miércoles, 13 de abril de 2011

NO DEBAIS NADA A NADIE. PARTE II

PALABRA VIVA
Un mensaje del pastor
Nº 1 – Parte II

“Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra./ No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley” Romanos 13:7,8

Alguien podrá decir que hay que aplicar fe y confiar en que el Señor nos dará los recursos para pagar la deuda, pero eso es dar vuelta las cosas y pensar de un modo contrario a la Verdad. La verdadera fe está en confiar que el Señor nos dará los recursos necesarios para vivir, que podremos satisfacer las necesidades básicas y aún apartar algo para ahorro, lo cual nos permitirá adquirir aquel artículo que deseamos comprar. Así podremos poner por obra esta sencilla Palabra de Dios: No debáis a nadie nada.

Pero hay algo más que debemos considerar para que en nuestra economía disfrutemos de tranquilidad y felicidad. Curioso que esta última palabra se inicie con la sílaba “fe” y finalice con “dad”. Porque la fe es la base de nuestra relación con Dios y el dar generosamente la clave de la prosperidad. Tenemos una deuda con Él, a quien pertenecen todas las cosas que llamamos nuestras: casa, vestuario, alimentos, dinero. El tributo que Él nos exige como reconocimiento de Su Soberanía sobre nuestras vidas es tan sólo de un 10% y ¡cuántas veces le negamos a Él ese derecho robándole Su diezmo! No debáis a nadie nada. Si estamos endeudados con casas comerciales, con amigos o familia y hasta con el Señor ¿cómo esperamos progresar y vivir en paz? No culpemos a Dios ni al gobierno, no responsabilicemos a otros de nuestro desorden, sino que asumamos que hemos desobedecido a un principio fundamental de mayordomía y sencillamente estamos cosechando el fruto de nuestro pecado. No endeudarse y pagar nuestras deudas es un modo de vivir el amor a Dios, al prójimo y a nosotros mismos.

viernes, 8 de abril de 2011

NO DEBAIS NADA A NADIE. PARTE I


PALABRA VIVA

Un mensaje del pastor

Nº 1 – Parte I


“Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra./ No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley”


Romanos 13:7,8 Es frecuente en la actualidad que las personas comprometan el dinero que aún no tienen, con casas comerciales que, con gran despliegue de publicidad, tientan a los clientes para comprar a plazo todo tipo de productos y aún más, a obtener lo que llaman “avances” de dinero, actuando como banqueros o prestamistas. No pocos caen en la tentación y se endeudan por meses y años. Estas facilidades para comprar, ideadas por hábiles comerciantes, llevan a las personas a descontrolarse en compromisos desmedidos que muchas veces no pueden cumplir y deben renegociar deudas, deslizándose con el tiempo por una pendiente de ruina, desesperación y pobreza. Ha sido como una maligna trampa que los condujo a una lamentable situación financiera.


El problema económico no se limita a los aspectos materiales de comida, vestuario o vivienda, sino que repercute en todas las relaciones familiares y matrimoniales, en el estado de ánimo personal y en la dinámica del hogar. No pocas veces es causa de cárcel o divorcio. Si tan sólo hubieran ahorrado y esperado reunir el dinero necesario para esa compra, habrían evitado tanto dolor. Si hubiesen puesto en práctica el consejo de Dios: No debáis a nadie nada, no se habría desencadenado el proceso negativo que se inicia cuando adquiero un compromiso basado en dinero que aún no dispongo.

jueves, 26 de agosto de 2010

SEÑALES DE LOS TIEMPOS.


