domingo, 7 de agosto de 2022

LA SÍNTESIS DEL EVANGELIO

 






 

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito,

para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

San Juan 3:16

 

 

E

stamos frente a un texto muy escuchado y repetido por la Iglesia, pues se considera que contiene en síntesis el mensaje central de la Biblia. En él se nos muestra el gran amor que Dios ha tenido por los seres humanos, un amor capaz de entregarse a Sí mismo, entregar a Su Unigénito, Segunda Persona de la Trinidad, para sacrificarse por el ser humano y así éste pueda encontrar la salvación de su alma. 

Se inicia el texto con la conjunción “porque”, lo que significa que esta frase pronunciada por Jesús es una explicación de algo anterior. Veamos entonces los versículos que preceden a esta frase. 

El Señor ha estado conversando con el fariseo Nicodemo y le ha enseñado esa verdad del Evangelio tan fundamental para la nueva vida, que es el nuevo nacimiento: “5…De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. / 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (San Juan 3:5,6) Pero el judío no lo ha comprendido, a pesar de sus amplios conocimientos de la Sagrada Escritura. Entonces el Señor le amonesta: “Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?” (San Juan 3:12) 

Jesús continuó enseñándole lo siguiente -y estos son los 3 versículos anteriores al texto que nos ocupa-; en primer lugar: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.” (San Juan 3:13) Le recuerda que ningún hombre ha ascendido a la habitación de Dios. Puede que, según el conocimiento de Nicodemo, Enoc haya subido al cielo, pero en verdad fue arrebatado por el Señor a los cielos, mas no dice exactamente a qué cielo o lugar del cielo. También puede haber pensado en el profeta Elías que fue llevado en un carro de fuego a los cielos. Mas Jesús está hablando de Él mismo; nadie sube al cielo sino el que descendió del cielo. El único que realmente ha estado en el cielo es el que descendió del cielo: el Hijo del Hombre que está en el cielo, responde Jesús. Ese “hijo de hombre” es aquel del cual habla el profeta Daniel cuando dice: 

“13 Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. / 14 Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” (Daniel 7:13,14) 

Nicodemo empieza a comprender a través de estas palabras que está frente a aquel Hijo de Hombre del cual habla el profeta y continúa la lección de Jesús para con este maestro de Israel diciendo: “14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, / 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (San Juan 3:14,15) Jesús se refiere a aquel pasaje en que serpientes venenosas atacaban al pueblo judío en el desierto y el Señor le indicó a Moisés que se hiciera una escultura de bronce que representara a una serpiente y que todo aquel que la mirara sería sanado. Nada le harían esas serpientes y la acción del veneno sería quitada de sus cuerpos. Naturalmente esa serpiente representa a Jesucristo que sería levantado en una cruz para que todo ser humano que lo viera y creyese en Él quedara inmune al veneno del pecado, no sufriera condenación y obtuviera la vida eterna por medio de la fe. 

Y ahora sí lo enfrenta a este texto tan importante de la Biblia que manifiesta el gran amor de Dios para con el ser humano “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (San Juan 3:16) 

Haciendo un breve análisis de los ítems que contiene, podemos decir lo siguiente: La frase inicial “Porque de tal manera amó Dios al mundo” transmite la idea de un Dios de amor, pero de un amor extremo que se da por entero al ser humano. Es el mismo Dios del Antiguo Testamento, pero ahora se presenta en forma más evidente como un Dios de amor. 

La segunda frase dice “que ha dado a su Hijo unigénito”. Este Dios ha entregado a Alguien muy importante para Él, su Hijo. Recuerda esto aquel sacrificio que intentó hacer Abraham de su hijo Isaac como una demostración de obediencia y completa confianza en Jehová, allá en el monte Moria. Jesús llama al Hijo “unigénito” porque es el Hijo Único del Padre, es un hijo no en sentido biológico sino espiritual; es el más cercano al Padre y es Dios mismo. Su Unigénito se hace hombre en Jesucristo y de ese modo se revela Dios a la Humanidad, como el Salvador del mundo. 

Luego expresa que es necesario creer en Él: “para que todo aquel que en él cree”. Para los seres humanos es difícil creer en un Dios invisible y buscan de algún modo una representación. En el caso del Hijo de Dios éste se humanará, se hará humano visible.

Finaliza el texto con: no se pierda, mas tenga vida eterna.” Habla de perderse pues después de la caída el ser humano está perdido; su destino está trazado desde el momento en que nace y es el Infierno, la condenación eterna. La raza humana está condenada, pero Dios ha enviado del cielo esta tabla de salvación que es Jesucristo crucificado, el Hijo de Dios hecho Hombre. El Unigénito del Padre ha venido para darnos la salvación. 

