domingo, 30 de enero de 2022

UN BREVE TIEMPO


"Relojes blandos", oleo, salvador Dalí

 

“Y de la manera que está establecido

para los hombres que mueran una sola vez,

y después de esto el juicio.”

Hebreos 9:27

 

E

sta frase del libro de Hebreos descarta totalmente la creencia en la transmigración de las almas, que el alma humana pueda ir a través de sucesivas vidas de un cuerpo a otro, la llamada reencarnación o posibilidad de vivir más de una vez. La Palabra de Dios es tajante en este punto: Los seres humanos viven una sola vez. Esta realidad es muy importante pues nos obliga a procurarnos una vida correcta ante Dios, aprovechar al máximo el poco tiempo de vida que tenemos y a buscar a Dios antes que nos sobrevenga la muerte. 

Es propio de religiones orientales como el budismo y el hinduismo, la creencia en la reencarnación. Algunos piensan que se puede reencarnar, después de morir, en un animal y eso da pie a un respeto mayor por la vida de las criaturas. Otros creen que sólo se reencarna en otro ser humano pero de un nivel social distinto y que habría un propósito educativo o formativo en ello. Así el ser se reencarnaría en una gran cantidad de personas a través de los siglos, hasta alcanzar un estado de perfección. Los cristianos, como judíos y musulmanes, no creemos así y pensamos que Dios nos ha dado esta única oportunidad de vivir, pero que tenemos una gran esperanza en otra vida. No creemos en la reencarnación pero sí creemos en la resurrección, lo que está escrito en la Biblia y explicitado en el Credo e los Apóstoles que dice “creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”. 

La brevedad de la vida en la tierra determina que nos procuremos lo mejor. Los que no conocen a Dios buscan el placer y la realización personal; los que hemos tenido un encuentro con Dios ansiamos cumplir Su voluntad en nuestra vida, para lo cual le buscamos permanentemente en oración. También tratamos siempre de obedecer Su Palabra y las enseñanzas de los ministros de la Iglesia. 

Porque la vida es corta, no más de 80 a 100 años, deseamos hacer todo lo necesario para cumplir nuestros propósitos, seamos o no creyentes. Si no lo soy trataré de vivir al máximo y alcanzar logros personales; si soy un discípulo de Jesús seguiré los consejos bíblicos para administrar lo mejor posible mi tiempo: 

A)    Aprovechar el tiempo. 15 Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, / 16 aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.” (Efesios 5:15,16)

B)    Distribuir el tiempo racionalmente. Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.” (Eclesiastés 3:1)

C)   Evangelizar en todo tiempo. “1 Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, / 2 que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.” (2 Timoteo 4:1,2) 

Como la vida es “como la flor de la hierba”, brevísima, se nos aconseja buscar a Dios lo más tempranamente: 

A)    Buscarlo en la juventud. “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento” (Eclesiastés 12:1)

B)    Buscarlo continuamente. Bendeciré a Jehová en todo tiempo; Su alabanza estará de continuo en mi boca.” (Salmos 34:1) 

Por último, en medio de esta cortedad de días, años y unas pocas décadas, necesitamos administrar el tiempo de vida con inteligencia y sabiduría espiritual para sacar el máximo provecho de nuestra persona, en beneficio de la obra de Dios en esta tierra y de la familia, como para que el juicio del Señor a nuestro comportamiento en esta existencia sea positivo: 

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, Que traigamos al corazón sabiduría.” (Salmos 90:12)

 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

martes, 25 de enero de 2022

UNA GENEROSA INVITACIÓN

 




“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.”

Isaías 1:18

 

E

sta es una de las muchas invitaciones que hace el Señor en el Antiguo Testamento a seguirlo a Él. Como evangelizador que es el profeta Isaías, su libro contiene estos mensajes fuertes, muy inspirados y apasionados llamando a la conversión. 

El Señor nos llama con urgencia “Venid luego, dice Jehová”. No es una decisión que se pueda posponer. Acostumbramos en nuestra vida postergar tareas, encargos, asuntos pendientes. Esto se llama “procrastinar”, que es aplazar una obligación o un trabajo. Incluso hay personas que dicen trabajar mejor, con mayor entusiasmo, cuando se han atrasado con una tarea y la hacen unas horas antes de su cumplimiento. Pero un encuentro con el Señor no podemos aplazarlo, no vaya a ser cosa que antes de encontrarnos con Él nos encuentre la muerte y ya no tengamos oportunidad de salvación. 