El Maestro de Galilea enseñó a sus seguidores a comprender las señales de los tiempos. Les decía: ustedes son capaces de predecir cuando habrá lluvia y cuando no, sin embargo son incapaces de entender las señales de Dios. En otras palabras, el lenguaje del Creador. Para los que son más bíblicos, transcribiré exactamente sus palabras: “Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le pidieron que les mostrase señal del cielo. / Mas él respondiendo, les dijo: Cuando anochece, decís: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles. / Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! que sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos no podéis!”[1]

Podemos escuchar a Dios en la lectura de la Biblia y en la prédica de la Iglesia cada domingo, pero no es la única forma en que Él habla al ser humano. Es evidente que también lo hace por medio de los acontecimientos diarios. Con razón hay un libro dentro de la Sagrada Escritura, que se titula Libro de los Hechos. Las circunstancias de la vida podrían enseñarnos mucho si pusiéramos atención a ellas y procuráramos entender lo que Dios quiere transmitirnos. Es algo así como un mensaje en clave. ¿No es acaso este mismo texto que usted lee ahora, un mensaje en clave? De acuerdo a la teoría de la comunicación, yo soy el emisor que dejo por escrito mis pensamientos en un sistema alfabético en idioma español; el escrito es el mensaje que tiene un código y un significado; y usted es el receptor que debe comprender mi idioma, decodificar el alfabeto e interpretar el mensaje. Pues bien, gran parte de lo que sucede en el mundo es un mensaje de Dios para el ser humano.

Usted quizás se estará preguntando ¿y qué querrá decirnos Dios ahora? Si atendemos a las palabras de la Santa Biblia, nos daremos cuenta que el mensaje y urgente preocupación de Él es salvarnos. Pero ¿salvarnos de qué? Sencillamente de no conocerlo a Él. Imagínese usted qué hermoso sería pasar una eternidad junto a un Ser pleno de amor, que irradia paz y habla sólo palabras de sabiduría. Piense usted por un momento que tremenda bendición sería para cualquiera de nosotros estar para siempre con alguien que sólo piensa en el bien de todos. Eso es lo que llamamos santidad. Y es lo que Dios anhela fuertemente transmitir a esta humanidad hoy día tan complicada.

Ahora suponga lo contrario, que jamás podrá gozar de paz en su alma; que la conciencia le estará recordando por una eternidad todos sus errores, malos pasos, actos inadecuados y pecados; que viva para siempre sin el amor de alguien, sin que nadie le consuele y, al contrario, le mortifiquen con palabras de odio, rechazo y desesperanza. ¿No sería eso el Infierno? No necesitamos pensar en llamas de fuego ni en gusanos que horaden la carne, pues ya esa condición espiritual negativa, por rechazar y alejarnos del Creador, nos ha condenado a la infelicidad.

Esta es la urgencia del Señor: transmitirnos su mensaje salvador. Somos los ahogados que estamos tragando agua y damos manotazos buscando algo o alguien de quien asirnos, y Él nos lanza su salvavidas. Ese salvavidas es una Persona, el Salvador del mundo: Jesucristo.

Pero volvamos al planteamiento inicial. Les decía que Dios nos habla a través de los hechos. Pues bien, Dios nos ha hablado fuertemente en estos días, en que 33 mineros fueron atrapados en las profundidades de la tierra por el derrumbe de la mina donde laboraban. Todo el país fue conmovido por esta noticia y solidarizó con ellos y sus familias que valientemente y con la fe puesta en Dios armaron un campamento, al que llamaron campamento Esperanza, alrededor de la mina. Después de 17 días los rescatistas lograron comunicarse con ellos y recibimos la feliz noticia de que todos están con vida.

Jesús hablaba a sus discípulos por medio de parábolas, pequeños cuentos o alegorías que, valiéndose de hechos cotidianos a los oyentes –como la pesca, la siembra, la cosecha, el dinero, etc. –transmitían, al interpretarse debidamente, un mensaje espiritual. Así tenemos la parábola del sembrador, de la red, de la perla preciosa, del hijo pródigo, y tantas otras muy conocidas por todos.

En los hechos acaecidos en la mina San José del norte de Chile, también hay un claro mensaje para nosotros. Sólo necesitamos interpretarlo. Con mi esposa, aparte de emocionarnos con los hechos que la televisión nos relataba y mostraba, nos sorprendíamos minuto a minuto por la evidencia del lenguaje de Dios allí.