Como a Nicodemo, no nos queda otra cosa que abrazarnos a Cristo y recibir el precioso regalo que Dios nos otorga por misericordia: la salvación eterna de nuestras almas. Amén. 

Oración: ¡Te alabamos Padre, por Tu gran amor por la Humanidad, Tu creación! Gracias por darnos esta maravillosa oportunidad de rescatar nuestras almas del Infierno. Sólo te pedimos perdón por nuestras iniquidades y te rogamos que nos ayudes a comprender y caminar cada día en Tu voluntad. En el nombre de Tu Hijo, nuestro Salvador. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

 


domingo, 31 de julio de 2022

EN MANOS DEL ALFARERO

 





 

“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?

¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? /

¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro,

para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?”

Romanos 9:20,21

 

 

M

as antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?

Dios es Todopoderoso y Soberano. Él es el Dueño del universo, el Señor de la creación y hace como Él quiere. Él da la vida y quita la vida; autoriza o rechaza circunstancias en el planeta y los seres humanos. Todo está bajo Su mirada y Su voluntad; nada de lo que sucede en la creación escapa a Su arbitrio. Él es el Dios Santo y Único que decide los destinos de Su obra. No pensemos que algo podemos hacer nosotros por nosotros mismos pues Él es el Absoluto Gobernante del mundo. 

Aún cuando esté gran parte de la sociedad fuera de Su Reino; aún cuando el diablo sea príncipe en este mundo, Dios es mayor que todos, es el Rey Soberano. Por lo tanto, no tenemos derecho a reclamar, enfrentar, criticar o pedir razones al Todopoderoso de Sus acciones. No podemos criticarlo si ha establecido que quien no crea en Su Hijo y no reconozca Su sacrificio en la cruz será condenado; no podemos corregirlo porque ha creado un Infierno para castigo de los incrédulos y malvados; no tenemos derecho a cambiar el Evangelio anunciado por Jesucristo para hacerlo más agradable y liviano al oyente; en fin, no podemos discutir sobre Sus determinaciones y Palabras escritas en la Biblia. 

¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?

Uno es el artífice del vaso y otro el objeto fabricado; uno es el creador y otro el creado. Jamás una cosa reclamará a su fabricante por qué lo hizo como lo fabricó, por qué no lo hizo diferente y a su agrado. Ni siquiera los hijos pueden reclamar a los padres por su apariencia física o capacidades, pues hemos sido fruto del plan Divino y los papás no son creadores de sus hijos sino sólo progenitores. El cuadro no reclama al pintor ni la canción al autor ni el poema al poeta. Todos los creados debemos someternos al creador. Igualmente, los seres humanos no podemos altercar con Dios y reclamarle por qué nos hizo así y por qué nos destinó a determinado tipo de vida. 

Dios nos ha dado a todos los seres humanos ciertos talentos, unas capacidades naturales para desarrollar en la vida. Estas determinan nuestro oficio o profesión en este mundo y podrán ser fuente de satisfacción para nosotros y nuestra familia. También determinó Dios un cuerpo para cada uno, el que puede tener características que no deseaban nuestros padres: “10 Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua. / 11 Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová? / 12 Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar.” (Éxodo 4:10-12) 

Además, Dios nos ha hecho nacer y vivir en determinada época de la Historia humana, algo que nosotros no determinamos, como tampoco el país y el tipo de sociedad. Algunos nacen en el oriente, otros en países desarrollados y otros en naciones muy pobres. No está en nuestras manos decidir donde nacer, vivir y morir. Y si logramos cambiar nuestro destino es sólo porque era la voluntad del Señor de la Historia. 

Nos agrada pensar que Dios ama a todos los seres humanos por igual, quiere lo mejor para cada uno y dará a todos la salvación eterna, pero no es así. Él conoce nuestra naturaleza, sabe lo que hay en cada corazón desde antes que naciéramos y si bien es cierto que quiere que todos le conozcan, sean salvos de la eterna condenación y le obedezcan, sabe que no todos tendrán la salvación. Por ello hizo una elección de acuerdo a Su justa voluntad escogiendo a unos para bendición: “3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, / 4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, / 5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Efesios 1:3-5) 

¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro,

El barro es el elemento blando con el cual un alfarero modela los objetos que luego serán de utilidad en la mesa, el salón, el jardín o la bodega. La forma y el destino de cada pieza es determinada por el alfarero y no por el barro; este último sólo se dispone y doblega al tratamiento del artífice: “20 Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. / 21 Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra.” (2 Timoteo 2:20,21) 

