cristo en la Tierra: “Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan.” (1 Juan 5:8) 

Quizás con diferentes palabras, lenguajes, ejemplos, pero en el fondo los mismos conceptos, los apóstoles y escritores del Nuevo Testamento concuerdan en que Jesús “…llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.” Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


jueves, 24 de marzo de 2022

CÓMO SERVIR AL SEÑOR

 

 


 

“En lo que requiere diligencia, no perezosos;

fervientes en espíritu, sirviendo al Señor”

Romanos 12:11

 

S

ea usted un pastor, un evangelista, un diácono, un integrante del coro, un portero o cualquier otro cargo (encargo del Señor) dentro de la Iglesia, Dios le pide que sea DILIGENTE. Esto significa que usted, como cristiano que ama al Señor, pondrá gran interés en la misión que Él le ha encomendado. Si ese trabajo se lo ha pedido una autoridad de la Iglesia o alguien que es mayor que usted, es el Señor quien se lo encomendó. Por tanto, pondrá todo esmero en realizarlo bien, sea algo tan sencillo como hacer la limpieza del templo o aprender una nueva alabanza, o algo más complejo, cual escuchar los problemas matrimoniales de una pareja y aconsejarla, o preparar todos los detalles de un retiro para la Iglesia. Quien es diligente también es rápido en ejecutar la orden. No cabe aquí procrastinar o aplazar la obligación, ese mal hábito de “empujar hacia adelante” una tarea. Decimos que andamos haciendo “diligencias”, cuando estamos cumpliendo trámites bancarios o administrativos que son importantes, necesarios y urgentes, ¿Por qué no ejercemos con la misma seriedad las “diligencias” del Señor? Pero además se trata de ser eficaz. No basta con poner interés, esmerarnos y ser rápidos, si el resultado es malo, pobre o imperfecto. Así como realizamos un trabajo remunerado en el mundo, mejor debemos hacerlo en la Iglesia. Las cosas de Dios son tan serias como las de nuestra profesión u oficio. Hemos hecho una profesión de fe y es nuestro deber ejercerla con diligencia (interés, esmero, rapidez y eficacia). 

La PEREZA conduce a la destrucción y es uno de los pecados llamados “capitales”. No puede ser el estilo de vida de un cristiano, todo lo contrario, debe caracterizarnos la laboriosidad, ser trabajadores. La Biblia señala que “El deseo del perezoso le mata, Porque sus manos no quieren trabajar.” (Proverbios 21:25) Es importante aclarar que no solamente es un pecado corporal de negarse a hacer tareas básicas y necesarias, sino también es un pecado espiritual porque el perezoso no se entrega a la voluntad de Dios por falta de ánimo. Un discípulo no puede ser negligente malgastando el tiempo suyo y de otros, perjudicando la obra del Señor: “También el que es negligente en su trabajo Es hermano del hombre disipador.” (Proverbios 18:9) 

Hay un ejemplo que Dios ha dejado en Su creación para que aprendamos de él: “6 Ve a la hormiga, oh perezoso, Mira sus caminos, y sé sabio; / 7 La cual no teniendo capitán, Ni gobernador, ni señor, / 8 Prepara en el verano su comida, Y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento.” (Proverbios 6:6-8) La Palabra de Dios increpa al perezoso a despertar de su flojera. El perezoso duerme literalmente durante el tiempo que debería estar en acción. Como hay pereza física, la hay también para pensar, razonar, reflexionar; es una pereza psicológica que arrastra a muchas personas a una vida vacía, sólo entregada a lo material y carnal. Quizás esta pereza es más nociva para el ser humano porque es una flojera del alma. Como la pereza puede ser del cuerpo o del alma, también se da la pereza espiritual o “acedia”, que es un estado espiritual de apatía y tedio, similar a la depresión; es una fuga o huida de las cosas espirituales. Las tres manifestaciones de pereza son negativas para nuestro desarrollo cristiano y se debe luchar contra ellas reconociendo que estamos “dormidos” y necesitamos levantarnos del “sueño”.  

No podemos dejar de considerar que la pereza pueda deberse en algunos casos a problemas de sanidad del alma, como la ansiedad y la depresión, por lo que aquel hermano o hermana deberían recibir de parte de la Iglesia atención en sanidad interior. También puede ser signo de un trastorno psiquiátrico como bipolaridad, esquizofrenia u otros que requerirán de atención médica especializada. 