Lo que primero llama nuestra atención es la cantidad de hombres atrapados en la mina. Y sus familias destacan tal número poniendo 33 banderas con sus nombres en un montículo. También encienden 33 cirios o velas. ¿Acaso no vivió nuestro Señor 33 años sobre la tierra? Y esos 33 años le bastaron para hacer toda su gran obra, la que culminó en la cruz del monte Calvario. En 33 años predicó con su ejemplo y luego con sus palabras el mensaje del Evangelio, la buena nueva de que Dios quiere salvar al hombre y establecer Su Reino en la tierra. Recordemos que plantar una bandera es señal de tomar un territorio; encender una vela es la voluntad de iluminar al mundo. Indudablemente que las familias del norte lo hacían por amor a sus parientes atrapados, pero Dios nos estaba hablando a todos. Sólo necesitamos comprender el mensaje.

La misma condición física de esos hombres nos habla de la condición espiritual en que la humanidad entera se halla hoy, atrapada en densa tiniebla de ignorancia, egoísmo y maldad, sin luz de Dios, por su incredulidad. ¿No está nuestra sociedad derrumbada en sus valores y creencias? ¡Cuánto necesitamos ser rescatados de ello!

Pero hay esperanza, sí, hay siempre un campamento en la boca de este túnel; un grupo de personas no menor, que tiene esperanza en Dios, que cree al mensaje del Salvador del mundo y que continuamente ruega por todos y anuncia a cuanto ser en tinieblas encuentra en su camino. Ese campamento somos nosotros, la Iglesia. Lo diré más claramente: usted, sin importar la Iglesia en la que profese su fe, es parte del campamento de la esperanza. El único tesoro que tiene este país es la fe. Nada obtenemos con tener cobre, mar, petróleo, fruta, vinos, si no tenemos aquel producto espiritual que nos llevará a la eternidad: la fe. Es lo más preciado, lo único que puede salvarnos, la fe en Jesucristo. Pues “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.”[2]

Mayor fue nuestra sorpresa cuando a los 17 días supimos de ellos y que estaban salvos! ¿No tocó tierra el arca del patriarca Noé, al día 17 del séptimo mes? No quiero parecer cabalista ni experto en numerología, pero es muy curioso que sea esa la cantidad de días necesaria para anunciarnos de su rescate. Los pasajeros del arca fueron salvados del diluvio, los mineros estuvieron protegidos en un refugio subterráneo. Noé y su familia fueron protegidos de la inundación, los mineros del derrumbe. El número no tiene nada especial en sí mismo, es tan sólo una señal, una lucecita que enciende Dios para llamar nuestra atención. Fíjense en esto, parece decirnos, si ustedes no buscan un refugio serán aplastados por lo que viene. ¿Qué es lo que viene? No hablo de un terremoto, maremoto ni ningún otro tipo de catástrofe natural, hablamos de algo peor, el derrumbe de nuestros cimientos morales y espirituales, la pérdida de la fe cristiana y la confianza en la veracidad de la Palabra de Dios, la pérdida de los principios de la familia y la cultura basada en las enseñanzas de Jesucristo. ¿Está preparado usted para ese derrumbe? ¿Qué estamos haciendo los cristianos para evitar en Chile esa catástrofe? Ya no se trata de estar o no de acuerdo con el gobierno ni de pertenecer a determinada iglesia o doctrina, sino de contar con ese refugio para el día postrero. Todos sabemos quien es tal Refugio: Jesucristo, la Roca de los siglos.