Dios, Alfarero del ser humano, nuestro Creador y Señor, nos modela como quiere y destina para la función que Él determine. ¿Acaso no puede Dios decidir sobre nuestra existencia y “hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” 

Muchas situaciones pasamos en el transcurso de esta vida, experiencias de todo tipo, las que calificamos de buenas o malas, felices o tristes, convenientes o desfavorables, pero en verdad no debiéramos calificarlas porque sólo Dios sabe el propósito de ellas. Un trance que consideramos lamentable y hasta trágico puede tener consecuencias insospechadamente positivas como también tiempos de gran éxito ser fuente de mucho sinsabor. Dejemos la vida en manos del Señor de la Vida, hagámonos barro en Sus manos dejándonos modelar por Él y que sea Jesucristo quien dirija nuestros pasos y determine nuestro destino. 

Oración: Señor Dios Creador de todas las cosas, te damos gracias por habernos escogido para modelarnos como barro en manos del alfarero. Te entregamos la vida y nos sometemos a Tu voluntad. Aquí están los recursos que Tú mismo nos has dado, templo, talentos, tesoro y tiempo, para que nos gobiernes y conduzcas por el sendero que Tú determines sea el mejor para los altos propósitos de Tu Reino. Amén. 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

 


domingo, 17 de julio de 2022

ABRAMOS LOS OJOS

 




“Abre mis ojos, y miraré

Las maravillas de tu ley.”

Salmos 119:18 

 

E

l salmo 119 es el más largo salmo escrito por el rey David, con 176 versículos, cuyas estrofas corresponden a las 22 letras del alfabeto hebreo. Cada estrofa tiene ocho versículos. El texto que nos ocupa es un versículo de la letra “guimel”, tercera letra del alfabeto hebreo. El hebreo antiguo comparte esta letra con otros alfabetos semíticos, como el fenicio, siríaco, árabe y etíope; representando el sonido “g”. el nombre de la letra significa “camello” y también “casa”. 

Dice el salmo 119 en su estrofa titulada “Guímel”: 

“17 Haz bien a tu siervo; que viva,

Y guarde tu palabra.

18 Abre mis ojos, y miraré

Las maravillas de tu ley.

19 Forastero soy yo en la tierra;

No encubras de mí tus mandamientos.

20 Quebrantada está mi alma de desear

Tus juicios en todo tiempo.

21 Reprendiste a los soberbios, los malditos,

Que se desvían de tus mandamientos.

22 Aparta de mí el oprobio y el menosprecio,

Porque tus testimonios he guardado.

23 Príncipes también se sentaron y hablaron contra mí;

Mas tu siervo meditaba en tus estatutos,

24 Pues tus testimonios son mis delicias

Y mis consejeros.” 

En esta estrofa el salmista pide al Señor que le ayude dándole vida y la capacidad de guardar Su Palabra, o sea ponerla por obra: 17 Haz bien a tu siervo; que viva, Y guarde tu palabra.” 

Enseguida aparece el versículo que hemos escogido para esta reflexión: “18 Abre mis ojos, y miraré Las maravillas de tu ley.” La Ley de Dios, Su voluntad, es maravillosa; en ella se refleja el corazón y la mente del Creador; es algo admirable que no deja de sorprender y amar el rey David. Pero le pide al Señor que abra sus ojos para poder verla aún más y mejor. 

Él se considera un extranjero en esta tierra. ¿No es acaso el mismo sentir que tenemos nosotros como cristianos? Teme que siendo un extraño en esta vida no reciba ni comprenda los mandamientos de Dios. Si Jehová no se revela a nuestras vidas, no nos da Sus mandatos, no se comunica con nosotros. Si Él encubre Sus pensamientos, nuestro abandono será mayor, puesto que estamos apenas de paso por el mundo: “19 Forastero soy yo en la tierra; No encubras de mí tus mandamientos.” 

Lo que más anhela David son los pensamientos del Señor, Sus juicios, Su entendimiento. En el fondo quiere tener la sabiduría y el pensamiento de Dios para hacer Su voluntad: “20 Quebrantada está mi alma de desear Tus juicios en todo tiempo.” 

El rey-poeta recuerda a Dios como amonestó a los desobedientes que por su soberbia están maldecidos, pues no siguen los mandamientos Divinos: “21 Reprendiste a los soberbios, los malditos, Que se desvían de tus mandamientos.” Como en aquella época, hoy también no someterse a la voluntad de Dios es una verdadera maldición. Quien es soberbio con el Señor no tendrá bendición. 