Dios nos llama a ponernos a cuenta con Él pues son muchas las deudas que tenemos ya que hemos pecado numerosas veces, lo hemos desoído y esquivado. Nos está ofreciendo una oportunidad maravillosa de saldar cuentas con Él y quedar sin deudas. ¡Esto quisiéramos que se diera con aquellas empresas comerciales a las que debemos dinero, que nos condonaran la deuda! Es Dios un Acreedor muy comprensivo y nos ofrece una alternativa que no deberíamos rechazar: Perdonarnos la deuda completa de pecados pasados, presentes y futuros. Lo hace lavándonos con la roja sangre de Jesucristo, Su Hijo, si creemos en Él. 

Aunque nuestros pecados fueran muy horribles Él está dispuesto a borrarlos. Todo pecado es horrible y en la balanza de Dios pesan lo mismo el asesinato que el adulterio, la mentira que la hipocresía que es otra forma de mentir; la idolatría que la vanidad, la que idolatría de sí mismo, etc. Nos dice “si vuestros pecados fueren como la grana”, es decir tan coloridos, tan notorios, tan rotundos y feos… La grana era un hilo o cordón teñido con el tinte que se sacaba de un insecto llamado cochinilla o quermes. Exprimiéndolos se obtenía un líquido rojo en el que se sumergían las telas. Así le escribía Salomón a Hiram rey de Tiro: Envíame, pues, ahora un hombre hábil que sepa trabajar en oro, en plata, en bronce, en hierro, en púrpura, en grana y en azul, y que sepa esculpir con los maestros que están conmigo en Judá y en Jerusalén, los cuales dispuso mi padre.”  (2 Crónicas 2:7) 

Si mis pecados fueran así de feos, “como la nieve serán emblanquecidos”. La nieve es, por su color, símbolo de la más alta pureza y de la condición del alma redimida. En la visión del profeta Daniel, Dios Padre se presenta con abundante blanco en señal de santidad: Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente.” (Daniel 7:9) 

Estamos manchados de pecado, tan rojo como esa tintura y Dios nos ofrece quitarlo de nuestra alma y piel para quedar más blancos y puros que la nieve. En verdad es una oferta que no podemos rechazar. Hacerlo sería una necedad. 

Luego insiste el Señor: “si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.” El carmesí, en hebreo karmil o tola, también es el tinte rojo brillante que se obtiene de un insecto. El carmesí estaba entre los materiales imprescindibles que deberían ofrendar los hebreos para la construcción y habilitación del Tabernáculo o Tienda del Encuentro: 1 Jehová habló a Moisés, diciendo: / 2 Di a los hijos de Israel que tomen para mí ofrenda; de todo varón que la diere de su voluntad, de corazón, tomaréis mi ofrenda. / 3 Esta es la ofrenda que tomaréis de ellos: oro, plata, cobre, / 4 azul, púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabras, / 5 pieles de carneros teñidas de rojo, pieles de tejones, madera de acacia, / 6 aceite para el alumbrado, especias para el aceite de la unción y para el incienso aromático, / 7 piedras de ónice, y piedras de engaste para el efod y para el pectoral. / 8 Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos. / 9 Conforme a todo lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis.” (Éxodo 25:1-9) 

Es sabido que la lana era el pelo que cubría el cuerpo de las ovejas y carneros que criaban los hebreos y que hilada la utilizaban para hacer telas. También la lana simboliza pureza. La primera lana era una de las primicias que el pueblo de Israel dio a los sacerdotes: “4 Las primicias de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y las primicias de la lana de tus ovejas le darás; / 5 porque le ha escogido Jehová tu Dios de entre todas tus tribus, para que esté para administrar en el nombre de Jehová, él y sus hijos para siempre.  (Deuteronomio 18:4) 

En cierto modo Dios nos está insinuando que cambiará nuestro vestido, de estar cubiertos de pecados carmesí, luego del lavamiento que Él hará de nosotros nos dejará vestidos de lana blanca, o sea que pasaremos de ser seres rebeldes y contaminados con el pecado a ser dóciles y puras ovejas de Su prado, como lo canta el salmista: 1 Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. / 2 Servid a Jehová con alegría; Venid ante su presencia con regocijo. / 3 Reconoced que Jehová es Dios; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. / 4 Entrad por sus puertas con acción de gracias, Por sus atrios con alabanza; Alabadle, bendecid su nombre. / 5 Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, Y su verdad por todas las generaciones.”  (Salmo 100:1-5) 

Obedezca al llamado de Dios y entregue su vida a Jesucristo para ser limpio de toda maldad y formar parte del gran rebaño del Señor.