Un detalle final: ¿cómo se llama el contenedor de los alimentos y mensajes que los rescatistas envían a los mineros? Paloma. Una paloma mantendrá con vida y ánimo a los 33 hombres que ahora están en las profundidades de la tierra, hasta que sean levantados a la superficie. Del mismo modo hoy nosotros, los creyentes en Jesucristo, que vivimos aquí en la oscuridad de un mundo que se desmorona, somos alimentados y animados por la paloma del Espíritu Santo, con la esperanza de que un día seremos rescatados y estaremos siempre con el Señor.[3]

Damos gracias a Dios por el milagro del que ha sido testigo todo un país y el mundo, por la entereza que dio a las familias de los mineros, por la unidad y valentía de éstos, por el compromiso del gobierno y por la solidaridad de todos los chilenos, que estuvieron atentos a los acontecimientos, rogando a Dios por esas vidas. Pero mil gracias al Señor por Su mensaje a través de estos hechos, quien pareciera decirnos otra vez:

“Buscad al Señor mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. / Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.”[4]

[1] San Mateo 16:1-3
[2] San Juan 3:36
[3] 1 Tesalonicenses 4:17,18
[4] Isaías 55:6-7

sábado, 17 de abril de 2010

GRANDES Y PEQUEÑAS MISIONES.


“Su señor le dijo: Bien, siervo bueno y fiel;
en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré;
entra en el gozo de tu señor."
San Mateo 25:23


Cuando se habla de tener una misión en la vida, cumplir una misión asignada por Dios, alcanzar el cumplimiento de una misión, y todas esas expresiones trascendentes, estamos refiriéndonos a algo realmente grande. La misión es el poder o facultad que se da a alguien de ir a desempeñar algún cometido. De hecho nuestro Líder y Maestro, el Señor Jesucristo, nos encargó llevar a cabo una misión, Él nos dio la Gran Comisión: “Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (San Mateo 28:19,20) Toda la Iglesia se ha empeñado durante veinte siglos en llevar a cabo lo que el Fundador le indicó como misión. De modo que cada cristiano comprometido con su fe siempre procura llevar a cabo esa comisión.

Pero no es la evangelización del mundo la única comisión que el Salvador ha dejado a Su Iglesia. También le dijo “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. / En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (San Juan 13:34,35) Otro aspecto es el deber de servir y amar al prójimo que sufre, cuando nos ordena en la Parábola hacer lo mismo que el buen samaritano: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? / El dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.” (San Lucas 10:36,37)

¿Será la misión de un cristiano sólo hacer aquellas grandes hazañas para Dios? En estos días se habla mucho de tener una “visión”, que es recibir una revelación divina de cual será nuestra tarea o misión especial a cumplir en la vida. Hay grandes soñadores de visiones, plantadores de mega-iglesias y fundadores de ministerios con diversas características. Esas estrellas rutilantes del escenario cristiano nos obnubilan y queremos imitarles, hasta que un buen día descubrimos que somos simples discípulos, llenos de defectos y debilidades, incapaces de alcanzar esos parámetros que, por diversas circunstancias, aquellos cristianos sin duda admirables, lograron a niveles superlativos.

Lo positivo de esas “visiones” –sea el crecimiento de la Iglesia, sea alcanzar a las naciones, sea promover socialmente y salvar a un grupo humano, etc.- es que motivan a millones de hermanos y hermanas de todo el mundo a hacer lo suyo, a buscar a Dios y Su virtud. Pero hay, permítanme decirlo, un lado negativo y éste surge cuando el cristiano no logra el propósito. Siente que ha fracasado, viene la decepción o se cree engañado, desconfía de Dios y el Espíritu Santo.

Venía ayer de visitar a unos pacientes de un hospital psiquiátrico en un lugar bastante alejado de la ciudad. Fue una bella jornada de servicio a esas personas tan aisladas de nuestra sociedad, a las que se trata como enfermos, “locos”, seres inservibles, sin desconocer la calidad profesional y humana de muchos médicos y auxiliares que les atienden. Dentro de mis tareas como pastor, una actividad así tiene muy bajo perfil y carece de importancia para el desarrollo de la obra, ya que no genera conversiones y ni siquiera es expuesta como testimonio. Sin embargo, en lo personal, es una de las labores que más satisfacción espiritual me reporta. Siento que Cristo está vivo en mí, utilizando mi ser entero para dar amor a aquellos seres humanos sin esperanza. No puedo sanarles, no podría devolverles la cordura y apenas puedo resolver sus problemas más básicos; sólo Dios puede hacer un milagro en ellos, tampoco voy por el milagro, pero algo dentro de mí insiste en amarles.