Pide al Hacedor que no permita que sufra la deshonra y vergüenza pública, ni el desprecio de su pueblo, ya que él no le ha desobedecido: “22 Aparta de mí el oprobio y el menosprecio, Porque tus testimonios he guardado.” ¡Son tantos los testimonios del Señor en nuestras vidas y los guardamos con profunda gratitud! En virtud de ellos pedimos al Señor que nos defienda y que nuestro propio testimonio sea respetado en la comunidad. 

Recuerda que hasta autoridades lo juzgaron injustamente y murmuraron contra él: “23 Príncipes también se sentaron y hablaron contra mí; Mas tu siervo meditaba en tus estatutos” Pero a pesar de esa contradicción, él se comportó como un verdadero siervo de Dios, meditando en Su Palabra. 

Y esto fue así “24 Pues tus testimonios son mis delicias Y mis consejeros.” El mayor disfrute del discípulo del Señor es estar con Dios, reflexionar en Su Palabra, leer acerca de Sus grandes hechos, gozarse con las victorias del Señor y seguir Sus consejos. 

Queridos hermanos: La importante petición que hace el escritor en este salmo es: “Abre mis ojos, y miraré Las maravillas de tu ley.” Es el llamado que hoy día nos hace la Palabra de Dios a abrir nuestros ojos espirituales, a abrir el entendimiento, a dejar de estar en oscuridad, a superar la total o parcial ceguera que podamos tener para así poder ver, comprender, experimentar y disfrutar Su Ley, Su voluntad, Su consejo infinitamente sabio, Su maravillosa Palabra. 

Oración: Padre, te damos gracias por este hermoso Salmo que el rey David escribe acerca de su anhelo de tener siempre Tu cercanía y poder ver Tu luz, vislumbrar Tu voluntad. Él desea jamás perder ese contacto Contigo y quiere que lo bendigas y acompañes en todo momento porque es un peregrino en esta Tierra. Del mismo modo nosotros sentimos en este día, Señor, y te pedimos que no te apartes de nosotros. No permitas que nuestra soberbia dañe esta relación. Padre amado, perdónanos si a veces nos hemos soltado de Tu mano, pero queremos caminar Contigo y ver Tu gloria. Como dice el salmista, abre nuestros ojos para poder ver y guardar las maravillas de Tu Palabra. En el nombre de Jesús, Amén

 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


martes, 12 de julio de 2022

ABANDONEMOS EL JUICIO

 




“Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano?

O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano?

Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo.”

Romanos 14:10

 

 

D

esde pequeños estamos acostumbrados a juzgar. Escuchábamos a nuestros mayores criticar a otras personas, juzgarlas y a veces menospreciarlas por su forma de vivir, pensar, vestir, en qué gastaban su dinero, qué trabajo ejercían, etc. Este modo de actuar se hizo un hábito en nosotros, el que ha llegado hasta adultos. Todos, cuál más cuál menos, hemos adquirido esta manera de relacionarnos con nuestros prójimos y a veces juzgamos directamente en la cara de las personas, más la mayoría lo hace a sus espaldas, añadiendo a ese juicio la murmuración y así se va produciendo un clima muy negativo en los grupos humanos, sean familia, lugar de trabajo, barrio, etcétera. 

Lamentablemente aplicamos muchas veces esta forma de relación en la Iglesia, lo cual es muy dañino pues produce separaciones, divisiones, un ambiente que no cultiva precisamente el amor qué nos recomienda la Palabra de Dios. El Señor nos pregunta, entonces, “¿por qué juzgas a tu hermano?” Es muy frecuente que juzguemos aquello que no nos agrada pero que nosotros mismos lo tenemos. Por ejemplo, somos un poco vanidosos respecto al vestir, al peinado, las joyas, nos preocupamos de tener una buena presencia, pero cuando vemos a alguien que cumple con ello, lo criticamos y juzgamos como una persona vanidosa. A ese juicio que hacemos estamos añadiendo otro pecado, la envidia; quizás lo criticamos porque nosotros queremos aparecer de esa forma y no lo hemos logrado o porque hay un afán de competencia en nuestro corazón. Cuando juzgue a otra persona piense de inmediato en qué está motivada esa crítica. ¿Acaso usted tiene ese problema o siente envidia de aquel o aquella a la que está juzgando? 

Antes de continuar con este análisis es preciso decir que una cosa es “juzgar” y otra cosa es “discernir” y todos somos educados desde pequeños para discernir entre el bien y el mal, entre lo bello y lo feo, entre lo correcto y lo incorrecto, lo adecuado y lo inadecuado, Por tanto, una cosa es discernir si una persona está comportándose bien o se está comportando mal, pero juzgar implica condenar, criticar, desvalorizar al otro, es constituirse en un juez, como si fuéramos moralmente superiores. Juzgar, en este caso, es ocupar un lugar superior ante el otro y esto no es lo que el Señor quiere de nosotros. 