 

 

 

© Pastor Iván Tapia

Pastorivantapia1983@gmail.com

 


domingo, 16 de enero de 2022

NI CHISMES NI PELEAS

 


 

“Haced todo sin murmuraciones y contiendas”

Filipenses 2:14

 

L

a murmuración es el comentario que se hace sin la presencia de una persona, con el propósito que no se entere y para perjudicarla. Es un acto bajo y cobarde hablar mal de alguien que no está presente, peor aún si se hace con la mala intención de agraviarle. Si a eso agregamos las contiendas, es decir las peleas, los insultos y las amenazas, el panorama se torna altamente tenebroso, pues este tipo de actuación es propio de mundanos que viven en las tinieblas. 

Los discípulos del Señor no pueden actuar de ese modo, que es propio de esta “generación maligna y perversa”, falta de amor al prójimo. Si hay algo que no nos parezca correcto, agradable o conveniente en otra persona, podemos con toda propiedad y respeto decírselo de frente, pero no murmurar tras ella ni tampoco ser agresivos. Todo se puede hablar y conversar. 

Actuando de esa forma iluminaremos con la veracidad y el respeto al prójimo, seremos un resplandor de Jesús, quien fue capaz de decir lo que pensaba de ellos a los judíos y que reprendió a Pedro cuando éste quiso que evitara la cruz. Así también no seremos reprendidos ahora ni en el Tribunal de Cristo. Es preferible la sencillez y prudencia, la franqueza y honestidad, a las constantes peleas y chismes. Ni habladurías ni peleas quiere el Señor en Su Reino. 

El contexto de este versículo dice: 14 Haced todo sin murmuraciones y contiendas, / 15 para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; / 16 asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado.” 

El apóstol, como todo ministro de Dios que se esfuerza por transmitir la Palabra, espera que sus discípulos apliquen en sus vidas estas enseñanzas y así cuando tenga que presentarse a dar cuenta de su ministerio al Señor, pueda gloriarse de su éxito. Es interesante pensar que nuestro adelanto en el Evangelio no es sólo nuestro sino también de quienes nos instruyen en el Camino del Señor.  

 

© Pastor Iván Tapia

Pastorivantapia1983@gmail.com

 

 

 

 


domingo, 9 de enero de 2022

EL VERDADERO AMOR A JESÚS

 





“El que tiene mis mandamientos,

y los guarda, ése es el que me ama;

y el que me ama, será amado por mi Padre,

y yo le amaré, y me manifestaré a él.”

San Juan 14:21

 

L

os cristianos tenemos todos los mandamientos del Señor. No solamente los hemos escuchado de nuestros pastores, sino que también los leemos diariamente en el Evangelio. Es deber de cada discípulo de Jesús examinar constantemente la Palabra de Dios, estudiarla, reflexionar en ella, confrontarla con la propia realidad personal, familiar y colectiva, para obedecerla. Debemos ser cumplidores de los mandamientos y enseñanzas de nuestro Maestro Jesucristo. Los maestros de la Iglesia, que ven el Reino como una gran escuela espiritual, tienen el deber de: Estudiar la Palabra de Dios, profundizarla, vivirla, darla a conocer y enseñarla a todos los discípulos.

Guardar los mandamientos no es acumular conocimientos bíblicos como quien guarda una colección de objetos valiosos y jamás los usa ni los comparte con otros. Tampoco es ufanarse de ellos sin ponerlos por obra. Guardar los mandatos que Jesús hizo a Sus apóstoles y discípulos, y por extensión a todos los cristianos, es practicarlos. Amar a los enemigos, perdonar a los que nos ofenden, no juzgar sin base, amar a nuestros hermanos en la fe, estar dispuestos a dar la vida por los hermanos, no afanarse por las cosas materiales, buscar primero el Reino de Dios y su justicia, etc. son algo más que lindos pensamientos para poner en una tarjeta o sobre el refrigerador. 

Nos resulta extraño el concepto de amor a Él que nos presenta Jesús en este versículo, cuando nos dice que quien le ama verdaderamente es el que tiene y guarda Sus mandamientos. Si yo tengo un amigo muy querido y éste me dice que yo debo obedecerle en los consejos que me da porque de lo contrario no soy su amigo, pensaría que es un abuso de confianza y que él no es capaz de tolerarme. Pero esto es porque mi amigo y yo estamos al mismo nivel, somos dos personas con derechos y que nos relacionamos por algunos aspectos en que coincidimos y nos toleramos en el resto. En cambio, nuestra relación con el Cristo es muy distinta, aunque Él diga que somos Sus amigos, Él está por sobre nosotros y nos exige coherencia absoluta con Su pensamiento. No se piense que la relación de amistad con Jesús sea una relación tan liviana como la que solemos tener entre nosotros, una relación sin mayor compromiso. 