Entonces, en el camino que es un hermoso sendero campestre, de pronto pensé ¿es esto una misión? ¿Puede ser algo tan insignificante, misión de Dios? De inmediato surgió la respuesta afirmativa. Recordé al buen Martín de Porres, el llamado “fray Escoba”, cuya única tarea era barrer el convento y otras labores menores. No sólo las grandes cosas como evangelizar a las tribus africanas o cuidar a los leprosos, hasta adquirir la enfermedad cual Padre Damián, son obras de Dios. También hay pequeñas comisiones. Pensé en un hipotético hombre cuya única obra fue servir un día de lazarillo a una persona ciega. Naturalmente para cada cristiano hay un encargo del Señor, por algo Él nos dota de dones y talentos, para servir a la Iglesia. “Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia.” (1 Corintios 14:12)

Recordé las palabras de Gabriela Mistral en “El Placer de Servir”: “…no caigas en el error de que sólo se hace mérito con los grandes trabajos; hay pequeños servicios que son buenos servicios: Adornar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña. Aquél es el que critica, éste es el que destruye, sé tú el que sirve.” Y continúa esta poeta cristiana: “El servir no es una faena de seres inferiores. Dios, que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera llamársele así: El que sirve. Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿Al árbol? ¿A tu amigo? ¿A tu madre?”.

Sí, hay en el mundo hoy día grandes y hermosas obras de Dios. Reconozcámoslo y oremos por ellas y sus siervos. Pero no menospreciemos esas pequeñas y valiosas obras que, a la medida de nuestra fe, podemos realizar cada día por el prójimo, por la Iglesia y para el Señor: apoyar a un hermano en dificultades, orar por un enfermo, dar un buen consejo, escuchar a quien necesite abrir su corazón, dar una ofrenda al pobre, entregar una palabra de aliento al pastor y a su esposa, en fin cumplir la misión para lo cual Dios nos puso en esta tierra: servir. Puesto que los cristianos son “pequeños Cristos” en esta sociedad, nuestra misión es la misma misión de Jesucristo, “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (San Marcos 10:45)

lunes, 29 de marzo de 2010

LAS VIRTUDES DE JESUCRISTO.



“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9)

JESUCRISTO, el Hijo de Dios, Hombre Perfecto, nuestro Modelo de Vida, presentó en su vida las más excelentes virtudes, entre las que destacan las más preciadas por los cristianos: FE, PAZ, AMOR y ESPERANZA.

Él fue, como hombre, un ejemplo de FE, se sometió a la voluntad del Padre Celestial con completa humildad, sujetándose desde pequeño en obediencia y fidelidad a la autoridad de sus padres. Respetó a las autoridades civiles y religiosas cuanto se lo permitió su propia conciencia guiada por Dios, llegando a declarar: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. En su misión o ministerio actuó con plena responsabilidad. Fue un líder honesto. Su fortaleza ante la adversidad quedó en evidencia en su pasión y muerte en la cruz. La templanza fue probada cuando Satanás, durante el ayuno en el desierto, le tentó a comer, a buscar la fama y las riquezas del mundo y a hacer uso de Su Divino poder. Asimismo fue perseverante hasta la muerte en lo que Dios Padre le encargó: salvar a la raza humana. De su fe da cuenta el libro de Hebreos, cuando dice “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; / y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:8,9)

Como hijo de Jehová-Shalom fue hombre de PAZ. El profeta Isaías le señala como Príncipe de Paz. Él no pecó, por tanto no necesitaba el perdón de Dios. Muy por el contrario, fue Él mismo quien perdonó a la adúltera diciéndole “Ni yo te condeno; vete y no peques más”; colgado del madero y viendo a la multitud pecadora, oró al Padre “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Él era libre de pecado y su naturaleza humana estaba plenamente reconciliada con Dios. Su alma estaba sana y libre de traumas, heridas, temores y complejos, como lo están la mayoría de los seres humanos pecadores. Vivía el perdón al prójimo pues comprendía y experimentaba la Gracia de Dios. En todo actuaba con buen juicio, con discernimiento y justicia, como lo atestiguan los Evangelios, podía perdonar al ladrón que mostró arrepentimiento, como la ira Divina con los cambistas del templo.