Él nos dice “¿por qué juzgas a tu hermano?” y agrega “o tú también ¿por qué menosprecias a tu hermano?” Plantea esta pregunta porque en ese juicio qué hacemos estamos menospreciando al otro y en este caso lo hacemos con nuestros hermanos. Usted juzga a otro hermano en la fe; por algún motivo usted lo critica y quizás lo menosprecia. Podemos juzgar a un hermano o hermana poque está ocupando un cargo en la Iglesia y nosotros pensamos que ese cargo no se condice con su capacidad y que mejor lo haríamos nosotros. O usted juzga a un hermano de otra Iglesia porque considera que la doctrina de esa Iglesia no es la correcta; entonces menosprecia a su hermano y a toda su comunidad, cayendo en un pecado de desamor. No estamos llamados a juzgar ni a menospreciar a nuestros hermanos. Por supuesto podemos discernir si alguien está llevando un camino correcto o incorrecto, pero no juzgar, no condenar, no matar espiritualmente. El problema es que el juicio mata. Los únicos que pueden juzgar son Dios y los jueces y si en la Iglesia se levantara un tribunal en algún momento frente a una situación específica que juzgar, habrá también hermanos que juzgarán esa situación o más bien discernirán qué es lo correcto y lo que la iglesia tiene que decidir. 

Los cristianos no estamos llamados a juzgar ni a condenar. El juicio pertenece a Dios. Nuestro llamado es a amar y a salvar. El juicio doctrinal déjeselo a los teólogos; nosotros estamos llamados a evangelizar, a ayudar a nuestros hermanos, a edificarlos con una Palabra de vida, con una enseñanza bíblica y a vivir el Evangelio, a mostrar con nuestros hechos cómo es la vida que Dios quiere que vivamos. 

En este Texto el apóstol nos recuerda que todos los creyentes en Jesús vamos a comparecer ante un tribunal. No se trata del llamado “juicio final ante el gran trono blanco” sino de un tribunal en que Cristo será el Juez de los cristianos y evaluará cuál fue nuestro comportamiento durante los años de conversión. Seremos valorados en forma justa por el Único Juez Justo, de acuerdo con la Palabra de Dios, si la hemos hecho carne en nosotros, si la hemos llevado a cabo, si hemos cumplido Sus mandamientos, en especial el mandamiento de amor al prójimo y de amor a nuestros hermanos. Si hemos sido cristianos que juzgan a sus hermanos, que los critican y menosprecian, por cierto, recibiremos una reprimenda. No digo que nos mandará al Infierno, pero sí que pasaremos la vergüenza de ser amonestados por el Señor. La Palabra de Dios dice: Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.” (Romanos 5:10) 

Eliminemos, entonces, de nuestros hábitos en la relación con nuestros hermanos y prójimos todo juicio; liberémonos del papel de jueces para ser simplemente hermanos y compañeros de nuestro prójimo, no juzgando ni menospreciando ni criticando. Así nos habremos quitado una carga más de nuestras vidas, brindando a los demás el amor de Jesucristo o por lo menos una relación libre de juicio, una relación no legalista sino en la Gracia de Dios. Qué el Señor nos ayude. 

Oración: Amado Padre Celestial, nos dirigimos a Ti, el Único Juez, para que tengas misericordia de nosotros que neciamente muchas veces nos hemos constituido en jueces de nuestros hermanos y prójimo. Perdónanos, Señor; te rogamos que nos ayudes a extirpar totalmente este mal hábito y que cada vez que seamos tentados a juzgar, criticar o condenar a un hermano, recordemos que somos pecadores y que sólo Tú eres Santo y solo Tú tienes el derecho a juzgar. Señor, queremos llegar ante el Tribunal de Cristo en el Cielo habiendo superado este mal hábito, teniendo un amor humilde, paciente, tolerante, bondadoso y comprensivo para nuestro prójimo. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.


© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com


domingo, 3 de julio de 2022

RAÍZ Y FRUTO DEL PECADO

 


“Por cuanto todos pecaron,

y están destituidos de la gloria de Dios.”

Romanos 3:23

 

 

E

n el capítulo tres de la Epístola a los Romanos el apóstol Pablo concluye que todos los seres humanos han pecado y son pecadores. Por lo tanto, nadie puede acceder a la gloriosa presencia de Dios, al Cielo. Tanto judíos como no judíos, a los que llama gentiles o de “las gentes”, estamos fuera del Reino de Dios. 