Jesús mide nuestro amor por Él y por el Padre a través de nuestra obediencia y no de sentimentalismos. Habituamos relacionarnos con Dios de un modo muy anímico o almático, pero Él quiere que seamos tan prácticos como que sencillamente cumplamos Sus mandamientos porque éstos nos harán mucho bien a nosotros y a nuestro entorno. Lo demás, como dicen “es paja molida”. Si practicamos Su enseñanza estaremos amándole y por tanto el Padre, quién tanto ama al Hijo, estará feliz y nos amará también porque hemos sido obedientes a Su Hijo. Alguien podría preguntar ¿Cómo se demuestra que amamos a Jesús? Usted ya tiene la respuesta. 

Y este breve y profundo versículo finaliza con una maravillosa promesa de Jesús: y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.” El Padre nos amará y el Señor Jesucristo se manifestará a nosotros. ¿Cómo podrá ser esa manifestación? Primero, el hecho de actuar como Jesús enseña nos vuelve un poco como Él y pasamos a ser “cristianos”, o sea pequeños Cristos. Los seguidores de Jesús fueron llamados por primera vez “cristianos” en una iglesia formada principalmente por gentiles, la Iglesia de Antioquía: 

“25 Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo; y hallándole, le trajo a Antioquía. / 26 Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía.” (Hechos 11:25,26) 

La Persona de Cristo comienza a manifestarse en quien le obedece. No desechamos una segunda posibilidad, sin desestimar la primera, que es la manifestación sobrenatural de Cristo en visiones y milagros, como premio o resultado a nuestra fidelidad. Deseo que el Señor se manifieste a su vida, guardando usted todas Sus enseñanzas. ¡Dios le bendiga!

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com 


domingo, 2 de enero de 2022

CREER Y HACER

 





“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos,

sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”

San Mateo 7:21

 

J

esús es muy claro, la entrada al Reino de Dios no se trata de palabras sino de acciones. El Padre Dios está en los cielos y para entrar en ese reino superior es necesario hacer Su voluntad. 

A nosotros nos agrada pensar en un reino donde podamos llegar con mucho agrado haciendo ningún esfuerzo. Es cierto que la salvación es gratuita porque el hombre es incapaz de cumplir toda la voluntad de Dios sin el Espíritu Santo. Tal vez con gran disciplina, fuerza de voluntad, deseos de ser alguien muy religioso y haciendo uso del autodominio, alguien pueda parecerse mucho al ideal de persona que Dios busca, pero estamos seguros que eso es imposible de hacerlo en forma perfecta sin Dios. Si una gota de vanidad, si una pizca de autosuficiencia o un poco de menosprecio por el que no lo ha logrado, tiene en su corazón aquella persona tan “santa”, ya no será del todo merecedora del Reino. 

La única forma de alcanzar la salvación de Dios es considerándose pecador, inútil, perdido y no merecedor del Reino, como lo entendió el hijo pródigo: “… Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.” (San Lucas 15:21) Del mismo modo lo expresaba el publicano en su oración: “Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.” (San Lucas 18:13) 

Para entrar al Reino de Dios hay que pasar por una puerta que es la cruz de Jesucristo. Él murió por nosotros, pagó el precio de nuestros pecados para darnos la salvación, la cual es un regalo de Dios, inmerecido por nosotros que estábamos destinados a la muerte. Sin embargo aquí Jesús parece decirnos lo contrario: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”  Es que una cosa es la justificación y otra la santificación. Por la cruz Jesucristo nos declara justos ante el Padre ya que Él toma nuestra causa, nuestros pecados son perdonados y quedamos libres de toda culpa. Eso es la justificación. 

Desde el momento que entramos al Reino de Dios comenzamos a vivir bajo la voluntad de Dios y nuestra obligación es obedecer, somos siervos o esclavos del Señor, sometidos a Su Señorío; ya no vivimos según la carne sino de acuerdo a lo dictado por el Espíritu Santo: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.” (Romanos 8:9) Por tanto la vida en el Reino no es tan fácil como decir “Hago lo que quiero pues Dios me perdona todo.” El verdadero cristiano ama a Dios y no quiere ofenderle ni entristecerlo, por tanto se esforzará en la Gracia para hacer la voluntad de Dios. En el Reino de los Cielos, es decir en el Reino eterno, entrarán aquellos que han creído en Jesús y se han esforzado por hacer la voluntad del Padre.

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com