Por último, el versículo nos anima a ser “fervientes en espíritu”. Requerimos FERVOR espiritual para servir al Señor y Su Iglesia. La palabra ferviente deriva del latín “fervere” que es hervir o entrar en ebullición. Cuando está hirviendo el agua usted observa a ésta en gran movimiento y emergiendo muchas y grandes burbujas; esta imagen transmite la idea del entusiasmo que mueve a una persona para actuar con mucha pasión. Es lo que necesitamos para servir bien al Señor. Por eso es tan importante a la hora de involucrarse en un ministerio o servicio de la Iglesia conocer cuál es nuestra pasión, nuestros dones y talentos y nuestro estilo personal, para de ese modo ser bien ubicados en el Cuerpo de Cristo y servir de manera óptima al Señor. El fervor no se refiere sólo a expresiones muy apasionadas del espíritu en la oración, la alabanza y la adoración. También se necesita un espíritu fervoroso en el servicio a los necesitados, en la ministración de la Palabra, en la administración de la Iglesia, etc. 

En conclusión, serviremos al Señor teniendo en cuenta estos dos principios: diligencia y fervor. Diligencia que implica hacer las cosas con interés, esmero, rapidez y eficacia, renunciando a la pereza y optando por la laboriosidad. Fervor para servir con verdadera pasión espiritual al Señor y Su Iglesia. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 13 de marzo de 2022

MÁS QUE DAR

 




 “Dad, y se os dará;

medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo;

porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.”

Lucas 6:38

 

C

uando somos generosos y damos, sin interés, sin esperar un pago, una recompensa, aún sin esperar palabras de agradecimiento, el Señor promete que se nos dará algo en algún momento. Esto no debe animarnos a dar para recibir, no debe ser nuestra motivación la recompensa sino el amor, la generosidad que nace del Espíritu Santo. Lo primero que recibimos al dar es el propio disfrute de dar algo por amor; esto es algo que pocas veces se comprende y casi siempre se espera el resultado externo de esa acción, mas el sentirse bien porque se ha entregado algo útil, valioso o necesario a alguien, esa es la primera y quizás verdadera recompensa. Pero ¡cuidado! No al orgullo y la vanidad de estar dando, de ser caritativos, sino dar con humildad, sencillez, sin aspavientos. 

Recibiremos una recompensa, tal vez no directamente de la persona o el grupo que bendijimos con nuestra ofrenda espiritual, material o económica. Digo espiritual porque también una ofrenda puede ser intangible, como dar un buen consejo, escuchar o hacer una oración por alguien que lo solicita. Es un principio Divino lo que Jesús dijo “Dad, y se os dará”, por tanto, se cumplirá. 

Siempre ha habido formas de medir líquidos, distancias, pesos, etc. Y para eso se han utilizado medidas distintas como el codo, el pie, el metro, el kilógramo, etc. En los tiempos de Jesús una forma de medir una cantidad de trigo, por ejemplo, era calcularlo en una vasija. Mientras más apretada y remecida era más conveniente la medida, al remecer el receptáculo cabía más, lo que era conveniente para el que recibía. Tan buena era esa medida que se escapaba del contenedor y caía el trigo en la falda del comprador: y rebosando darán en vuestro regazo. Así es la cosecha de quien da con generosidad, abundante. Cuando soy bondadoso, de seguro que otros serán también bondadosos conmigo; cuando doy con abundancia, recibiré en algún momento de la vida abundancia; en fin, acorde a lo que entregue, recibiré. Pero esto no es algo mecánico que ocurra de inmediato. La respuesta podrá tardar e incluso puede ser una consecuencia distinta a lo donado. 

El Señor dio una explicación muy lógica a esto de recibir lo que se da. Si me porto mal con otros, otros se comportarán en forma similar conmigo. Esto es algo lógico y propio de las relaciones humanas. Si somos antipáticos con alguien, es raro que esa persona me guarde simpatía. Si actúo con honestidad con las personas, ellas me respetarán y confiarán en mí. Son consecuencias lógicas del dar y el actuar. Jesús dice: “porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.” Hay una vara que se aplica a nuestras personas, somos medidos con la misma regla que nosotros medimos. Esto tiene relación con el juicio que hacemos de los demás. En aquello que criticamos, es muy probable que seamos criticados por otros, tal vez porque al criticar la conducta de otra persona expresamos esa preocupación que en el fondo es por nosotros mismos. Por ejemplo, si criticamos la ropa elegante que viste alguien diciendo que es vanidoso, posiblemente es porque quisiéramos tener nosotros esa oportunidad de vestir elegantemente; el juicio que emitimos contiene tanto envidia como vanidad. En cuanto podamos vestirnos con esa misma elegancia, seremos criticados también y el juicio se habrá vuelto contra nosotros siendo medidos con la misma vara. 