Desde el tiempo de Adán, a partir de su acto de desobediencia a Dios, toda la raza humana ha sido contaminada por el pecado. Éste es como un germen maléfico inoculado por Satanás en el Hombre. No sólo el primer hombre y la primera mujer fueron contaminados con esta actitud opuesta al Señor, sino todo descendiente de ellos. Así el pecado ha llegado hasta nuestros días.

Es preciso distinguir entre pecado y pecados, pecado en singular y pecados en plural. Cuando la Biblia habla de “pecados” se refiere a todos aquellos actos que ofenden a Dios, nuestras malas acciones; por ejemplo: blasfemar de Dios, mentir, apropiarnos de lo ajeno, destruir la vida, adulterar, etc. Todos estos son actos deplorables que nos apartan de la santidad de Dios. Él no puede cohabitar con seres que actúan así, sino que está rodeado de seres celestiales puros y obedientes a Su autoridad. 

Estos “pecados” son frutos de un árbol cuya raíz es el pecado por excelencia que es la rebelión contra Dios, es decir la desobediencia. El pecado de Adán y Eva fue la desobediencia. Ésta involucra una falta de fe en Dios, desconfianza que el diablo sembró en el Hombre. Le hizo creer a nuestros primeros padres que Dios mentía y escondía algo. Así lo relata el libro de Génesis:

“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?  / 2 Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; / 3 pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. / 4 Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; / 5 sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” (Génesis 3:1-5) 

Como “padre de mentira”, Satanás en cuerpo de serpiente le mintió a la mujer diciéndole que no podría comer de árbol alguno del huerto, pero Eva le contestó que sí podían tomar los frutos de todos los árboles excepto de uno, aquél que estaba en medio del Edén. De hacerlo morirían. Nuevamente la serpiente mintió a Eva, negando las palabras de Dios y acusándolo de guardar para Él el conocimiento del bien y del mal. Esta afirmación tocó la ambición de saber y de poder del corazón humano y sedujo finalmente a Eva y luego a Adán a probar del fruto prohibido y desobedecer a Dios. 

La raíz del pecado es la rebelión contra Dios, la desobediencia por incredulidad y el orgullo de querer ser independiente del Creador. Desde ese día habitan en el ser humano estos gérmenes dañinos que lo apartan de Dios: orgullo, soberbia, vanidad, incredulidad y rebeldía. Todas estas motivaciones negativas del corazón humano en contra de su Padre constituyen el falso fundamento de la conducta humana, el pecado. 

Nacemos con esta tendencia heredada de nuestros primeros padres y ese pecado engendra muerte en nosotros, como asegura la Palabra de Dios: “Porque la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23a) Las consecuencias del pecado en nuestra vida son frutos de muerte, que matan el cuerpo, el alma y el espíritu. Estamos condenados a la muerte eterna, pero el mismo versículo afirma a continuación: “…mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”  (Romanos 6:23b) 

La única forma de escapar de la condenación a muerte del pecado es que seamos limpios de pecado, lo que ha logrado Jesús en la cruz por todos aquellos que, arrepentidos de sus pecados, crean en Él y lo reciban como su Salvador y Señor. La sangre de Cristo derramada en la cruz por nosotros los pecadores, limpia la conciencia de quien con honestidad se duele de haber ofendido a Dios y confiesa sus pecados. Los que hemos pecado estamos destituidos de la gloria de Dios, mas Él nos ha dado una oportunidad para rehabilitarnos y entrar en Su Reino como hijos de Dios reconciliados con el Padre. Alabado sea Él que tanto nos ha amado para darnos una salvación inmerecida.

 

Oración: Señor, estamos destituidos, alejados y fuera de Tu Reino, porque junto a todos los hombres, optamos por vivir en pecado. Perdónanos, Señor, por nuestra rebeldía, orgullo y soberbia de pensar que podríamos vivir prescindiendo de Tu Persona. Nos volvemos arrepentidos para que nos perdones, no ambicionando Tu Cielo sino queriendo agradar a Tu Persona, reconciliándonos Contigo y deponiendo todo orgullo para que seas nuestro Señor, dueño de nuestras vidas, luego que has sido el Salvador de nuestras almas. A Ti sea toda honra y  toda gloria, por los siglos de los siglos, Amén.

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

lunes, 13 de junio de 2022

CONVICCIÓN DE SALVACIÓN

 




 “Estas cosas os he escrito a vosotros

que creéis en el nombre del Hijo de Dios,

para que sepáis que tenéis vida eterna,

y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios.”

1 Juan 5:13 

 

E

l apóstol Juan escribió esta carta o epístola a las comunidades cristianas del Asia Menor de su época. Su intención fue volverlos al entendimiento básico de las verdades del Evangelio. Es lo que nosotros también necesitamos en este tiempo en que la Verdad de Jesucristo se esconde bajo una fronda de creencias muchas veces supersticiosas y en que estamos muy influidos por los conceptos del mundo. 