¡Y qué decir de Su gran AMOR! Esa es la característica principal de Su Persona. Puesto que Él es el resplandor de la gloria del Padre, la imagen misma de Su sustancia, como lo declara la Escritura, y “Dios es Amor”, muy propio es que toda su personalidad, hechos y pensamientos lleven ese sello. Su Evangelio es un mensaje de Amor para la Humanidad. Tenía una profunda relación con el Padre; permanentemente se retiraba para estar con Él. Su devoción a Dios se expresa en oraciones, alabanzas, ayunos, meditaciones y ofrendas. Así como amaba al Padre, también nos amó a nosotros. Ese amor al prójimo fue pleno de paciencia, bondad, humildad, delicadeza, altruismo, serenidad, jovialidad, compasión y magnanimidad. Y jamás dejó de comunicar el amor de Dios a su familia, amigos, pueblo y multitudes que le seguían. Lo hacía con Su testimonio y mediante la evangelización en palabras llenas de sabiduría y misericordia.

En cuanto a la virtud de ESPERANZA, Él la tenía puesta en Su Padre que, cumplida la misión de redención en la cruz, le resucitaría y así podría llevar a la Humanidad creyente por una eternidad a los cielos, a un Reino eterno. Obviamente tenía algo más que los conocimientos básicos del Reino, puesto que estaba premunido de los dones de sabiduría, inteligencia, consejo y conocimiento, según el libro de Isaías (Isaías 11:1-5) y su convicción de liderazgo era absoluta. Él era y es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, Cabeza de la Iglesia y Señor del Universo.

A este Dios-Hombre nos hemos acercado, un Dios que ha vivido y da ejemplo de virtud. Podemos confiar plenamente en Él que nos perdonará, aceptará y amará; que nos transformará a Su imagen y semejanza y nos llevará a Su Reino eterno, si nos arrepentimos de nuestros pecados y disponemos a ser Sus discípulos obedientes. Que el Señor nos ayude. Amén.

Pastor Iván Tapia / Retiro “Las 12 Virtudes Del Discípulo I” / 21 de marzo de 2010.

martes, 15 de diciembre de 2009

UN REY PARA LOS SABIOS


Mensaje de Adviento


“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.”
San Mateo 2:11

Nuestra casa e iglesia se ha llenado de inspirados cantos que anuncian la Navidad, es decir la natividad o nacimiento de Jesucristo, nuestro Amado Salvador. Y también se ha poblado de una serie de elementos que son algo más que hermosos adornos: el nacimiento, el árbol de Navidad, velas, la corona de Adviento, etc. ¿Qué significado tiene todo este despliegue escenográfico y simbólico?

El adviento, del latín adventus Redemptoris, venida del Redentor, es el primer periodo del año litúrgico cristiano que consiste en un tiempo de preparación para la Navidad. Su duración es de 21 a 28 días, dado que se celebran los cuatro domingos más próximos a la festividad Navidad. Durante el adviento, se prepara en cada hogar y en la Iglesia una corona de flores llamada corona de adviento con cuatro velas, una por cada domingo de adviento. Se enciende una vela cada domingo.

Adviento significa “venida” y es época de arrepentimiento y preparación para las diversas venidas de nuestro Señor Jesús; Él vino como un bebé para ser nuestro Redentor; Él sigue viniendo en sus ministros quienes enseñan e instruyen a los discípulos; siendo Él la Palabra de Dios, Él mismo viene en la Palabra predicada, en el Bautismo y en la Santa Cena; y Él vendrá también una vez más al final de todos los tiempos, por eso nos preparamos para su segunda venida.