Si elogiamos sinceramente a otra persona por sus dotes en el arte, el deporte u otro don que tenga, y lo aplaudimos sin envidia, en su momento nosotros también seremos elogiados, por la misma persona u otras. Una actitud así requiere de un cambio de mentalidad que implique abandonar todo juicio del prójimo y tener una mirada más limpia de los demás, esto es: comprensiva, generosa y compasiva, valorando todo lo bueno que haya en ellos. 

Damos a los demás cosas, palabras, gestos y actos. Si estas cosas, palabras, gestos y actos son hechos con prodigalidad y sinceridad, de seguro recibiremos otro tanto. Opinamos de los demás, conforme a nuestras medidas y valoraciones; recibiremos lo mismo de otros. Pero si evitamos el juicio, no seremos juzgados. Para lograr todo esto requerimos sincerarnos con nosotros mismos, reconocer nuestros errores, prejuicios, orgullo, vanidad y envidia, presentarlos ante el Señor para cortarlos de raíz y ser libertados de esas cadenas. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 6 de marzo de 2022

UN LLAMADO A LA PAZ Y LA SANTIDAD

 





“Seguid la paz con todos,

y la santidad,

sin la cual nadie verá al Señor.”

Hebreos 12:14

 

E

ste versículo está inserto en una advertencia que el escritor de Hebreos hace sobre el peligro de:

1) El desánimo en el camino de Cristo, “Por lo cual, levantad las manos caídas”.

2) Permanecer paralizados, sin avanzar ni retroceder, es decir falta de crecimiento; “las rodillas paralizadas”.

3) La desorientación en ese camino; “y haced sendas derechas para vuestros pies”.

4) Las propias debilidades; “para que lo cojo no se salga del camino”.

5) Las enfermedades del alma, “sino que sea sanado”. 

Como corolario aconseja: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” Estar en paz con los demás, sean hermanos en la fe, familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo o prójimo en general es una primera clave para caminar correctamente en el Reino de Dios. Por tanto, la primera tarea que salta a la vista a realizar por nosotros ahora es revisar nuestras relaciones y ver con quienes no estamos bien, para a la brevedad sanar esa relación. Tenemos enemistades, tanto que se han enfadado con nosotros como con ellos; guardamos reticencia hacia algunas personas, no las aceptamos ni las soportamos; hemos hecho daño a alguien. Es algo que necesitamos revisar.

El segundo consejo es vital: “Seguid la … santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” Tenemos la santidad desde la perspectiva de Dios, Su buena voluntad nos ve santos en Cristo, es Su Gracia; pero esa santidad debemos seguirla, hacerla, vivirla, construirla, esforzarnos en desarrollarla. Nos falta la santidad desde nuestra perspectiva, porque ciertamente estamos en un proceso de santificación. Podemos decir “el Espíritu Santo lo hará” y de hecho será así, pero hay una parte nuestra, algo que compete a nosotros. La Gracia no nos debe llevar a la comodidad de esperarlo todo de un milagro u operación Divina. Tengamos en cuenta los siguientes alcances que nos hace la Palabra de Dios al respecto: 

-        “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba.” (Hebreos 11:8) 

-        “26 Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, / 27 sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. / 28 El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. / 29 ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (Hebreos 10:26-29) 

-        “1 Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. / 2 Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. / 3 Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo.” (2 Timoteo 2:1-3) 

-        “1 ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? / 2 En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6:1,2) 

-        “12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; / 13 ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. / 14 Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.”  (Romanos 6:12-14) 

-        “15 ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. / 16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:15,16) 

La Gracia debe conducirnos a la obediencia; no podemos pisotear la salvación que nos ha dado el Hijo de Dios; nuestro deber como soldados de Cristo es esforzarnos en la Gracia. Recordemos siempre que hemos muerto al pecado y debemos presentarnos nosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos y no entregar nuestros miembros al pecado. Si antes éramos esclavos de las tinieblas hoy lo somos de la Luz, de Jesucristo.  

Nos exhorta Hebreos a no permitir que en nuestros corazones se desarrollen “raíces de amargura” que nos estorben en/ el camino de la fe y contaminen el alma, como ocurrió con Esaú, el hijo de Isaac y hermano de Jacob. Esaú intercambió su primogenitura con Jacob, por un plato de comida, despreciando así la bendición de Dios. Se casó con dos mujeres de la tierra de Canaán y años después se enemistó con Jacob a causa de la bendición que le había dado su padre Isaac. Tuvo tal resentimiento y odio contra su hermano, que llegó a proferir amenazas de muerte contra él. Alarmada su madre Rebeca, aconsejó a Jacob a que se fuese a Harán de Mesopotamia, a casa de su tío Labán. 

Esaú fue, desde el punto de vista Divino fornicario y profano, pues por una sola comida vendió su primogenitura. El resultado de sus malas decisiones fue que, “deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas.”

 

 © Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com