Podemos creer en Dios, creer que Él existe y creer en un Cielo, una realidad sobrenatural, pero no creerle a Él. Una cosa es creer con nuestra mente racional, entender que Dios es real y otra cosa es amarlo, servirlo, procurar hacer Su voluntad y sobre todo “confiar” en Él. La fe de la que habla la Biblia es fe en Dios, pero no en cualquier dios sino en el Dios Padre de Jesucristo. A ese Dios servimos y nos dirigimos en oración: 

“3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, / 4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:3,4) 

Creer “en el nombre del Hijo de Dios” es creer en la totalidad de lo que Jesucristo es para la fe cristiana: el Creador de todas las cosas, el Verbo de Dios (San Juan 1:3), el Salvador que murió por nosotros para darnos la Vida (1 Timoteo 1:15), el Señor dueño de nuestras vidas (Filipenses 2:9-11), Maestro de Sus discípulos (San Juan 13:13), Cabeza de la Iglesia (Colosenses 1:18). 

Puedo saber todo lo anterior, recitarlo y memorizarlo, repetirlo a otros, pero ser sólo un conocimiento intelectual y no experimentarlo, no vivirlo con verdadera fe. Lo que el apóstol Juan aquí se propone es que confiemos en Jesús y recibamos la vida eterna. Hay muchos cristianos que no tienen seguridad de dónde pasarán la eternidad, si con Dios o lejos de Él. No tienen verdadera confianza en Jesús porque no han entregado su vida al Salvador y por tanto, el Espíritu Santo no mora en ellos. Si tuvieran el Espíritu, Éste les daría testimonio de que son hijos de Dios, nacidos de nuevo. 

Si esto último fuere su caso, sencillamente pida perdón a Dios por su incredulidad, de donde vienen todos sus pecados, y entregue su vida a Cristo para recibir Su perdón y la Vida eterna. Y crea, confíe en que Él se lo dará. 

Los cristianos no podemos vivir dudando de nuestra salvación, este es un punto inicial en la vida de fe; nuestra preocupación no debe ser si tenemos o no tenemos la salvación, puesto que ya nos convertimos, sino que ahora debemos caminar en Cristo y guardarnos de pecar, vivir conforme al espíritu de Cristo: 

“Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.” (Romanos 8:9) 

Hay quienes piensan que un cristiano puede perder su salvación, pero eso significaría que la obra de Cristo no fue perfecta. Si somos verdaderos convertidos al Señor, Él habita en nosotros y nos guía en el Camino. Si alguien vuelve atrás o niega a Cristo, es un apóstata que jamás se convirtió. El verdadero discípulo de Jesucristo ha creído a la Verdad del Evangelio y ha recibido el Espíritu de Dios como un sello que garantiza su salvación eterna: 

“13 En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, / 14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.” (Efesios 1:13,14) 

Si arrepentidos ante Dios, hemos recibido el perdón de nuestros pecados por acción de la sangre de Jesucristo Crucificado y le entregamos la vida, bautizándonos para sepultura del viejo hombre y resurrección a una nueva Vida, ahora andamos en el Camino de Cristo, creyendo “en el nombre del Hijo de Dios” y sabiendo con toda “confianza” o sea fe, que hemos recibido la salvación y tenemos la “vida eterna”. 

Oración: Padre, gracias por Tu Palabra, por darnos la convicción de que somos hijos de Dios si nos hemos arrepentido y entregado la vida al Señor Jesucristo, porque de Él hemos recibido Tu Espíritu para vivir una nueva vida. Te damos gracias, Señor, por ese Espíritu y te rogamos que siempre estemos atentos a Su voz y a obedecer lo que Él nos indique en el Camino, este Espíritu que nos guía a toda verdad y a toda justicia. Padre, bendice a nuestros hermanos que están escuchando o leyendo este sermón y guárdales junto a sus familias para que caminen en Cristo. En el nombre de nuestro Señor. Amén.

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com

 


domingo, 5 de junio de 2022

LOGRAR LO IMPOSIBLE O LA FE DEL CIELO

 


“Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible.”

San Marcos 9:23

 

S

e piensa que Marcos escribió su Evangelio de acuerdo a lo que el apóstol Pedro le dictó o narró. Cuenta en este suceso acerca de la sanidad de un muchacho endemoniado. Jesús, después de bajar del monte de la transfiguración, “llegó a donde estaban los discípulos” y vio. Aquí es interesante observar que nos introducimos por unos segundos, por decirlo así, en el cuerpo del Señor: Él “vio una gran multitud alrededor de ellos, y escribas que disputaban con ellos.” Eso es lo que Jesús miró y vio. El relato es vívido, natural, sencillo. Ahora “toda la gente, viéndole, se asombró”. Entonces corren a él para saludarlo. 