El color verde utilizado en este tiempo simboliza la esperanza. Es usado después de Navidad hasta Cuaresma, y después de la Pascua hasta el Adviento. Es tiempo de esperanza por la venida del Mesías y por la Resurrección salvadora respectivamente. Este tiempo se conoce como Tiempo Ordinario dentro del calendario litúrgico. El año cristiano no comienza en enero sino en Adviento.

El árbol de Navidad representa el amor de Dios. Con la evangelización de los pueblos del norte de Europa, los cristianos tomaron la idea del árbol, para celebrar el nacimiento de Cristo, pero cambiándole totalmente el significado. Se dice que san Bonifacio (680-754), evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó un árbol que representaba al Yggdrasil (aunque también pudo ser un árbol consagrado a Thor), y en su lugar plantó un pino, que por ser perenne, simbolizó el amor de Dios, adornándolo con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo como luz del mundo. Conforme pasó el tiempo, las manzanas y las luces, se transformaron en esferas y otros adornos.

La representación del pesebre o nacimiento es una tradición que data del siglo XIII. Los orígenes de esta costumbre de reproducir en imágenes el nacimiento de Jesús se remonta a los tiempos de Francisco de Asís. Se dice que, mientras predicaba por la campiña de Rieti, Italia, sorprendió el crudo invierno al humilde hermano que vestía con harapos. Se refugió en la ermita de Greccio. Era la Navidad del año 1223. En la noche, mientras oraba rodeado de aquella paz del bosque y meditando la lectura del evangelista San Lucas 2:12-14, tuvo la inspiración de reproducir en vivo el misterio del nacimiento de Jesús en Belén. Construyó una casita de paja a modo de portal, puso un pesebre en su interior, trajo un buey y un asno de los campesinos del lugar e invitó a un pequeño grupo de ellos a reproducir la escena de la adoración de los pastores. La hermosa idea se propagó por toda Italia, luego a España y el resto de Europa. En Nápoles, hacia fines del siglo XV, reprodujeron en figuras de barro a los actores del gran acontecimiento narrado por el Evangelio. En América Latina es una tradición introducida por los frailes a partir del siglo XV y XVI.

La luz de las velas simboliza la luz de Cristo que desde pequeños buscamos y que nos permite ver, tanto el mundo como nuestro interior. Cuatro domingos antes de la Navidad se prende la primera vela. Cada domingo se enciende una vela más. El hecho de irlas prendiendo poco a poco nos recuerda como conforme se acerca la luz las tinieblas se van disipando, de la misma forma que conforme se acerca la llegada de Jesucristo que es luz para nuestra vida se debe ir esfumando el reinado del pecado sobre la tierra. La luz de la vela blanca o del cirio que se enciende durante la Noche Buena nos recuerda que Cristo es la Luz del mundo. El brillo de la luz de esa vela blanca en Navidad nos recuerda como en la plenitud de los tiempos se cumple el “Adviento del Señor”

En esta Navidad abramos nuestros corazones al Señor y regalémosle lo mejor de nosotros porque Él es nuestro Rey y Salvador que se ha donado voluntariamente a la Humanidad. Un modo de darnos a Él es ofreciéndonos generosamente a los necesitados y a los que sufren, sirviéndolos como a Jesús, puesto que Él los ama y en ellos está Su Rostro. ¡Qué el Señor derrame una bendición especial en esta Nochebuena sobre su hogar!


viernes, 6 de noviembre de 2009

¿QUIÉN ES DIOS PARA USTED?

Queridos amigos y hermanos:

Esta no es precisamente una reflexión teológica, en el sentido más ortodoxo, sino que más bien arranca de una especulación. ¿Tenemos todos los cristianos el mismo Dios? Obviamente Dios es Uno solo, el Dios Trino, Sabio, Justo, Misericordioso, revelado en la Biblia; pero ¿qué tanto lo percibimos cada cristiano? No hablo de las diferencias que pueda existir por doctrina (luterana, presbiteriana, pentecostal, católica, etc.) sino más bien aquellas que surgen de nuestra madurez espiritual.

¿Saben por qué me he puesto a reflexionar este tema? Pues, hablando, observando y escuchando las sabias enseñanzas de un líder cristiano avecindado en nuestro país. Pensé: ¿Cómo sentirá él a Dios en su oración? ¿Será "su Dios" -por llamarlo de una forma- tan benevolente como el mío? ¿o será un Dios más severo? Y el asunto no es que Dios se haga distinto para cada cristiano, sino que cada hijo de Dios lo percibe diferente, a través del tamiz de su propia personalidad. Entonces hice el ejercicio intelectual de pensar en algunos de ustedes, mis queridos hermanos, a los cuales conozco en parte, y tratar de ver como sienten al Señor. Compartiendo la oración en voz alta y escuchando, no por curiosidad ciertamente, me he podido percatar de la diversidad de formas de relacionarse con Él. Sus características de misericordia y severa justicia o disciplina, por ejemplo, tienen diversos matices, tal vez según el entendimiento que se tenga de Dios.

Extendí luego mi pensamiento hacia los grandes hombres de la Biblia. ¿Sentiría el Apóstol Pablo a Dios igual que el joven Marcos, que abandonó por temor la misión evangelizadora? ¿Tendrían los apóstoles Pedro y Juan idéntica visión del Señor? Ambos le siguieron como "pescadores de hombres", ambos le acompañaron en Su ministerio por Galilea y otras ciudades de Tierra Santa, mas sólo uno caminó sobre las aguas en tanto sólo el otro apoyaba su cabeza sobre el cariñoso pecho del Señor. Estamos de acuerdo que Jesucristo es Uno solo, como usted y yo tenemos caracteres, modos de pensar y sentir distintos, pero no somos percibidos igual por todo el mundo. ¿Sería para la gente que le seguía, pero que luego lo abandonó en el Calvario, el mismo Jesús que para los Doce? ¡Por supuesto que no! De lo contrario se habrían sumado a aquellos y aquellas que le acompañaron cerca de su cruz.

Piense usted que para muchos Dios es solamente el Creador, para otros un Dios de Amor, o un Juez muy exigente y castigador, el Dios del Juicio Final de la Capilla Sixtina. Para nosotros puede ser el Salvador que nos liberó del yugo del pecado y las tinieblas, o el Señor y Dueño de nuestras vidas. Habrá quienes lo perciban más como un Amigo, otros un Socio en la Obra de la Iglesia, etc. etc. Mi tesis es que esta percepción o visión de Dios es progresiva y la realiza el Espíritu Santo a medida que vamos relacionándonos más y más intimamente con el Señor, es el resultado de una vida de oración y reflexión con Él. Paulatinamente, como en las innumerables capas de una cebolla, vamos descubriendo esta Persona múltiple y maravillosa que es nuestro Dios, el Señor Jesucristo. Ahí se explica por qué hay cuatro evangelios y aún un quinto, el de San Pablo, ¡y cuántos más, según cristianos ha habido en la Historia de la Iglesia! Amados hermanos: de ningún modo quiero afirmar que hay muchos Cristos -tal aseveración sería una herejía- sino que hay diversos ángulos y profundidades desde los cuales observar y relacionarnos con Él.

En la medida que nos acerquemos más a Cristo, la Luz del mundo, veremos más claramente Quién es Él, podremos discernir con mayor presición Su Persona y estaremos más cerca de la Verdad. Les insto a continuar buscándolo, no porque Él se haya extraviado -como se burlaba Nietzche-, sino porque a veces nosotros nos extraviamos y alejamos de Él, la Persona más importante para el universo (pues lo sostiene con Su Palabra), para la Iglesia (pues es su Cabeza) y para usted (pues Él es el que le da la luz de la Vida)

1 Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayamos. 2 Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios. 3 Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; 4 en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. 5 Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. 6 Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. 2 Corintios 4:1-6