Jesús les pregunta que discutían con los apóstoles, a lo que uno de ellos le dice: “…Maestro, traje a ti mi hijo, que tiene un espíritu mudo, / el cual, dondequiera que le toma, le sacude; y echa espumarajos, y cruje los dientes, y se va secando; y dije a tus discípulos que lo echasen fuera, y no pudieron.” (San Marcos 9:17,18) 

Jesús exclama molesto “… ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo.” (San Marcos 9:19) Trata de incrédulos a todos en ese momento, a los discípulos que no creyeron en el poder del Espíritu Santo y al padre que, como se verá más adelante, le cuesta creer. 

Le trajeron al muchacho y cuando el espíritu vio a Jesús, sacudió con violencia al joven revolcándose y echando espumarajos por la boca, lo que hoy se diagnosticaría como ataque epiléptico. El Señor le preguntó cuánto tiempo le sucedía aquello y el padre le dijo que desde niño y que a veces caía en el fuego o en el agua como si el demonio quisiera matarlo. 

El padre desesperado le rogó a Jesús: “…si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos.”  (San Marcos 9:22) y Jesús le respondió: “…Si puedes creer, al que cree todo le es posible.” (San Marcos 9:23) ¿Se percatan que ambos, el padre del muchacho y Jesús, utilizan el “si condicional”? El padre parece insinuar que tal vez Jesús no podría hacerlo o es inseguro que lo haga, puede que lo haga como puede que no lo haga. Y Jesús le responde también con un condicional, “si puedes creer”, insinuando que tal vez no pueda creer. El padre está rogando a Jesús que haga algo por el niño, desde su pobre fe, una fe endeble, que es y no es. El Maestro le enseña que debe creer para que sea posible. En otras partes del Evangelio responde: “… Conforme a vuestra fe os sea hecho.” (San Mateo 9:29) 

Inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: “…Creo; ayuda mi incredulidad.” (San Marcos 9:24) Nuevamente nos ubicamos en los ojos de Jesús, vio que la multitud se agolpaba… y reprendió: “… Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él.” (San Marcos 9:25) Si el espíritu es mudo no puede hablar y si es sordo no podría escuchar a Jesús mas, como espíritu escucha, aunque no tenga oídos, pero Jesús quiere mostrarnos Su poder Divino que está más allá de toda lógica humana. 

El espíritu gritaba y se sacudía con violencia en el muchacho hasta que salió y el joven quedó como muerto. El Señor le tomó de la mano, lo enderezó y el joven se levantó. Cuando el Maestro entró en casa (Jesús estaba en una casa, no vivía como a veces se piensa, durmiendo a la intemperie) los discípulos le preguntaron por qué no habían podido echar fuera el demonio del joven y Él les explicó que ese género o clase de demonios con nada puede salir sino con oración y ayuno. Ellos no habían orado ni ayunado como su Maestro que estaba premunido con el poder del Espíritu Santo: “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.” (Hechos 10:38) 

Este pasaje de la vida de Jesús nos enseña principalmente la importancia de la fe. Como humanos, habiendo visto tanta desgracia en el mundo, enfermedad y muerte, incluso entre los más creyentes, nuestra tendencia es a dudar. Pero Jesús nos pide que hagamos un esfuerzo y creamos. La fe humana es poca y no sirve, entonces tendremos que acudir a la fe Divina, esa fe que Dios da y es un don de Él. Que Jesús ayude a nuestra incredulidad dándonos la fe del Cielo, pero sobre todo que Él actúe y haga los milagros de salud, vida, prosperidad, sanidad interior y crecimiento espiritual que necesitamos. Pidámosle al Todopoderoso que nos bendiga con esa fe. 

Oración: Padre, te damos gracias por Tu Palabra que nos estimula a buscar la fe del Cielo y creer que, así como en los tiempos de Jesús y los apóstoles, hoy día también puedes hacer milagros entre nosotros. Son tantos los enfermos, los moribundos, los pobres, los necesitados de Tu ayuda para superar sus problemas y para creer en Ti y Tu Evangelio. Como ayer, utiliza esos prodigios, señales y milagros para señalar que eres el Dios Verdadero. Concédenos el don de la fe para creer sin dudar. Te lo rogamos en el poderoso nombre de Tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Amén.

 

 

© Pastor Iván Tapia

pastorivantapia1983@gmail.com